MARÍA

 

María (I)       María (II)

MARÍA (III)

La recuerdo como una mujer afable y cariñosa a más no poder, pero también cuadriculada y estricta. En este punto, he de decir que he heredado esa manía tan suya. Todas las labores de la casa estaban planificadas con una precisión milimétrica y, siempre, sin excepción, eran su prioridad. Minuciosa y ordenada hasta rayar lo obsesivo, dedicaba un tiempo preciso a diario para mantener la casa limpia. Yo tenía que quedarme en la cocina, habitualmente coloreando, mientras ella repasaba el polvo de los muebles hasta dejarlos impolutos y fregaba los suelos del piso. Día tras día, sin saltarse ninguno. Jamás la vi enferma o posponer sus autoimpuestas obligaciones para dedicarse a otra cosa.

Otras tareas tenían un día fijado por ella a la semana, con lo cual la abuela María siempre sabía con exactitud qué era lo que tenía que hacer aquel día. Por poner un ejemplo, los lunes era el día que dedicaba a lavar la ropa, siempre a mano. La recuerdo agachada de rodillas en el suelo del cuarto de baño mientras frotaba y frotaba la ropa en la bañera llena de agua espumosa. Nunca quiso tener una lavadora, como teníamos nosotros en casa, pese a las insistencias de mi madre por comprarle una. Utilizaba una pastilla de jabón de Marsella que inundaba el cuarto de baño con un aroma fantástico, el aroma de mi niñez. A día de hoy, ese aroma siempre evoca las mañanas de los lunes en casa de la abuela.

Yo me sentaba con ella en el suelo del cuarto de baño, a sus espaldas, y le pedía que me contase historias. Así, mientras la abuela frotaba y aclaraba, pasábamos una mañana que para mí era de lo más entretenida, pues siempre tenía una historia nueva que ofrecerme y a cada cual más interesante. Imagino que sus manos, envejecidas de manera prematura por aquellos trabajos, no opinarían lo mismo que yo.

Después de lavar la ropa, la ayudaba a tenderla. Había una pequeña terraza en el piso con unas cuerdas que iban de lado a lado en un improvisado tendedero. Durante la tarde, siempre estaba cubierta de sombra, pero por las mañanas la luz del sol la inundaba por completo. Entre los rayos de sol, que calentaban desde primera hora de la mañana, y el aire que siempre parecía soplar en aquella casa, la ropa ya estaba seca para la hora de la comida. Si la abuela se enterase de que yo ahora utilizo, no solo lavadora, sino incluso una secadora, se echaría las manos a la cabeza con aquel gesto suyo tan gracioso.

Después de explicaros la meticulosidad de mi abuela en lo que a las tareas del hogar se refiere, creo que resulta bastante obvio adivinar a qué dedicaba las tardes de los lunes. Después de echarnos un ratito de siesta tras la comida, lo cual era obligatorio, me preparaba la merienda y ella se dedicaba a planchar la ropa que había lavado con tanto ahínco por la mañana. A mí me encantaban las meriendas de la abuela, siempre eran muy distintas de las de casa. Podía ser una rebanada de pan con mantequilla y azúcar, un bollito de pan blando con chocolate, que era mi preferido, o alguno de los bizcochos, rosquillas o galletas que preparaba con asiduidad. Era una repostera magnífica.

Mientras yo merendaba, ella planchaba con un entusiasmo y una energía que, desde un primer momento, me resultaron chocantes. Siempre lo hacía cantando. Yo escuchaba su voz angelical mientras merendaba y, en el fondo, deseaba que aquellas maravillosas tardes de los lunes no acabasen nunca. El aroma de jabón de Marsella en las mañanas y el del calor de la ropa recién planchada por las tardes, son algunos de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia. Normalmente, yo no había terminado aún de merendar cuando llegaba el abuelo de trabajar. Horas después llegaría mi madre a recogerme y yo aprovechaba aquellos minutos como si fuesen los últimos que fuese a pasar con mis queridos abuelos.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

María by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

6 comentarios en “Por capítulos: “María (III)”

  1. que bella prosa, , haces que quien no conozca a Maria , a traves de tu relato, la viva , hasta lafragancia del jabon de marsella q no conozco me lo imagino , de pronto un aroma parecido a la lavanda, en fin, esto tambien hace reminicencias de mi infancia con mi abuela con quien comparti la mayor parte de mi ninnes, , he encontrado este espacio tuyo Ana, por medio del face book el cual no visito con frecuencia, eres admirable te felicito,

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