El relato del viernes: «La semilla»

LA SEMILLA

LA SEMILLA

Lara y Nico eran dos pequeños mellizos de cinco años, inquietos y curiosos, al igual que el resto de los niños de su edad. Vivían, junto con sus padres, en una gran ciudad repleta de tráfico y ruido. Para bien o para mal, gozaban también de todas las comodidades de la vida en la ciudad, más todas aquellas que sus padres les proveían. Por diversas circunstancias, a sus cinco años aún no conocían el campo. El trabajo de sus padres limitaba el periodo vacacional, que solían aprovechar para disfrutar algunos días en la playa o viajar a conocer alguna ciudad del extranjero.

Su abuelo Felipe vivía solo, desde que enviudó hacía ya muchos más años de los que él quería recordar, en un pequeño pueblo arropado a las faldas de los preciosos Montes de Toledo. Siempre se había trasladado él hasta la ciudad para poder disfrutar de sus hijos y nietos, pero con la edad cada día se encontraba más solo y añoraba un poco de compañía en su quehacer diario. Por eso, aquel año, insistió tanto a su hijo para que le dejase a los pequeños durante las vacaciones de verano, que los padres de las criaturas no tuvieron más remedio que aceptar.

Tanto Lara como Nico estaban encantados con la vida en aquella pequeña casa de pueblo junto al abuelo. Les sorprendía todo y lo expresaban con un gran gesto de alegría y estupefacción en sus caritas. Para ellos aquello era algo insólito, exclamaban sorprendidos sin parar y cada día descubrían algo nuevo. Les parecía increíble poder dormir hasta la hora que quisieran, sin necesidad de ir al colegio incluso en verano. Les asombraba el trinar de los pájaros en la mañana, el frescor de las noches, la casi nula presencia de coches por las calles, los vendedores ambulantes de fruta… Todo era para ellos una novedad. Incluso el río, que transcurría sereno por la parte baja del pueblo, con las riberas repletas de juncos y zarzamoras, les parecía una atracción espectacular. Era un pequeño riachuelo de apenas veinte centímetros de profundidad en aquella época del año, pero para ellos suponía un goce enorme poder sumergir los pies en el agua fresca e incluso coger algún cangrejo o una rana despistada.

Un día, mientras el abuelo echaba su siesta diaria, ellos estaban jugando en la calle frente a su casa. Allí no había ningún peligro que les impidiera salir, así que aprovechaban todo el tiempo que podían para estar en la calle. Mientras jugaban, encontraron un extraño objeto sobre el pavimento caliente. Lo tomaron entre sus manitas, pasándoselo de uno al otro con curiosidad y, como no sabían identificar lo que era, entraron corriendo en la casa y fueron de inmediato a despertar al abuelo. Cuando este vio lo que sus nietos le mostraban con tanta extrañeza, no pudo evitar estallar a reír a carcajadas.

—¿De verdad me estáis diciendo que no sabéis lo que es? —les preguntó, aún asfixiado por la risa, que le seguía invadiendo.

Los dos pequeños se miraron con cara de extrañeza. No alcanzaban a comprender por qué el abuelo se reía tanto. Se había puesto colorado a causa del ataque de risa, mientras sostenía sobre la palma de su enorme mano aquella pequeña cosa que habían encontrado. Los dos negaron con un movimiento sincronizado de sus pequeñas cabezas, sin emitir ninguna palabra.

—No os preocupéis, mañana sabréis lo que es. Yo mismo os lo mostraré. Ahora vamos a merendar —respondió el abuelo, al tiempo que guardaba aquello en el bolsillo de su camisa.

A la mañana siguiente, los niños se sorprendieron de que el abuelo los despertase cuando apenas había amanecido. Comenzaron a quejarse, pero enseguida se levantaron emocionados cuando les dijo que les iba a enseñar para qué servía lo que habían encontrado el día anterior. Tomaron un buen desayuno y, provistos de gorras y con la cantimplora de agua dentro de sus mochilas, comenzaron una especie de excursión fuera del pueblo por un camino que ellos desconocían. Llevarían una media hora de camino, aunque ninguno de los dos se había quejado debido a la curiosidad que sentían, cuando Felipe les avisó de que habían llegado.

Adentrándose un poco por el campo, localizaron un recinto vallado con árboles en su interior. El abuelo abrió con llave una pequeña portezuela metálica y les invitó a pasar con un gesto. Estaban impresionados, jamás habían visto algo como aquello. La tierra estaba cuidadosamente distribuida en lomos de tierra, que más tarde el abuelo les explicaría que se llamaban caballones, sobre los que crecían frondosas verduras.

—¿Qué es esto, abuelo? —preguntaron los dos a la vez, como venía siendo costumbre entre ellos.

El abuelo volvió a reír estrepitosamente. Aquellos dos, sin duda, necesitaban pasar una buena temporada rodeados de campo para aprender muchas cosas que se estaban perdiendo en la ciudad.

—¡Esto es un huerto! —gritó riendo el abuelo—. ¿De dónde pensabais que salían las lechugas que os coméis? Veréis —les dijo, mientras sacaba del bolsillo de su camisa aquella pequeña cosa que habían encontrado el día anterior—. Esta cosa tan pequeñita es una semilla. Vosotros me vais a ayudar a sembrarla.

Los dos pequeños mostraron su ilusión al instante. El abuelo se adentró en una pequeña caseta que había en un extremo del huerto y salió cargado con varias herramientas metidas en un pequeño cubo metálico. Los niños saltaron entusiasmados cuando les dejó utilizarlas. Con una de ellas hicieron entre los dos un agujero en la tierra, en uno de los extremos del caballón más cercano a la caseta. Depositaron en su interior la semilla y después comenzaron a enterrarla con sus propias manos. Estaban encantados ensuciándose de tierra y barro sin que nadie les regañase. Terminaron regando la tierra con una bonita regadera de color rojo que tenía el abuelo en la caseta, cogiendo el agua de un pequeño arroyo que corría alegre cerca de allí.

A los pocos días, el abuelo les avisó de que al día siguiente volverían a ir al huerto. Él iba a diario, pero los pequeños ni siquiera se enteraban porque para cuando querían despertar ya había regresado. Se volvieron locos de contentos. Les había gustado mucho aquella mañana en el huerto, antes de que apretase el calor. Lo que no sabían era la sorpresa que encontrarían al día siguiente.

En el lugar donde ellos habían puesto la semilla, un par de pequeñas y delicadas hojas verdes brotaban de la tierra. El abuelo les contó que la luz del sol, junto con el agua, había hecho que de la semilla que ellos habían sembrado naciese aquella plantita. Ahora continuaría creciendo con fuerza si le daban los cuidados necesarios.

Aquella noche, cuando hablaron con sus padres por teléfono, los dos pequeños se peleaban por contarles aquel milagro que habían contemplado. Sin duda, aquellos días en el pueblo estaban siendo los mejores e instructivos de su corta vida.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

La semilla by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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