Entrada especial: Una estrella más brillando en nuestro cielo

Entrada especial: Una estrella más brillando en nuestro cielo

ANTONIO LLAMAS

Ayer recibí una noticia que ha marcado un antes y un después en la vida de este espacio y en la mía propia. Una persona muy querida por mí nos ha dejado para siempre, dejando un hueco vacío en esta pequeña gran familia de la blogosfera que no se volverá a ocupar. Antonio Llamas nos ha dejado, familia.

Aún no sé cómo expresar con palabras los sentimientos que me despertó la noticia. Un mazazo en pleno centro del pecho, un balde de agua fría que me ha sumido en un estado letárgico del que, por más que lo intente, no puedo salir. Tristeza, rabia, dolor, impotencia… Lo cierto es que no me lo esperaba, conocía de sus problemas de salud, pero jamás imaginé que pudiera ocurrir lo que ha ocurrido. Y no hago más que preguntarme, ¿por qué? ¿Por qué siempre se nos van las personas buenas?

Podría decir tantas cosas de Antonio… Una persona extraordinaria, noble, con un gran sentido del humor. Un compañero excelente, motivador, incansable. Un escritor sin comparación, porque los escritos de Antonio han sido y serán siempre excepcionales. Un amigo en la distancia. Un AMIGO.

Pospusimos un encuentro hasta su recuperación y ahora siento que he perdido la oportunidad de conocer a una persona maravillosa, con la que hubiese sido todo un placer compartir momentos que atesorar para el recuerdo. Me quedo con lo compartido durante este tiempo en el que nuestras vidas se cruzaron en este mundo. Y me considero muy afortunada de haber podido hacerlo.

Entre el 20 y el 21 de abril, Antonio nos dejó. Su cumpleaños fue el 19. Supero las lágrimas para poder escribir estas simples frases. Una estrella más en el cielo brilla con fuerza. Con nosotros siempre quedarán sus letras. No dejemos nunca de pasar por su blog para que sus letras sigan vivas entre nosotros para siempre.

Descansa, amigo. Aquí te seguiremos queriendo hasta que nos volvamos a encontrar, donde quiera que sea.

Se te acabaron las fuerzas

para seguir en el juego.

Te ganaron la partida,

mas no morirá tu recuerdo.

Tus letras harán de puente

entre el cielo y el infierno,

y quedarás para siempre

con nosotros, compañero.

No podía dejar de hacerle un pequeño y humilde homenaje a Antonio, aunque nada sería suficiente para todo lo que él merecía.

Este espacio no hará más publicaciones en el día de hoy.

La frase de la semana XVII

La frase de la semana XVII

ESPIDO FREIRE

‘La crítica duele, a nadie le gusta. Pero es brutalmente productiva si la sabemos enfocar de la manera adecuada’.

Espido Freire (1974)

Escritora y columnista española

¡Feliz martes de nuevo! Este mes avanza a la velocidad del rayo (¿o solo me lo parece a mí?) y, sin comerlo ni beberlo, nos encontramos ya en la última frase de la semana del mes de abril. La semana que viene daremos comienzo a un mayo florido y hermoso, como dice el refrán. Porque, desde luego, lo de abril lluvioso se ha cumplido a rajatabla.

Bueno, hoy os traigo esta frase de Espido Freire. A mí, particularmente, me encanta la obra de Espido. Y la frase que os traigo hoy, tiene su miguilla. Creo que a ninguno de nosotros nos gusta recibir críticas. Es un mecanismo completamente natural de defensa. Pero la gran diferencia ocurre cuando, después de ese primer, digamos, shock inicial ante la crítica, las consecuencias pueden ser extraordinarias si razonamos sobre la crítica y la utilizamos para mejorar.

Por otro lado, comparto con vosotros una entrada de nuestro blog amigo Sentimientos Utópicos, titulada “Humanidad”. Una actuación de Acción Poética que creo que no necesita de más palabras:

‘Humanidad, ¿dónde te fuiste?

