Vídeo Poema: Con los aullidos del orgasmo, nacerá el dios.

Vídeo Poema: Con los aullidos del orgasmo, nacerá el dios.

Sublime se queda corto.

Gocho Versolari, Obra Poética

Con los aullidos del orgasmo, nacerá el dios.

Gocho Versolari, Poeta

Cuando vueles no te detengas hasta la luna.
Te seguiré a unos centímetros de tus pies
observando las luces que emergen de tus alas.
Más tarde
me derrumbaré en vuelos laterales
hasta hundirme en los caminos verdes
de la tierra húmeda
y todos los crepúsculos
me verán escudriñando el cielo
buscando tu silueta
desnuda
brillante
en los albañales y en los sagrarios,
en los secretos talleres que se esconden bajo tierra
donde te entregarás a la caterva de buscadores
y gozarás con cada uno
los arrozales calientes
de la lujuria luminosa;
la que enciende atanores,
pájaros y panes;
la que se detiene
antes de la carne verdosa de Venus;
la que se vuelve
a ver la lámpara que enciendo noche a noche
sobre tus huellas, procurando
construir desde tus pies
todo tu cuerpo.
Ámame con furia.
Con los aullidos…

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Femicidio vinculado

Comparto con vosotros un artículo buenísimo acerca de la violencia de género.

AUTOPSIA

La violencia de género es el resultado de todo lo que no se puede negar ni ocultar, aquello que no queda más remedio que admitir ante la evidencia de los hechos y la tozuda objetividad de la realidad, porque si hay opción para esconder algunas de sus manifestaciones, sin duda se hará.

Es lo que comprobamos cuando los datos sobre los homicidios por violencia de género de la Fiscalía General del Estado no coinciden y son más altos que los del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, una situación similar a lo que ocurre con las estadísticas de las organizaciones de mujeres. También sucede cuando el año termina con una serie de casos oficiales en investigación que de pronto “desaparecen” y no se vuelve a saber nada más de ellos, o lo que ha pasado ante determinados homicidios de mujeres con indicios objetivos de haber sido cometidos en un…

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Revista Luz de Candil Nº 9 – Marzo 2018

Revista Luz de Candil Nº 9 – Marzo 2018

LUZ DE CANDIL N9 - MARZO 2018

Con la llegada de la primavera, también llegó el nuevo número de la revista literaria Luz de Candil. Se ha hecho rogar, al igual que la primavera, pero por fin está aquí. Os recomiendo su lectura, podéis acceder a ella haciendo clic en el siguiente enlace, donde también podréis acceder a los números anteriores.

En esta edición también he tenido el gran honor de haber puesto mi pedacito de arena para que este nuevo número fuese una realidad. Como no podría ser de otra manera, también os animo a que enviéis vuestras colaboraciones para que, entre todos, la revista se haga aún más grande. Podéis encontrar la manera de hacerlo aquí.

Hasta aquí os traigo mi colaboración de este mes. Espero que os guste.

CUANDO ME BAJES LA LUNA

CUANDO ME BAJES LA LUNA

Toda una vida de insistencia. Así lo recuerdo yo. Desde que éramos unos críos, en el jardín de infancia, no conseguía que te separaras de mí. Fuese a donde fuese, allí estabas tú. Y yo, en mi bendita inocencia, solo sabía recurrir a las rabietas para decirte que me molestabas en los juegos con mis amigas. Siempre estuviste ahí, para consolarme. Ahora que lo recuerdo me resulta extraño, pero es así de cierto. Tú me consolabas en las rabietas que tú mismo me provocabas. Curiosa reacción de niña pequeña.

Crecimos y siempre estuviste ahí. Juntos íbamos al colegio y al instituto. Esperaste hasta que cumplimos los quince para hacer tu primera declaración de amor. Sí, la primera, porque después hubo, no muchas, sino muchísimas más. Pero en mi cabeza todavía hacían eco las rabietas que tenía de niña. Yo no te amaba, o al menos eso creo. Yo amaba al chico malo de clase, ese que estaba como un tren y que nunca llegó a fijarse en mí. Lo amaba, o eso creía.

Fueron años y años los que permaneciste a mi lado. Mi pañuelo de lágrimas cada vez que mi corazón se rompía en pedazos por alguien que no eras tú. Mi confidente. Mi amigo del alma. Nunca fui capaz de ofrecerte más. Cuando sacabas el tema, yo siempre te decía «cuando me bajes la luna», con una de mis mejores sonrisas. Y te veía quedar abatido, y entonces yo te ofrecía mi consuelo, sin saber que al hacerlo lo único que hacía era alimentar aún más el inconmensurable amor que tú sentías hacia mí.

Fuiste padrino en mi boda con lágrimas en los ojos. Nadie más se dio cuenta, solo yo. Y sufrí mucho ese día, aunque parezca increíble, porque, a pesar de todo, del dolor que debiste sentir en tu corazón, permaneciste ahí. El gran pilar fuerte y robusto en el que sostenerme. Viste crecer a mis hijos y los trataste como si fuesen tuyos. Fuiste más su padre que el biológico, siempre ausente. Y cuando me caí de bruces al pedirme el divorcio, fuiste tú quien me levantó del suelo y me curó las heridas.

