“Un número más” – El Poder de las Letras

“Un número más” – El Poder de las Letras

UN NÚMERO MÁS

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

UN NÚMERO MÁS

Caminar siempre avanzando,

pararse a descansar,

retroceder si hace falta,

continuar el caminar.

Tropezar y caerse al suelo,

ahora toca levantarse,

sacudirse las heridas,

volver a caminar de nuevo

con la cabeza bien erguida

sin temor a tropezar.

Pero, en ocasiones, corres

como si tu vida fuese en ello,

una carrera de fondo

de la que nunca sales

con el dorsal en su sitio

y en la meta no te espera

ninguna compensación.

Mirar a un lado,

luego al otro,

pararse siempre antes de cruzar

un camino que es ajeno,

pues puedes quedar tendido,

arrollado en los raíles

de un tren en el que no viajas,

que proseguirá su camino

sin importarle tu estado

o si no te vuelves a levantar.

Sonreír, sonreír, sonreír,

aunque estés hecho pedazos,

pensar siempre en positivo,

hacerse el olvidadizo

y esquivar la melancolía

cuando esta intenta con fuerza

apoderarse de ti.

Y sonreír, sonreír,

sobre todo, sonreír,

fabricar la pose falsa,

interpretar un papel,

vestirte con mil disfraces

y a la vez sin olvidar

que debes ser tú mismo,

fiel,

coherente,

legal.

Buscar refugio seguro

allí donde les permitas

a las lágrimas saltar.

Mientras, seguir sonriendo

y evitar el pensamiento

breve, intenso, fugaz,

de que lo único que quieres

es escapar y escapar,

volver a entrar en carrera,

bien prendido tu dorsal,

sabiendo que solo eres

para alguien un número más

que controlará tu existencia

sin importarle tu nombre,

tus vivencias y tu edad.

Fingir que no nos importa,

volver a correr sin parar

por nosotros y por aquellos

que quedaron en el camino,

los que jamás consiguieron

la carrera completar.

Reconocer tu fortuna

por estar vivo sin más

aunque te pongan un precio,

por más que te prostituyan

y tú aceptes porque quieres

llegar a cruzar la meta

sin olvidar la sonrisa.

Pero sin olvidar tampoco

que por más que lo intentemos,

para alguien, siempre seremos

solo, tan solo,

un simple número más.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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112. CALM

Reto literario: “¿Por qué no me creíste?”

Reto literario: “¿Por qué no me creíste?”

POR QUÉ NO ME CREÍSTE - Kevin Corrado

 

¿POR QUÉ NO ME CREÍSTE?

Nunca creíste que fuera capaz de permanecer en dos lugares al mismo tiempo. ¡Qué escepticismo el tuyo! ¿Por qué habría yo de mentirte? ¿Tan poca confianza tenías en mí?

Intenté sacarte de la cruel ignorancia en la que vivías inmersa mostrándote más casos como el mío, pero jamás me creíste. Es cierto que siempre se había tratado de santos, monjas y figuras similares, pero no creo que fuese motivo para dudar de mi palabra. Estoy seguro de que hay más personas en el mundo con la misma capacidad extrasensorial que yo, pero no habrán cometido el error de contarlo, como hice contigo.

Me di cuenta de ello cuando era aún un crío. En seguida le encontré una utilidad extremadamente portentosa. Jamás estudie. Uno de mis «yo» estaba presente en los exámenes, mientras el otro se quedaba en casa buscando las respuestas. ¿Acaso pensabas que mi brillante expediente académico era fruto de un exhaustivo trabajo? Nada más lejos de la realidad. De igual manera me sirvió para cumplir con esos compromisos a los que odias asistir. Enviaba a uno de mis «yo», mientras mi otro «yo» se quedaba en casa disfrutando de una buena lectura o enganchado a los videojuegos. ¡Pues no resultó ser útil! «Bilocalización», creo que lo llaman.