Reflexionen, amigos. ¡Hasta el martes que viene!

“Gritos de esperanza” – El Poder de las Letras

“Gritos de esperanza” – El Poder de las Letras

GRITOS DE ESPERANZA

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

GRITOS DE ESPERANZA

Llegan gritos de esperanza

a mis oídos cautivos

por el miedo.

Dibujo en mi semblante

una curva extraña,

un gesto ya caído en el olvido,

una sonrisa cargada,

cual revolver desgastado,

de ilusiones vanas.

Quisiera que su carga

disparara

de una vez por todas

en la sien sembrada

de infinitas canas

de mi cabeza,

colofón del alma.

Con el corazón ya cauterizado,

orientado por instinto

en dirección correcta

justo al lugar exacto

donde el olvido habita,

traicionero,

compañero de batallas,

espero con temor

que mi voz se alce también

en gritos de esperanza.

Solo llega a mi mente

sulfurada

el eco vacío y sordo

de una voz que fue callada

en todas las batallas

que la vida

le dio a librar

para robarle el alma.

Apuesto ahora

mi vida y mi destino

a la ruleta rusa de la suerte

y aguardo mientras callo

mi voz, que ya está muda,

esperando ver la bala plateada

que anuncie

al mundo entero

mi suicidio.

Quizá la vida tenga preparada

una salida más digna

a mi suplicio

y cuando apriete el gatillo

ya no salga

nada más que un simple

chasquido en mis oídos.

Ese momento ansiado

hará que exhale

el último suspiro contenido.

La respiración continuará,

pausada,

y comenzaré a escuchar

en mis oídos

mi propia voz

alzando al cielo

mil y un gritos de esperanza.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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106. CALM

Reto literario: “Acogida”

Reto literario: “Acogida”

ACOGIDA

ACOGIDA

Cuando llamaron a Nuria desde el centro de acogida para decirle que ya podía ir a recoger a Maribel, la pequeña que estaría bajo su tutela hasta la mayoría de edad, no tardó ni cinco minutos en llegar. No comprendía cómo aquella preciosa niña no había querido ser adoptada. La encontró dormida sobre la mesa, la despertó con suavidad y la abrazó con el alma. Seguro que desde aquel instante se volvían inseparables.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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Comparto con vosotros mi aportación al Reto cinco líneas del mes de abril, del blog de Adella Brac.

Micro-sábados: “Si el amor llama a tu puerta”

Micro-sábados: “Si el amor llama a tu puerta”

SI EL AMOR LLAMA A TU PUERTA

SI EL AMOR LLAMA A TU PUERTA

Dicen que cuando el amor llama a tu puerta hay que dejarlo pasar. Y lo intento, que conste que lo intento. Yo abriría la puerta sin tan siquiera asomarme a mirar por la mirilla.

Pero colocaron la puerta tan alta y yo soy tan pequeñita, que no encuentro dónde subirme para alcanzar el picaporte. Aquí ando todavía, esperando a que alguien me regale una escalera.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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105. MARQUEZ

Por capítulos: “María (IV)”

Por capítulos: “María (IV)”

MARÍA

María (I)       María (II)       María (III)

MARÍA (IV)

Si había algo que me gustase especialmente cuando estaba con la abuela era acompañarla al mercado. Como no podía ser de otra manera, dentro de su cuadriculada metodología, también había un día señalado para ir al mercado, el viernes. Cada semana, todos los viernes sin excepción, después de su calmado desayuno, tomaba el carrito de la compra y partíamos para el mercado. Parece como si lo estuviera viendo ahora mismo frente a mí. Era un carro que me parecía precioso, con un estampado de cuadros rojos y azules que se parecía mucho a las faldas escocesas que me ponía mi madre cuando tenía que arreglarme.

