El relato del viernes: «Un puto nueve de febrero»

UN PUTO NUEVE DE FEBRERO

Hoy es nueve de febrero. Un día al que yo he bautizado como «un puto nueve de febrero», por todo aquello que significa para mí. Por ello, mi relato del viernes de esta semana no podía tocar otro tema. Un relato sin medida en las palabras. Permitidme hoy esa licencia. Yo, sin ser yo, desahogo en estado puro.

UN PUTO NUEVE DE FEBRERO

Gema se levanta temprano como cualquier otro día, pero desde el momento en que abre los ojos una angustia especial la invade. Arrastra los pies hasta el borde de la cama y busca con desgana las zapatillas. «Joder», piensa, «otro puto nueve de febrero». Apenas dos metros la separan del cuarto de baño, pero cuando llega, dos gruesos lagrimones se derraman ya por sus mejillas. El lavabo los recoge con sutileza. No imagina la lluvia torrencial que va a tener que acoger después de ellos.

Gema se mira en el espejo durante más tiempo del necesario. Intenta reconocer en ese rostro hinchado tras la noche algún rasgo que le acerque un poquito a sus maravillosos recuerdos. Observa sus pobladas cejas, sus ojos marrones bordeados de gris, sus labios, sus largas pestañas, su larga melena de color ébano artificial, los bucles al final de sus mechones. Nada. No encuentra nada. Solo la cicatriz que rodea su cuello le trae nostálgicos recuerdos. «¡Mierda!», exclama, «¡vaya puta mierda!». Y, sobre el lavabo, se derrumba por primera vez en este puto nueve de febrero que tanto la lastima.

Se dirige a la cocina vestida aún con el pijama, la cara sin lavar y su loca melena de niña del exorcista. La recoge con destreza en un moño bajo y se dispone a hacer café. La cucharilla da vueltas perezosas mientras Gema hunde la cabeza entre los hombros y se vuelve a derrumbar, lo que hace que el café de la mañana recoja la salinidad de la lluvia que está manando sobre él. Con los ojos hinchados, lo vierte sobre el fregadero y comienza a preparar otro.

Los recuerdos acuden en tropel a su mente, como todos los días, pero hoy con especial intensidad. Ya no sabe si siente tristeza o una ira desatada que la hace odiar aún más a este puto nueve de febrero. Cuando se quiere dar cuenta, ha pasado más de hora y media sumergida en recuerdos. El café, ya frío, aguarda sobre la mesa. El sonido estruendoso del teléfono móvil es lo que la ha sacado de su absorto ensueño. Mira la pantalla y corta la llamada con rabia.

Gema siente frío y se levanta, con pereza, a encender la calefacción. El móvil vuelve a sonar, una vez, dos, cinco. «¡Joder! ¡Dejadme en paz de una puta vez! Por mí os podéis ir todos a la mierda…». Esas son las primeras palabras que Gema pronuncia en voz alta en la soledad de su cocina. El día es gris y frío, muy acorde con su estado de ánimo. El teléfono vuelve a sonar. El sonido le daña los oídos, la vida, el alma. Lo descuelga de una vez por todas.

—Hola, Isabel —contesta de la mejor manera posible, mientras aguanta la rabia que se ha ido acumulando en su interior—. Perdona que no te haya avisado antes, pero hoy no podré ir a trabajar… […] Sí, estoy jodida… […] No sé, debe ser un virus… […] Claro, claro, te llevaré el justificante médico… […] Por supuesto, recuperaré las horas… […] Disculpa, pero tengo que dejarte, me estoy mareando… […] Sí, me cuidaré, gracias. Adiós, Isabel.

«¡Vete a la mierda, valiente hija de puta!», masculla, a la vez que suelta el teléfono con rabia sobre la mesa. Recalienta su café con leche y arrastra los pasos al salón, donde, arropada con una manta, se dispone a tomar su café con la vaga esperanza de que, además de calentarle las manos, le caliente el alma.

Su mente divaga. Se pierde entre hermosos recuerdos, en paseos interminables de la mano por la tarde, en los abrazos más reconfortantes que ha experimentado en su vida, en aquellos besos llenos de todo el cariño del mundo. Pasea por unos preciosos ojos azules que emanaban siempre paz, por una cintura estrechita que le encantaba abrazar, por largas charlas junto a la terraza, por tiernas palabras que disipaban todas las dudas que pudieran pasar por su mente, por tardes de repostería, por el amor que sentía, por la protección que la amparaba.

Tras un sorbo a su café, su mente vuelve a divagar. Perdida en recuerdos borrosos, en preguntas sin sentido, en acusaciones airadas provocadas por crueles alemanes que se llevaban la mente consigo, en dolores del alma, en terror en una mirada que durante mucho tiempo fue para ella la más hermosa del mundo.

Las lágrimas de Gema no paran de brotar de sus cálidos ojos marrones. La echa de menos, la echa muchísimo de menos. Extraña su complicidad, su cariño, su apoyo incondicional. Gema se siente perdida un día más. Hacía tiempo que no estaba con ella, pero al menos podía estrechar su diminuto cuerpo entre sus brazos, colmarla a besos, cantarle canciones, contarle historias, cuidarla con mimo.

Hasta que llegó un puto nueve de febrero y se la llevó, así, sin más. Sin ningún aviso previo, en una mañana de lunes soleada que no presagiaba la tragedia. En la cabeza de Gema se reproducen con perfección las palabras pronunciadas en aquella llamada telefónica recibida a media mañana. Aquella mañana en que se desmoronó su vida, la que la cambió para siempre. Igual que se desmorona ahora mismo entre los brazos gélidos de la manta que la envuelve y el café vuelve a enfriarse por tercera vez.

Y fue un puto nueve de febrero, hace ya nueve años, el que se llevó a una de las personas que hacían que su vida continuase en pie, una de las personas más importantes de su vida. Desde entonces, Gema odia a los días nueve de febrero, a febrero en general, aunque luego se lo quisiese compensar de otra manera.

«Te quiero, mamá. Jamás te olvidaré», murmura Gema antes de caer rendida sobre el sillón en un profundo sueño provocado por el agotamiento que tanta lágrima derramada le ha hecho sentir. Y Gema sueña. Sueña que está a su lado, que la abraza, que la besa. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios mientras sueña, en esta jodida mañana de un puto nueve de febrero.

Para ti, mamá, ayer, hoy y siempre. Te quiero.

Ana Centellas. Febrero 2018. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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