Pero tú no me creíste y yo me sentí herido en mi orgullo. Necesité demostrártelo. Ibas a ser la primera persona en mi vida, no solo que lo sabría, sino que, además, podría comprobarlo. Mi única condición fue que nos alejásemos lo suficiente para que nadie nos pudiese observar. Decidí hacerte la demostración más sencilla que pudiese y, para ello, cargué hasta el maletero de tu coche con dos marcos para cuadros, antes de dirigirnos al bosque más grande del norte de la provincia.

Iba a ser fácil y yo estaba convencido de ello. Te dejaría sin palabras y tendrías que admitir tu error al desconfiar de mí. Me concentré, cerrando los ojos, como siempre hacía y así comenzó mi experiencia de «bilocalización» ante ti. Algo salió mal. Quizá fueron los nervios, no lo sé, la cuestión es que era la primera vez que fallaba. Vi el espanto en tu mirada y cómo empezaste a retroceder. Ese fue el momento en que yo fui realmente consciente de que algo no había funcionado como debiera.

Esta vez fui yo el que mostró el espanto saliendo de mis pupilas cuando te vi montar en el coche y salir huyendo de allí como alma que lleva el diablo. Pensé que habrías ido en busca de ayuda, pero no fue así.

Aquí sigo, con mi torso en uno de los marcos mientras mis piernas permanecen en el otro, sin saber cuándo llegará el día en que muera por inanición. ¿Por qué no me creíste? ¿Por qué?

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Kevin Corrado

Este relato ha sido trabajado para el reto literario de El bic naranja, los viernes creativos de Ana Vidal.  Espero que os guste.

 

Hoy os presento este blog… XVII

Hoy os presento este blog… XVII

HOY OS PRESENTO ESTE BLOG

¡Feliz tarde de domingo! Y para aquellos que tengáis el puente, ¡mucho mejor!

Como viene siendo habitual, hoy os traigo un blog que conocí hace poquito tiempo y que, de primeras, me ha gustado bastante. Vamos a darle todo el apoyo que se merece, vosotros ya sabéis.

El blog del que os hablo se llama Pu(n)tos descosidos y os recomiendo que lo visitéis. Como siempre, traigo hasta aquí una de sus entradas para que lo conozcáis de primera mano. Se titula Evohé, y dice así:

Quiero correr salvaje.

Yo soy la niña

que se pinta la cara de guerrera

la que mira fijamente

la que besa los mordiscos en la carne

y se llena las manos de tierra,

las que irán a cerrarte los ojos.

Quiero correr salvaje hacia ti

No quiero volar

quiero el impulso correcto

para salir despedida

y aullar de placer

en el cielo de los locos

y los audaces

No fingir, no mentir

taparme la boca al beso

ir a morderte los labios

Quiero correr salvaje hasta ti

Y que esta provocación no violenta

tenga un morbo envidiable

Espero que os haya gustado tanto como a mí y, ya sabéis, a darle nuestro apoyo. ¡Feliz comienzo de semana! ¡Hasta el próximo domingo!

¡Besos! ¡Se os quiere!

111. SONRISA

 

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XVII – Ángel Voset”

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XVII – Ángel Voset”

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¡Último domingo del mes de abril! La primavera parece que no sabe bien qué hacer, si quedarse con nosotros o no, la siento un poco indecisa este año… Pero haga frío o calor, aquí seguimos un domingo más con una nueva colaboración.

Como últimamente veo que no estáis muy animados a enviarme colaboraciones, he decidido que voy a empezar a hacerlas por sorpresa, a no ser que me digáis lo contrario…

Muy acorde con esta estación tan inestable en la que nos encontramos, he escogido un poema de nuestro querido compañero Ángel Voset, titulada “Con la primavera”. No hace falta ya que os diga que no dejéis de visitar su blog si aún no le conocéis. A mí me encanta.

Un pequeño regalito para ti, amigo, con todo mi cariño. Espero que te guste.

 

Espero que paséis un domingo estupendo y que disfrutéis del puente, que no es para menos. Y ya sabéis, si queréis colaborar conmigo no tenéis más que decirlo.

