Por capítulos: «Minino, minino (II)»

 

MININO, MININO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Minino, minino (I)

MININO, MININO (II)

La vieja fábrica llevaba abandonada desde mucho antes de que nacieran los niños. Carecía de cristales en las ventanas y, los que quedaban, estaban tan cubiertos de polvo que era como si no existiesen. Estaba fabricada en ladrillo de un color rancio, desgastado por el paso de los años, y una buena parte del tejado se había ido viniendo abajo con el paso de las décadas. Corrían de boca en boca numerosas historias acerca de la vieja fábrica ya que, según contaban, fueron muchos los trabajadores que fallecieron allí en extrañas circunstancias. Los rumores comenzaron a circular entre la gente y, ante la falta de personal que estuviese dispuesto a trabajar en ella, al final se vio abocada a la quiebra. De eso había pasado ya más de medio siglo y nadie, hasta el momento, se había atrevido a derruirlo, de manera que pasó a formar parte del pueblo, una parte de la historia negra del mismo.

A pesar de que Amaya siempre había manifestado su temor a acercarse a la fábrica, en parte por todas las historias que había llegado a escuchar, lo cierto era que, más que temor, lo que sentía era un profundo miedo a internarse en ella. Se trataba de un miedo que rayaba lo irracional, aunque se cuidaba bien de no manifestarlo. Cuando salía con sus amigos por las calles del pueblo los fines de semana, siempre se las apañaba para que sus pasos no se acercasen ni por asomo a aquel lugar.

A punto estaba de volver a decirle a su hermano pequeño que no podían ir hacia allí, cuando vio que él ya estaba saliendo de la casa por la puerta lateral del jardín, mientras le gritaba:

—¡Vamos, Amaya! ¡No te quedes ahí! ¡Que sabemos hacia dónde se dirige! ¡Tengo muchas ganas de jugar con el minino hoy! —gritaba Luis, ya fuera de la casa, al tiempo que se detenía un segundo para esperarla.

Amaya se veía envuelta en una gran encrucijada que, para su mente aún infantil, suponía un auténtico dilema existencial. O bien acallaba sus miedos, hasta el momento infundados, o bien se quedaba en casa y se aseguraba que no le cayese una buena bronca. Pero su hermano no le dio muchas opciones pues, al ver que ella no avanzaba, continuó corriendo calle abajo en busca de Coral. A pesar de que cualquier idea que tuviese su hermano a ella le parecía una soberana estupidez, le guardaba gran cariño. En el fondo era su hermano y no podía dejarle ir solo a un lugar tan supuestamente peligroso. Además, su conciencia le impedía dejarle solo ante el castigo que seguro recibirían al regresar a casa. Si es que regresaban.

—¡Espera, Luis! ¡No vayas solo! ¡Espérame, deja que vaya contigo! —vociferó a regañadientes.

Emitiendo un gruñido de insatisfacción, Amaya emprendió una carrera por la calle abajo, hasta encontrarse con Luis.

—¿Tú sabes la bronca que nos vamos a llevar? Nos va a caer un buen castigo como papá y mamá se enteren de esto —le dijo cuando llegó hasta su encuentro, con la respiración algo agitada por el esfuerzo de la carrera. Para ella, que siempre había sido reacia a realizar cualquier esfuerzo físico, aquello había supuesto casi una media maratón.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Minino, minino by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://anacentellasg.wordpress.com.

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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