Esas mañanas en el mercado son otro de mis tesoros más preciados en un rinconcito de mi memoria. Me encantaba el ambiente que allí se respiraba. Solo con entrar me parecía ser absorbida por una esencia mágica, como si fuese un mundo totalmente distinto, una realidad paralela a la que se vivía fuera de aquel recinto. Numerosas voces me llegaban de todos lados, cada uno de los tenderos pregonaba alegre el género que vendía. Y aquello me maravillaba.

La abuela tenía por costumbre visitar siempre los mismos puestos, aquellos en los que los años de experiencia le aportaban el criterio suficiente para saber que su género era de calidad. Llevaba siempre el carro de una mano y con la otra apretaba fuerte contra su pecho el monedero, con la asignación semanal exacta para hacer la compra. Os digo yo que mi abuela hubiese sido una economista excelente. Todos en el mercado la conocían y aquella visita se convertía siempre en un intercambio de saludos con unos y otros. Al final, siempre se paraba a hablar cada dos por tres con algún conocido, de manera que la tarea de hacer la compra nos llevaba buena parte de la mañana.

En cada puesto siempre le regalaban algo. Era cliente de muchos años y eso se notaba. Tampoco faltaban caramelos para mí. A mí me invadía una sensación que no sabía identificar, me sentía muy bien, parecía que el corazón se me fuese a salir del sitio. Ahora, con el paso de los años, recuerdo aquella sensación y sé ponerle un nombre muy preciso. Era orgullo, me sentía muy orgullosa de mi abuela. Y aún lo estoy.

Si me hubiesen preguntado cuál de todos aquellos puestos que visitábamos me gustaba más, habría respondido sin dudarlo ni un segundo. El de las especias era, sin lugar a dudas, mi favorito. Era de los pocos que no visitábamos todas las semanas, así que, en cuanto podía, me escapaba un ratito a dar una vuelta por él. Cuando la abuela no me encontraba a su lado, siempre sabía dónde buscarme, en aquella pequeña tienda ubicada en el último rincón del mercado. Me encantaba aspirar el aroma que desprendían todos aquellos cuencos y la combinación de colores tan variados me hipnotizaba. Si por mí hubiese sido, habría renunciado a todos los caramelos que me hubiesen podido regalar en las demás tiendas por pasar una mañana completa allí.

Pero lo mejor de todo, la parte que con más cariño recuerdo de esas mañanas de viernes, era cuando regresábamos a casa. Algunas veces, cuando el carro no era muy pesado, me dejaba llevarlo un ratito. Eso me hacía sentir mayor. La abuela siempre sabía cómo hacerme sentir bien. Y, cómo no, la rutina se repetía con fidelidad. De camino a casa había un horno de pan artesanal, donde además elaboraban galletas y otros dulces. Todos los viernes entrábamos en el pequeño despacho y la abuela María me compraba una bolsita de galletas rizadas. Antes de salir de la tienda ya me había comido la primera. No he vuelto a comer unas galletas tan ricas como aquellas y tengo impregnado en mis recuerdos olfativos el delicioso aroma que recorría cada centímetro cuadrado de aquel despacho de pan.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Revista Zarabanda – Abril 2018

Revista Zarabanda – Abril 2018

ZARABANDA

¡Hola a todos! ¡Feliz tarde de viernes! A puntito de comenzar las diferentes ferias del libro, es un placer para mí comunicaros que ya está disponible el número de abril de la revista Zarabanda, en la que tengo el gran honor de colaborar. Os animo a echarle un vistazo y, como siempre, os traigo hasta aquí mi colaboración de este mes. Espero que os guste.

TODA UNA VIDA DE ORQUÍDEAS

TODA UNA VIDA DE ORQUÍDEAS

Una orquídea solitaria en el jardín de mi vida. Es el sentimiento más recurrente que ocupa mi escasa capacidad de raciocinio a estas alturas de la batalla. No sé por qué, pero en los últimos tiempos solo puedo pensar en orquídeas. Bellas flores que en aquellos maravillosos tiempos me regalaba de forma constante mi querido Manolo. ¿O era Juan? Cada vez me cuesta más trabajo recordar su nombre. Su rostro, en cambio, lo llevo grabado a fuego en mi subconsciente, como una vulgar litografía que se resiste a desaparecer. Manolo, Juan, a estas alturas, ¿qué más da? Recuerdo su rostro y sus orquídeas.