Perdí la cuenta de las veces que te declaraste, que incluso suplicaste, que estuviste arrodillado ante mí, solícito del amor que me profesabas desde niña. Mi respuesta siempre fue la misma: «cuando me bajes la luna», mientras, poco a poco, mis sentimientos hacia ti comenzaban a deslizarse por la fina línea del cariño del amigo al amor. Pero por nada del mundo quería estropear nuestra maravillosa amistad, por eso te rechacé mil y una veces. Te rompí el corazón otras tantas, lo sé. Y ahora que todavía no sé cómo remediarlo, me encuentro con la frustración de saber que ya no tiene remedio.

¿Cómo iba a imaginar que me bajarías la luna? Está frente a mí, inmensa, mágica, reflejando una cálida luz amarilla que me deja sin respiración. No podía saber que conseguirías bajar la luna por mí, así como tampoco podía imaginar que dejarías tu vida en el intento.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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Cuando me bajes la luna by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

84. CALM

El relato del viernes: “Abandono”

El relato del viernes: “Abandono”

ABANDONO

ABANDONO

Hace unos días perdí a mi musa. No sé dónde ni de qué manera fue, lo único que sé es que cuando me senté en mi escritorio delante de mi cuaderno de hojas blancas, ninguna palabra fluía sobre ellas. La pluma quedó inmóvil entre mis dedos, objeto inerte que yacía entre pulgar e índice, sin nada que contar. Las gotas de sudor tardaron poco en hacer su aparición, para perlar mi frente con diminutas partículas que cubrían también mi nariz. Las sienes comenzaron a golpearme con fuerza, como si de ellas pugnaran por salir las mil ideas que mi musa había dejado allí encerradas, antes de forzar su desaparición en un mutis bien logrado.

Nunca antes me había ocurrido algo así. Me sentí tan desprotegido ante la situación que una poderosa migraña comenzó a circundar mi ojo derecho, que llevaba ya unos segundos palpitando con fiereza, al mismo ritmo que las sienes descubiertas. Tuve que sujetarme la cabeza entre las manos, ante la inminente posibilidad de una detonación en el interior de mi cabeza. La inanimada pluma, como consecuencia, inició una caída libre, yendo a aterrizar sobre la temible hoja en blanco, esa que me miraba con una actitud tan desafiante como altanera. Un grueso manchón de tinta azul se expandió por entre las hebras de celulosa de la página, humillándome, retándome a conseguir que de mi nerviosa caligrafía saliese algo mejor.

Intenté hacer memoria. Exprimí mi cerebro saturado por la intensa migraña, cuyo epicentro se mantenía intacto sobre mi ojo derecho. El día anterior todo estaba en su sitio, mis manos manejaban con agilidad la pluma, que se deslizaba con una facilidad pasmosa por la página anterior a la que hoy aparecía emborronada con tinta fresca. Ningún cambio se había producido en mí, en apariencia todo permanecía donde debía estar. Menos mi musa. Esa, traicionera, vil, se había escapado por el resquicio más invisible de mi siempre minuciosa mente.

La impotencia se apoderó de mí. ¿Qué podía hacer? Intenté relajarme, cerrar los ojos y acompañar mi jaqueca con un analgésico y una buena dosis de música clásica. Mi espalda se recostó contra el mullido respaldo de mi sillón. Abrí los ojos por instinto, solo para observar cómo la maldita pluma seguía allí, tirada sobre el papel, mientras seguía vertiendo su sangre sobre el borrón de la página en blanco, horadándola con un círculo perfecto, más amplio a cada segundo que pasaba.

Han pasado los días y mi caprichosa musa continúa sin aparecer. No sé dónde se habrá metido la condenada, ni qué habré hecho yo para que me abandonase de tal manera. Por mucho que reflexiono, no logro alcanzar una explicación satisfactoria para mí. Me siento delante de mi escritorio y paso la página del cuaderno que aún me mira desde abajo, testigo de un cruento duelo entre los dos, el manchón azul y yo. Tomo la pluma entre mis dedos con suavidad, pero con firmeza, convencido de mí mismo. Está bien, querida, tendremos que apañárnoslas solos.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Imagen: Pixabay.com (editada)

Mi jueves de poesía: “Sobre mi cala”

Mi jueves de poesía: “Sobre mi cala”

SOBRE MI CALA

SOBRE MI CALA

Cuando suba la marea
y el levante azote
con su fuerza
las diminutas motas
de fina arena de playa,

yo te estaré observando,

desde lo alto de la duna,

competir con el horizonte
en su belleza infinita.

Inspiraré con fuerza el viento
y dejaré que me traiga
en volandas
hasta lo alto
los soles de madrugada,
la tibieza de tu arena,

las mil lunas que reflejan
su rostro, cual un espejo,
en el frescor de tus aguas.

Y sentiré tu belleza
de mujer
sobre la arena,

mirando hacia el infinito,
portadora de calma,

ganadora del combate,

pues ni el mismísimo ocaso
contigo competir pudo
ante tu gran esplendor.

