DESCONOCIDOS
Imagen tomada de la red

 

DESCONOCIDOS

Desde hace más de diez años tomo el tren cada mañana para dirigirme a la oficina. El tráfico de Madrid me hastía, así que pronto dejé de hacer el recorrido en coche para utilizar el tren, la duración del trayecto es la misma y, al menos, no tengo que luchar con la jauría de coches que, cada mañana y cada tarde, luchan por obtener una mejor posición en la larga fila acumulada en los carriles centrales de la M-30.

Ahora bien, reconozco que he de lidiar con otra jauría, la de las decenas de personas que viajamos cada día hacinadas en un vagón, luchando por obtener un asiento libre a la menor oportunidad. Para evitarlo, siempre me quedo de pie, en el rincón que forma la pared del vagón con la mampara de cristal que separa los privilegiados asientos. Me niego a entrar en esa otra lucha de poder a pequeña escala.

Cada mañana, cuando entro al vagón, un hombre de tez sumamente clara y unos hipnotizantes ojos azules, que contrastan en extremo con el azabache de su pelo, siempre permanece de pie en la misma posición que yo, en el extremo contrario del vagón. El primer día que le vi, reconozco que me quedé perdida en la inmensidad azul de su mirada, hasta el punto de pasarme mi estación y no darme cuenta hasta que ya habíamos recorrido un buen trecho más.

El baile de miradas comenzó al día siguiente. Era como una lucha encarnizada por ver quién la retiraba antes. Pronto comenzamos a comunicarnos con ellas, de manera que con simples gestos sabíamos el estado en que nos encontrábamos cada uno aquella mañana. Cruces de miradas cómplices se sucedían día tras día, hasta que aquel misterioso hombre con el que jamás había intercambiado una palabra, ni tan siquiera un «buenos días», pasó a convertirse en un eje esencial de mis mañanas.

Al cabo de unos meses, sin mediar palabra alguna, nada más que un gesto nuevo en su mirada, atravesó el vagón cuando hacía su entrada en la estación en la que yo debía bajarme. Nos miramos con fijeza a los ojos durante unos segundos, como en un acto de aprobación mutua y, sin más, nos besamos. Un beso apasionado entre dos desconocidos que habían alcanzado un nivel de complicidad exorbitante con el lenguaje de las miradas. Bajé del vagón con la tibieza de aquellos labios carnosos aún marcada en los míos. Aquel día, mi rutina se llenó de sonrisas, los colores aparecían más brillantes ante mí y el trabajo se convirtió en algo maravilloso.

Desde aquel día, hace ya diez años, cada mañana, mi eterno desconocido, del que aún no conozco ni su nombre, me regala apasionados besos después de nuestra silenciosa conversación. Día tras día, logró devolver la ilusión a mis mañanas, a sabiendas de que, antes de que abandonase aquel vagón, un nuevo beso de amor prohibido me iba a proporcionar la calidez necesaria para afrontar mi vida.

Ana Centellas. Febrero 2018. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el reto literario de El bic naranja de la pasada semana. Espero que os guste.

6 comentarios en “Reto literario: “Desconocidos”

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