CATALINA Y LA SOLEDAD

 

CATALINA Y LA SOLEDAD

Catalina se prepara el enésimo café de la mañana. El aroma de la infusión, elaborada siempre a partir de granos recién molidos, inunda por completo la estancia. Inspira en profundidad para dejar que aquel intenso aroma que tanto adora penetre por sus fosas nasales en un primer intento por despejar su entumecido cerebro. Vierte el oscuro líquido humeante en una taza, hasta casi rebosar el borde. La coloca en su platito correspondiente y se dirige con él hacia la salita.

Mientras se acomoda en su silla, la misma de cada día, el aroma a café se entremezcla con el de las flores recién cortadas que hay en el centro de la mesa, colocadas con delicadeza en un jarrón de cristal que hace años perteneció a su madre. No es bonito, pero no le importa, el valor sentimental de aquella pequeña vasija supera con creces cualquier sentido estético. En cualquier caso, el estilo encaja a la perfección con la pequeña mesa camilla que hay en el centro de la salita, con un brasero bajo las largas faldas del mantel para los fríos días de invierno. A Catalina le gustan las cosas sencillas y disfruta de los pequeños detalles, como aquellas florecillas silvestres que lucen en aquel recuerdo familiar.

Hace años que decidió mudarse lejos de la ciudad. En realidad, lejos de cualquier población, por mínima que fuese. Le encanta el aire libre y, tras las presiones laborales y una ruptura sentimental que casi le cuesta la cordura, decidió poner tierra de por medio y conectar con su gran amiga, la naturaleza. Ahora vive a tres kilómetros del pueblo más cercano, en una pequeña casa antigua rodeada de árboles y vegetación. Sabe que en el pueblo circulan muchos rumores acerca de ella. Algunos dicen incluso que se trata de una loca, pero ella jamás les presta atención.

Cada mañana, tras el desayuno, dedica un tiempo cada día mayor a dar un paseo por su entorno. Respira el aire puro de la arboleda y siente que ha hecho lo correcto. Aun así, no es capaz de sacudirse de encima aquella exasperante sensación de sentirse incompleta. Ahora, con la llegada de la primavera, se ha vuelto aún más acuciante. El campo florece de vida a su alrededor, le ofrece los más lindos colores que hubiera podido imaginar, el pequeño huerto en el que ella misma labora la tierra es un pequeño vergel que prácticamente la sustenta. Sin embargo, siente que le falta algo, aunque no sabe qué es.

Sentada a la mesa camilla, con el café aún humeante a su lado y el frescor de las flores silvestres rozando su pituitaria, Catalina intenta continuar la lectura que lleva días postergando. A su espalda, una primavera en todo su esplendor llama a su ventana, mostrando unas bellas vistas de los almendros en flor. Sin embargo, la mirada de Catalina se esparce hacia un infinito mucho más profundo que el plano dimensional en el que la esperan el libro, las flores y el café recién hecho.

Una nostalgia embriagadora es el sentimiento que transmite su rostro, para encanto y disfrute de todo aquel que se atreviera a mirarla. Su belleza alcanza su máximo exponente con aquella expresión. Pero no hay nadie que vea a Catalina. La soledad es su fiel compañera desde que llegó a aquella casa. Una soledad querida y buscada que no por ello deja de ser menos intensa.

Cuando Catalina regresa al presente, el libro que tiene frente a sí muestra la misma página, la de todos los días, el café reposa frío desde hace horas y las flores silvestres han comenzado a perder sus delicados pétalos poco a poco. Cierra el libro, recoge la taza con desgana y vuelve a perder su mirada más allá de los almendros en flor que intentan colarse por la ventana.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Catalina y la soledad by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen tomada de la red (editada)

2 comentarios en “El relato del viernes: “Catalina y la soledad”

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