Queda escrito mi destino
sobre tus granos de oro.

 

Selladas
dejo mis huellas
sobre mi cala de ensueño.

Quiero esparcirme contigo,

convertirme en tu sirena,

cuando se acaben mis días,

descalza, sobre la arena.

La mar llevará mi nombre
tatuado entre tus huellas.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Imagen: Playa de Bolonia (Cádiz)

83. TIEMPO

“La precariedad del éxito” – Desafíos Literarios

“La precariedad del éxito” – Desafíos Literarios

LA PRECARIEDAD DEL ÉXITO

Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

LA PRECARIEDAD DEL ÉXITO

Marcos nunca había destacado en nada. Ya desde pequeño había sido uno de esos niños que pasan inadvertidos, con un expediente académico mediocre, floja preparación física, por lo que tampoco había ningún deporte en el que pudiera competir con sus compañeros, y un rostro de lo más común. Pasó por la universidad como quien pasa de soslayo, entreteniéndose más de la cuenta en las cañas de la cafetería, con unas calificaciones ajustadas que, a día de hoy, lo único que le permiten es tener un título que cuelga torcido en una de las paredes de su sala de estar.

Su flamante título universitario en una ingeniería elegida al azar nunca le supuso una oportunidad para encontrar un trabajo acorde con el mismo. Al contrario, malvivía a base de trabajos precarios y por horas que le iban surgiendo de manera temporal. Con cuarenta y cinco años largamente cumplidos, una esposa dedicada al cuidado de sus cuatro hijos y una madre enferma que convivía con ellos en un humilde piso de alquiler en el extrarradio, Marcos tenía que hacer verdaderos malabares para que su escasa estabilidad económica les permitiera, al menos, tener un plato de comida caliente que llevarse a la boca.

El destino, el azar, el karma o como queráis llamarlo, quiso poner a Marcos ante uno de los muchos empleos que en ocasiones había realizado: ser figurante en una película. Pero en esta ocasión, gracias a su amistad forjada a través de los años con el director de una importante agencia de publicidad, al que siempre acudía en súplica de un nuevo empleo, su papel no se limitaba a permanecer entre la multitud o pasar caminando en algún fondo de escena. Esta vez tenía un papel, pequeño, con poco diálogo, pero en torno al que giraba gran parte del argumento de lo que acabaría convirtiéndose en una gran producción a nivel nacional.

Aquel modesto papel, en el que el mayor esfuerzo que tuvo que hacer fue aprenderse las dos frases de su guión y comportarse como venía siendo él mismo durante toda su vida, fue considerado como una interpretación estrella por parte del gran público. De manera que Marcos, sin comerlo ni beberlo, se encontró con sendas nominaciones en los Premios Goya como mejor actor de reparto y mejor actor revelación.

Aprisionado en un traje un par de tallas menor a la suya, el mismo con el que se había dirigido al altar hacía un par de décadas, y haciendo un gran esfuerzo por soportar aquella asfixiante corbata que no se ponía desde aquel bendito día, Marcos se encontraba sentado, junto con su amigo de la agencia, en una de las butacas rojas de aquel inmenso salón donde grandes figuras mediáticas otorgaban los premios. Apabullado ante la situación, se hundía cada vez más en el suave terciopelo de su asiento, incómodo ante aquella atención que recibía y que había tratado de evitar durante toda su vida.

Sus piernas temblaban cual flanes mientras caminaba hacia aquel inmenso escenario después de haber sido nombrado ganador de aquel famoso premio. Lo recogió con manos trémulas y, acercándose al micrófono, el discurso que llevaba semanas ensayando se perdió en el olvido de uno de los recovecos de su obtusa mente. Al notar el rubor que se iba instalando de manera cada vez más intensa en sus regordetas mejillas, hizo lo mejor que se le daba hacer: ser él mismo. Su cuerpo se arremolinó en forma de ovillo, con la cabeza gacha y una tiritona impresionante bailándole alrededor del cuerpo. Abrazado a su premio, esbozó un tímido «gracias» al micrófono y emprendió la huida por el suelo enmoquetado del salón.

El público, tras un primer instante de conmoción, interpretó aquel gesto como otra magistral actuación del papel que había representado en la obra y prorrumpió en sonoros aplausos y vítores hacia Marcos. Este, sorprendido, inició una huida por la puerta principal, buscando la paz y el sosiego de su familia, maldiciendo el momento en que aceptó aquel papel. Las grandes carcajadas del público y demás actores nominados seguían resonando a sus espaldas, en una interpretación de aquella huida como parte de una actuación premeditada.

Desde aquel día, a Marcos le llovieron ofertas de trabajo como actor en innumerables obras cinematográficas y series televisivas, que él se limitaba a arrojar a la basura mientras dividía en montones los panfletos publicitarios que debía buzonear al día siguiente. La maldita estatuilla le miraba desafiante desde el lugar más privilegiado de la estantería de su salón, como un recuerdo aciago de aquella insoportable noche.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Imagen: Pixabay.com (editada)

82. AMOR