EL DIBUJO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

EL DIBUJO

Los lápices de colores se deslizaban con una facilidad pasmosa por la firme cartulina del bloc de dibujo. Carmela observaba en silencio mientras Javier dibujaba con un trazo seguro y sereno. Le estuvo observando mientras utilizaba el lápiz de grafito para delinear unos contornos que a ella le pasaban por completo desapercibidos. No podía apartar la mirada de aquellas manos, grandes, masculinas, de artista,  que sujetaban con tanta delicadeza el lapicero entre sus finos y alargados dedos.

Él la miraba de vez en cuando, pero no conseguía captar su atención. Pensaba que estaba atraída por el dibujo que, poco a poco, se estaba retratando en el papel como si fuese un cincel sobre la piedra. Así que continuó con su tarea.

Se habían encontrado por casualidad en la biblioteca de la facultad. Carmela había ido en busca de un lugar tranquilo donde poner en orden sus desastrosos apuntes, en los que lo único que le podía servir de guía era la fecha que garabateaba en el borde superior derecho de cada folio. El resto era un batiburrillo de signos, abreviaturas y palabras escritas al vuelo, con las que se tenía que enfrentar cada vez que llegaba la hora de los exámenes. Javier solo buscaba la tranquilidad necesaria para poder desarrollar la actividad que más le gustaba: el dibujo. Tenía que hacer una ilustración para una revista en la que colaboraba y la inspiración se había bajado a dar una vuelta por el sótano de aquel viejo edificio de silencio y humedad.

La casualidad hizo que Carmela se fuese a sentar en la mesa contigua a aquella en la que Javier mordía con distracción el lápiz, en un vano  intento por subir a la inspiración de los subsuelos en los que se había sumido. Se saludaron en susurros, para no hacer ruido en la concurrida biblioteca, donde solo se oía un leve murmullo de estudiantes que recitaban en voz baja sus letanías de lecciones y asignaturas variadas.

Carmela le había pedido un dibujo y Javier no desaprovechó la ocasión. Una vez trazado a lápiz, se dispuso a colorearlo con precisión. Los lápices de madera sombreaban en colores los trazos antes realizados. Esperaba alguna reacción de Carmela, pero ella estaba muda, totalmente absorta en el dibujo. Ella, silente, solo podía mirar fijamente aquellas maravillosas manos que con tanta agilidad tomaban un lápiz y soltaban otro. Las imaginaba recorriendo su cuerpo, tomando su mano, acariciándola en un abrazo infinito. Ni siquiera se había parado a observar el dibujo, toda su atención estaba presta a las manos que trabajaban.

Javier dio por finalizada la obra y Carmela seguía sumida en su ensoñación. Un susurro muy, muy cerca del oído la trajo de vuelta al mundo real. Ni siquiera se había dado cuenta de que aquellas manos no seguían allí, ella las seguía viendo frente a sí como hasta hacía unos instantes. Aquellas palabras, aquel cálido aliento en su oreja, la trajeron al instante presente, para encontrarse con un precioso dibujo en colores vivos en el que ambos se besaban. Creyó no haber visto algo tan precioso en su vida, digno de estar expuesto en el más prestigioso de los museos.

Una lágrima se deslizó desde su lacrimal izquierdo. Javier la recogió con un beso. Segundos después, aquellos suaves trazos en un bloc de dibujo de marca barata se convertían en realidad.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

El dibujo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

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