¡Besos!

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Micro-sábados: “Nuevo amor”

Micro-sábados: “Nuevo amor”

NUEVO AMOR

NUEVO AMOR

Cada vez que subo a lo alto de la Ciudadela, veo nuestro candado, aquel que enganchamos juntos con toda la ilusión del mundo, cuando creíamos que nuestro amor sería inquebrantable.

Lo veo y se me saltan las lágrimas, allí, cubierto de nieves en invierno y soportando el crudo sol de los veranos. ¿Por qué te daría a ti la custodia de la llave que lo cerraba?

Por favor, devuélveme la llave. No tengo trabajo y lo necesito para mi nuevo amor.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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*Fotografía: Citadella. Budapest.

110. CALM

Por capítulos: “María (V)”

Por capítulos: “María (V)”

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María (I)       María (II)       María (III)       María (IV)

 

MARÍA (V)

Jamás sentí el envejecimiento de mi abuela María. En cuanto empecé la escuela se terminaron para mí aquellos fantásticos días en los que compartíamos todo y que tan buenos recuerdos me han proporcionado. En cambio, debía conformarme con un día a la semana, y solo a ratos, pues solíamos ir únicamente el sábado o el domingo a comer con los abuelos.

La cuestión es que yo fui creciendo y seguí viéndola semana tras semana. Yo la veía siempre igual, salía de viaje con el abuelo, llevaba una vida bastante activa y para mí continuaba siendo igual de preciosa que siempre. Con el paso de los años, me adentré de lleno en la adolescencia. Encontré una libertad de la que me creía merecedora por derecho. En mi interior me sentía adulta, aunque mi documento de identidad siguiese reflejando lo que para mí era una cruel minoría de edad. Comenzaron las salidas con amigos, cada vez hasta horas más altas de la noche. Dejé de visitar a los abuelos. En realidad solía hacerles una visita de cortesía, un par de veces al año a lo sumo.

Cuando quise darme cuenta, yo ya había rebasado la mayoría de edad y suplicaba a mis padres para que me dejasen el coche cada fin de semana. Creo que minimicé las visitas a los abuelos hasta llegar a cumplir solo en uno de los días más señalados de la Navidad, y ello por imperativo paterno.

Una de aquellas navidades acudí fastidiada a la cena de Nochevieja en casa de los abuelos. Yo quería ir a tomar las uvas con mis amigos y no me apetecía nada amuermarme en aquella casa que a aquellas alturas ya olía a rancio y a enfermedad. Aquella noche fui consciente de cuánto habían menguado los abuelos. Parecían haberse encogido ambos, encorvados como andaban ya con todos los años que cargaban a sus espaldas. Las arrugas los empequeñecían aún más, como si estuviesen siendo absorbidos por ellas.

A pesar de todo, la abuela María continuaba preparando la cena para toda la familia como antaño, aunque el cansancio en su rostro era más que evidente. No pude evitar un gran sentimiento de culpabilidad en mi interior, pues ni había sido consciente ni me había preocupado por su deterioro. Aquella noche no salí. La pasé sentada entre el abuelo y la abuela en el mismo sillón en el que saltaba cuando era niña, mientras veíamos uno de aquellos casposos programas de televisión típicos de las noches de fin de año. Me hice a mí misma la promesa de que volvería a acompañarles, al menos, una vez a la semana, como hacían mis padres. Incluso estos, ahora que me paraba a contemplarles, se veían más ancianos y cansados, desgastados por el trabajo y la vida. ¿Cómo había sido tan egoísta? Aquella noche comprendí que llevaba años pensando únicamente en mí. Y las lágrimas se me escaparon sin poder evitarlo, aunque logré camuflarlas en un último intento para mantener a salvo la poca dignidad que me quedaba.

