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MARÍA (V)

Jamás sentí el envejecimiento de mi abuela María. En cuanto empecé la escuela se terminaron para mí aquellos fantásticos días en los que compartíamos todo y que tan buenos recuerdos me han proporcionado. En cambio, debía conformarme con un día a la semana, y solo a ratos, pues solíamos ir únicamente el sábado o el domingo a comer con los abuelos.

La cuestión es que yo fui creciendo y seguí viéndola semana tras semana. Yo la veía siempre igual, salía de viaje con el abuelo, llevaba una vida bastante activa y para mí continuaba siendo igual de preciosa que siempre. Con el paso de los años, me adentré de lleno en la adolescencia. Encontré una libertad de la que me creía merecedora por derecho. En mi interior me sentía adulta, aunque mi documento de identidad siguiese reflejando lo que para mí era una cruel minoría de edad. Comenzaron las salidas con amigos, cada vez hasta horas más altas de la noche. Dejé de visitar a los abuelos. En realidad solía hacerles una visita de cortesía, un par de veces al año a lo sumo.

Cuando quise darme cuenta, yo ya había rebasado la mayoría de edad y suplicaba a mis padres para que me dejasen el coche cada fin de semana. Creo que minimicé las visitas a los abuelos hasta llegar a cumplir solo en uno de los días más señalados de la Navidad, y ello por imperativo paterno.

Una de aquellas navidades acudí fastidiada a la cena de Nochevieja en casa de los abuelos. Yo quería ir a tomar las uvas con mis amigos y no me apetecía nada amuermarme en aquella casa que a aquellas alturas ya olía a rancio y a enfermedad. Aquella noche fui consciente de cuánto habían menguado los abuelos. Parecían haberse encogido ambos, encorvados como andaban ya con todos los años que cargaban a sus espaldas. Las arrugas los empequeñecían aún más, como si estuviesen siendo absorbidos por ellas.

A pesar de todo, la abuela María continuaba preparando la cena para toda la familia como antaño, aunque el cansancio en su rostro era más que evidente. No pude evitar un gran sentimiento de culpabilidad en mi interior, pues ni había sido consciente ni me había preocupado por su deterioro. Aquella noche no salí. La pasé sentada entre el abuelo y la abuela en el mismo sillón en el que saltaba cuando era niña, mientras veíamos uno de aquellos casposos programas de televisión típicos de las noches de fin de año. Me hice a mí misma la promesa de que volvería a acompañarles, al menos, una vez a la semana, como hacían mis padres. Incluso estos, ahora que me paraba a contemplarles, se veían más ancianos y cansados, desgastados por el trabajo y la vida. ¿Cómo había sido tan egoísta? Aquella noche comprendí que llevaba años pensando únicamente en mí. Y las lágrimas se me escaparon sin poder evitarlo, aunque logré camuflarlas en un último intento para mantener a salvo la poca dignidad que me quedaba.

Jamás pude cumplir aquella tácita promesa que me había hecho a mí misma. Tan solo cuatro días después, la víspera de la noche de Reyes, mi abuela María se marchó hacia el cielo sin ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Pocos meses después la siguió el abuelo. A día de hoy, aún con lágrimas en los ojos, no puedo hacerles mejor homenaje que narrar mis recuerdos, esos que atesoro con tanto cariño. Y que permanecerán conmigo hasta que me reúna con ellos.

FIN

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

María by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

8 comentarios en “Por capítulos: “María (V)”

  1. Hola:

    Este relato me ha traído a la memoria uno de los hechos más dolorosos y vergonzosos de mi vida: ¿por qué seremos tan egoísta y despreocupados a veces? Quizás porque pensamos que a las personas que mas queremos (las que más nos han querido y cuidado) las tendremos siempre…

    Un beso.

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