MARÍA

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MARÍA (IV)

Si había algo que me gustase especialmente cuando estaba con la abuela era acompañarla al mercado. Como no podía ser de otra manera, dentro de su cuadriculada metodología, también había un día señalado para ir al mercado, el viernes. Cada semana, todos los viernes sin excepción, después de su calmado desayuno, tomaba el carrito de la compra y partíamos para el mercado. Parece como si lo estuviera viendo ahora mismo frente a mí. Era un carro que me parecía precioso, con un estampado de cuadros rojos y azules que se parecía mucho a las faldas escocesas que me ponía mi madre cuando tenía que arreglarme.

Esas mañanas en el mercado son otro de mis tesoros más preciados en un rinconcito de mi memoria. Me encantaba el ambiente que allí se respiraba. Solo con entrar me parecía ser absorbida por una esencia mágica, como si fuese un mundo totalmente distinto, una realidad paralela a la que se vivía fuera de aquel recinto. Numerosas voces me llegaban de todos lados, cada uno de los tenderos pregonaba alegre el género que vendía. Y aquello me maravillaba.

La abuela tenía por costumbre visitar siempre los mismos puestos, aquellos en los que los años de experiencia le aportaban el criterio suficiente para saber que su género era de calidad. Llevaba siempre el carro de una mano y con la otra apretaba fuerte contra su pecho el monedero, con la asignación semanal exacta para hacer la compra. Os digo yo que mi abuela hubiese sido una economista excelente. Todos en el mercado la conocían y aquella visita se convertía siempre en un intercambio de saludos con unos y otros. Al final, siempre se paraba a hablar cada dos por tres con algún conocido, de manera que la tarea de hacer la compra nos llevaba buena parte de la mañana.

En cada puesto siempre le regalaban algo. Era cliente de muchos años y eso se notaba. Tampoco faltaban caramelos para mí. A mí me invadía una sensación que no sabía identificar, me sentía muy bien, parecía que el corazón se me fuese a salir del sitio. Ahora, con el paso de los años, recuerdo aquella sensación y sé ponerle un nombre muy preciso. Era orgullo, me sentía muy orgullosa de mi abuela. Y aún lo estoy.

Si me hubiesen preguntado cuál de todos aquellos puestos que visitábamos me gustaba más, habría respondido sin dudarlo ni un segundo. El de las especias era, sin lugar a dudas, mi favorito. Era de los pocos que no visitábamos todas las semanas, así que, en cuanto podía, me escapaba un ratito a dar una vuelta por él. Cuando la abuela no me encontraba a su lado, siempre sabía dónde buscarme, en aquella pequeña tienda ubicada en el último rincón del mercado. Me encantaba aspirar el aroma que desprendían todos aquellos cuencos y la combinación de colores tan variados me hipnotizaba. Si por mí hubiese sido, habría renunciado a todos los caramelos que me hubiesen podido regalar en las demás tiendas por pasar una mañana completa allí.

Pero lo mejor de todo, la parte que con más cariño recuerdo de esas mañanas de viernes, era cuando regresábamos a casa. Algunas veces, cuando el carro no era muy pesado, me dejaba llevarlo un ratito. Eso me hacía sentir mayor. La abuela siempre sabía cómo hacerme sentir bien. Y, cómo no, la rutina se repetía con fidelidad. De camino a casa había un horno de pan artesanal, donde además elaboraban galletas y otros dulces. Todos los viernes entrábamos en el pequeño despacho y la abuela María me compraba una bolsita de galletas rizadas. Antes de salir de la tienda ya me había comido la primera. No he vuelto a comer unas galletas tan ricas como aquellas y tengo impregnado en mis recuerdos olfativos el delicioso aroma que recorría cada centímetro cuadrado de aquel despacho de pan.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

María by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

3 comentarios en “Por capítulos: “María (IV)”

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