Jamás pude cumplir aquella tácita promesa que me había hecho a mí misma. Tan solo cuatro días después, la víspera de la noche de Reyes, mi abuela María se marchó hacia el cielo sin ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Pocos meses después la siguió el abuelo. A día de hoy, aún con lágrimas en los ojos, no puedo hacerles mejor homenaje que narrar mis recuerdos, esos que atesoro con tanto cariño. Y que permanecerán conmigo hasta que me reúna con ellos.

FIN

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Revista Intropia Nº 16 – Abril 2018

Revista Intropia Nº 16 – Abril 2018

INTROPIA 16 - ABRIL 2018

Como cada mes, os traigo hasta aquí el nuevo número, correspondiente al mes de abril, de la Revista Intropia, dirigida por Isabel di Vinci. Para los que aún no la conozcáis, se trata de una hermosa publicación mensual, con contenidos literarios, de arte, fotografía, ilustración… Podéis acceder a ella en este enlace.

Os dejo con mi colaboración de este mes:

A QUÉ HUELE EL MES DE ABRIL

¿A QUÉ HUELE EL MES DE ABRIL?

Te conocí en una céntrica callejuela del barrio más antiguo de Madrid, el más castizo, como te gustaba llamarle. Estabas encendiéndote un cigarrillo y me paré junto a ti, solo para preguntarte si conocías algún café-librería por la zona. Nada me apetecía más en aquellos momentos que un poco de buena lectura con un café caliente entre las manos. Hacía un par de horas que lloviznaba y yo, que había salido a evadirme, estaba empezando a sentir cómo el agua calaba mis ropas poco a poco, hasta el punto en que llegué a sentirlas pesadas sobre mi cuerpo.

Me miraste con los ojos del azul más intenso que había visto en mi vida, mientras la llama del mechero seguía prendida frente a ti, y soltaste una gran voluta de humo que me envolvió por completo. Lo suficiente para darme cuenta de que no era precisamente tabaco lo que fumabas. «Ven conmigo», dijiste y, sin más, me tomaste de la mano. Yo me dejé guiar por el azul de tus ojos, sin oponer ninguna resistencia, y me llevaste al lugar más precioso que podré ver jamás.

Sin tu ayuda no lo hubiera encontrado jamás. Escondido en un recodo de la callejuela más estrecha del barrio, un pequeño bar con la fachada flanqueada por dos grandes naranjos escondía del resto de mortales las joyas que guardaba en su interior. El interior era cálido, acogedor. Una luz tenue iluminaba las mesas bajas, rodeadas de sillones. Yo te seguí sin pronunciar palabra y me senté en uno de los sillones, desde el que podía divisar enormes estanterías que se alejaban hacia un techo que parecía no querer aparecer nunca.

Apareciste con un capuccino sin que yo te lo hubiese pedido. ¿Cómo conseguiste adivinar lo que tomaría? Un café solo para ti. Fueron horas y horas hablando sobre el existencialismo. Compartimos café con Sartre, Kierkegaard y Dostoyeveski durante horas, mientras la música de Sabina nos acompañaba de manera constante en un fondo musical de lo más agradable. Con Heidegger me diste el primer beso, suave, lento, con sabor a café.

Compartimos noche en tu pequeño apartamento con balcón a una de aquellas pequeñas callejuelas céntricas de Madrid. El antiguo ascensor fue testigo mudo de nuestra pasión en un primer momento. Ya en el apartamento, el aroma a incienso inundaba tu habitación, a la par que el del cigarrillo de hierba que compartimos tras amarnos con una pasión inusitada, hasta contemplar juntos el amanecer aquel día nublado del mes de abril, mientras fumábamos asomados al balcón.

Nunca más te volví a ver. Nos despedimos con la misma naturalidad con la que nos conocimos, sin tan siquiera intercambiar números de teléfono. Cuando meses después, al inicio de un caluroso verano fui en tu busca, el apartamento estaba ocupado por una pareja de hindúes cubiertos por saris de bonitos colores.

Salí a la calle y recordé aquellos olores que nos acompañaron aquella tarde, aquella noche. Desde entonces, el mes de abril huele a lluvia, huele a azahar, huele a flores y a café, huele a Sabina y a hierba, huele como olías tú.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

109. APRENDER

 

El relato del viernes: “Catalina y la soledad”

El relato del viernes: “Catalina y la soledad”

CATALINA Y LA SOLEDAD

 

CATALINA Y LA SOLEDAD

Catalina se prepara el enésimo café de la mañana. El aroma de la infusión, elaborada siempre a partir de granos recién molidos, inunda por completo la estancia. Inspira en profundidad para dejar que aquel intenso aroma que tanto adora penetre por sus fosas nasales en un primer intento por despejar su entumecido cerebro. Vierte el oscuro líquido humeante en una taza, hasta casi rebosar el borde. La coloca en su platito correspondiente y se dirige con él hacia la salita.

Mientras se acomoda en su silla, la misma de cada día, el aroma a café se entremezcla con el de las flores recién cortadas que hay en el centro de la mesa, colocadas con delicadeza en un jarrón de cristal que hace años perteneció a su madre. No es bonito, pero no le importa, el valor sentimental de aquella pequeña vasija supera con creces cualquier sentido estético. En cualquier caso, el estilo encaja a la perfección con la pequeña mesa camilla que hay en el centro de la salita, con un brasero bajo las largas faldas del mantel para los fríos días de invierno. A Catalina le gustan las cosas sencillas y disfruta de los pequeños detalles, como aquellas florecillas silvestres que lucen en aquel recuerdo familiar.

Hace años que decidió mudarse lejos de la ciudad. En realidad, lejos de cualquier población, por mínima que fuese. Le encanta el aire libre y, tras las presiones laborales y una ruptura sentimental que casi le cuesta la cordura, decidió poner tierra de por medio y conectar con su gran amiga, la naturaleza. Ahora vive a tres kilómetros del pueblo más cercano, en una pequeña casa antigua rodeada de árboles y vegetación. Sabe que en el pueblo circulan muchos rumores acerca de ella. Algunos dicen incluso que se trata de una loca, pero ella jamás les presta atención.

Cada mañana, tras el desayuno, dedica un tiempo cada día mayor a dar un paseo por su entorno. Respira el aire puro de la arboleda y siente que ha hecho lo correcto. Aun así, no es capaz de sacudirse de encima aquella exasperante sensación de sentirse incompleta. Ahora, con la llegada de la primavera, se ha vuelto aún más acuciante. El campo florece de vida a su alrededor, le ofrece los más lindos colores que hubiera podido imaginar, el pequeño huerto en el que ella misma labora la tierra es un pequeño vergel que prácticamente la sustenta. Sin embargo, siente que le falta algo, aunque no sabe qué es.

Sentada a la mesa camilla, con el café aún humeante a su lado y el frescor de las flores silvestres rozando su pituitaria, Catalina intenta continuar la lectura que lleva días postergando. A su espalda, una primavera en todo su esplendor llama a su ventana, mostrando unas bellas vistas de los almendros en flor. Sin embargo, la mirada de Catalina se esparce hacia un infinito mucho más profundo que el plano dimensional en el que la esperan el libro, las flores y el café recién hecho.

Una nostalgia embriagadora es el sentimiento que transmite su rostro, para encanto y disfrute de todo aquel que se atreviera a mirarla. Su belleza alcanza su máximo exponente con aquella expresión. Pero no hay nadie que vea a Catalina. La soledad es su fiel compañera desde que llegó a aquella casa. Una soledad querida y buscada que no por ello deja de ser menos intensa.

Cuando Catalina regresa al presente, el libro que tiene frente a sí muestra la misma página, la de todos los días, el café reposa frío desde hace horas y las flores silvestres han comenzado a perder sus delicados pétalos poco a poco. Cierra el libro, recoge la taza con desgana y vuelve a perder su mirada más allá de los almendros en flor que intentan colarse por la ventana.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Mi jueves de poesía: “Vacío existencial”

Mi jueves de poesía: “Vacío existencial”

VACÍO EXISTENCIAL

 

VACÍO EXISTENCIAL

Llegará pronto un día
en que, por suerte o por desgracia,
te encuentres asomado
frente a un gran precipicio
al que tu mente, ilusa,

creía no llegar jamás.

Colgarán telarañas
de tus ojos cerrados
y sentirás cómo el viento,

travieso cual chiquillo,

despeina con desgana
tus canas ya apagadas
por los rayos malditos
de un sol que ya no brilla.

Surgirán mariposas,

volando, de tu ombligo,

que tomarán caminos
orientados hacia el sur,

en busca de un paraíso,
quizás una quimera,
una mera utopía,
un sitio al que llegar.

Sentirás al oído
los lamentos del aire,

los lloros de las aguas,

la lejana y apagada

letanía de una estrella,

un sollozo silente
proveniente del mar.
Aún tendrás permiso
para abrir con cuidado
tus ojos enmarañados
con cien legañas de luz.
Será decisión tuya
orientar tus sentidos
hacia el azul del cielo
o quedarte por siempre
admirando el precipicio
que se abre a tus arrugas
y dejarte caer en vuelo,

cegado, hacia el abismo
que penetra en tu mente
dentro del más oscuro
vacío existencial.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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108. DESTINO

Los 52 golpes – Golpe #13 – “Ni a mí ni a ninguna”

Los 52 golpes – Golpe #13 – “Ni a mí ni a ninguna”

NI A MÍ NI A NINGUNA

NI A MÍ NI A NINGUNA

El antes impoluto delantal blanco quedó cubierto por completo de manchas de tomate frito cuando la ensaladera de cristal con las cuatro raciones de espagueti boloñesa de la mesa dos se hizo añicos contra el suelo. Elena se apresuró a recoger aquel desaguisado sin levantar la mirada, como si de esta manera pudiera obviar el motivo por el que se le había resbalado de las manos. Ni siquiera se dio cuenta de que uno de los añicos de cristal afilado se clavaba en su rodilla izquierda mientras estaba arrodillada en el suelo.

La puerta de la cocina se abrió con ímpetu y Elena no tuvo más remedio que levantar la vista, con temor a encontrarse con quien no quería ver. Por suerte, solo fue su jefe el que apareció por la puerta, el resto de la cocina aparentaba una completa normalidad.

—¿Qué ha pasado, Elena? —le preguntó Marcial, su jefe, con verdadera preocupación—. Ha sonado como si se hubiese derrumbado la cocina.

—Nada, Marcial. Los espaguetis de la mesa dos. En nada termino de recoger esto y salen marchando —contestó Elena, temblorosa.

—No te preocupes, mujer. Cúrate esa rodilla, que parece que está sangrando. Ya aviso a los comensales de la mesa dos de que la comanda se retrasará unos minutos —Marcial salió por la puerta, dejándola sola otra vez en la cocina, y Elena comenzó a temblar de nuevo.

Agazapado tras la puerta, invisible a ojos de todos, Ramón contemplaba cómo Elena se movía con ímpetu mientras limpiaba el suelo. A pesar del miedo que esta sentía, no podía evitar moverse con desparpajo con la intención de recoger aquello cuanto antes, con la esperanza de que la visión que había tenido hacía solo unos minutos fuese únicamente el producto de su aterrorizada imaginación. Mientras, Ramón observaba en silencio cómo las caderas de la que un día había sido su mujer se contoneaban ante él, lo que le llevó a un estado de excitación máxima. Tuvo que recolocarse el pantalón, que le estaba molestando ya sobremanera, mientras esperaba a que su dulce esposa se levantase del suelo. Quería mirarla antes a los ojos y sentir el miedo en los de ella.

Cuando Elena se levantó, a punto estuvo de tirar de nuevo los cristales recogidos cuando comprobó que no había sido una mala pasada de su imaginación. Se apresuró a arrojarlos al cubo de la basura, al igual que la bayeta que había utilizado para recoger los restos de tomate, mientras su cuerpo al completo temblaba como si fuera un flan. Escondido detrás de la puerta que daba acceso al restaurante, estaba él, la peor de sus pesadillas, a pesar de que el divorcio se había hecho efectivo hacía ya dos años.

Antes de que a Elena se le ocurriese dar una voz más alta que otra, Ramón se abalanzó sobre ella, mientras la acorralaba contra la pared. De todas formas, si no le había delatado cuando el idiota de Marcial había entrado en la cocina, no lo haría ahora. Una ligera sonrisa triunfal se dibujaba en su rostro, una sonrisa que ofrecía un ligero toque diabólico.

Elena no podía verle la cara, pero sentía la fetidez de su aliento ahogado en alcohol justo en su mejilla derecha y el abultamiento de sus pantalones contra la parte baja de su espalda. Su estómago se revolvió sin poder evitarlo y sintió unas ganas tremendas de vomitar.

—Ramón, por favor, vete, no me hagas esto. Desaparece de mi vida de una puta vez. ¿Es que no has tenido suficiente? —le rogó Elena, con pavor en la mirada, enfocada contra la pared de azulejos, y las lágrimas resbalando ya por su cara.

—¿Y qué piensas hacer para evitarlo? ¿Denunciarme otra vez, zorra? Ya has comprobado que no vale para nada. Eres mía, quieras o no, que no se te olvide —susurró Ramón en su oído, para evitar que le pudiesen escuchar y demostrando el odio que sentía.

Un único movimiento le bastó para girar a Elena, inclinarla sobre la encimera donde estaban esparcidos los ingredientes de las comidas que estaba preparando y penetrarla de una sola estocada desde atrás. Fue rápido, el estado de excitación de Ramón era demasiado álgido, y un silencio atronador resonaba en la cocina, solo interrumpido por los suaves y rápidos jadeos de Ramón. Recompuso sus ropas antes de que Elena hubiese tomado las fuerzas necesarias para incorporarse de la encimera de granito.

—Ahora, si te atreves, me denuncias otra vez. Como se te ocurra decirle algo a alguien, te mato, ¿me has oído? —de nuevo los asquerosos susurros de Ramón demasiado cerca de ella. La tomó de la cabeza con violencia y la besó con fiereza, un beso al que ella no respondió.

En el preciso instante en que Ramón abandonaba el restaurante por la puerta de servicio trasera, Elena vomitó con amargura sobre la encimera. Se colocó la ropa como mejor supo y se dejó caer al suelo, resbalando por la parte posterior de la encimera. Un ahogado llanto salió del fondo de su garganta, mientras se abrazaba las piernas, convertida en una pequeña bola de resentimiento.

—¡Elena! ¿Cómo van los espaguetis de…? —Marcial se detuvo de inmediato al ver en aquel estado a su empleada más querida. Aquella joven llevaba ya varios años trabajando con él y sentía el mismo cariño por ella que si se tratase de su propia hija. No necesitaba ninguna explicación para comprender lo que acababa de ocurrir en su cocina. La puerta trasera abierta dejaba entrar una corriente de aire cargado de culpabilidad —Tranquilízate, Elena, mi niña. Ahora mismo cerramos el restaurante y vamos a comisaría. Yo me encargaré personalmente de que ese hijo de puta no te vuelva a poner una mano encima. ¿De acuerdo? Ya pasó, mi niña, ya acabó todo.

Elena miró a Marcial con una nota de esperanza en la mirada. Creía en aquellas palabras, o quizá necesitaba creer en ellas porque en aquel momento eran su única tabla de salvación. Se lanzó a los brazos de Marcial como hubiese hecho si hubiesen sido los de su padre los que se abrían ante ella. Una fortaleza desconocida comenzó a recorrerle la sangre, regando cada parte de su ser. Aún no sabía cómo, pero estaba segura de que aquel ser no iba a joderle la vida nunca más. Ni a ella ni a ninguna otra mujer.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Ni a mí ni a ninguna by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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* Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi decimotercera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 14, 15 y 16. ¡El 17 ya está marchando!