Toda una vida de orquídeas frescas en el gran jarrón que permanecía inamovible sobre la mesa central del salón. ¿O era en el cuarto de estar? ¿Es posible que adornasen la cocina? En cualquier caso, eran orquídeas, de eso estoy segura. Recuerdo a la perfección su dulce aroma a frescor que inundaba nuestra casa. Siempre, no importaba el día que fuese, era la señal característica de nuestro hogar. Jamás llegué a saber cómo se las ingeniaba Manolo (o Juan) para conseguirlas en cualquier época del año. Llegados a este punto, poco importa ese dato. Solo puedo pensar en orquídeas.

Ni siquiera sé dónde se encontrará ahora mismo Juan (o Manolo). Tengo la vaga sensación de que se alejó de mí hace tiempo. ¿Falleció? Tal vez. Seguro, él jamás se separaría de mí ni faltarían las orquídeas sobre la diminuta mesa camilla de esta habitación que no reconozco. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Ojalá pudiese estar él conmigo en estos momentos. Le extraño tanto, ya nadie me regala orquídeas.

Aunque ya no recuerde su nombre, no me juzguéis, porque hay momentos en los que ni siquiera soy capaz de recordar el mío. Me llamo Mercedes, o quizá Margarita, algo que empieza por «eme», seguro… Mi mente me juega malas pasadas, pero el recuerdo de las orquídeas sigue tan presente en ella que incluso ha llegado hasta causarme un pánico atroz. Una flor tan bella, tan delicada, tan sumamente hermosa, ha llegado a causarme miedo, sí, porque mis recuerdos se difuminan poco a poco, van siendo borrados por una goma invisible que se desliza con suavidad sobre el papel de mi historia, pero las orquídeas siempre continúan presentes.

A veces me siento con las fuerzas suficientes para salir a este bello jardín que veo desde mi ventana y que no reconozco cada día. No hay orquídeas en él. Toda una vida de orquídeas y ahora soy yo la única orquídea que permanece viva en mi maltrecha existencia, la única orquídea que pasea ausente por este bucólico jardín.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

104. AVIONETA

 

El relato del viernes: “La semilla”

El relato del viernes: “La semilla”

LA SEMILLA

LA SEMILLA

Lara y Nico eran dos pequeños mellizos de cinco años, inquietos y curiosos, al igual que el resto de los niños de su edad. Vivían, junto con sus padres, en una gran ciudad repleta de tráfico y ruido. Para bien o para mal, gozaban también de todas las comodidades de la vida en la ciudad, más todas aquellas que sus padres les proveían. Por diversas circunstancias, a sus cinco años aún no conocían el campo. El trabajo de sus padres limitaba el periodo vacacional, que solían aprovechar para disfrutar algunos días en la playa o viajar a conocer alguna ciudad del extranjero.

Su abuelo Felipe vivía solo, desde que enviudó hacía ya muchos más años de los que él quería recordar, en un pequeño pueblo arropado a las faldas de los preciosos Montes de Toledo. Siempre se había trasladado él hasta la ciudad para poder disfrutar de sus hijos y nietos, pero con la edad cada día se encontraba más solo y añoraba un poco de compañía en su quehacer diario. Por eso, aquel año, insistió tanto a su hijo para que le dejase a los pequeños durante las vacaciones de verano, que los padres de las criaturas no tuvieron más remedio que aceptar.

Tanto Lara como Nico estaban encantados con la vida en aquella pequeña casa de pueblo junto al abuelo. Les sorprendía todo y lo expresaban con un gran gesto de alegría y estupefacción en sus caritas. Para ellos aquello era algo insólito, exclamaban sorprendidos sin parar y cada día descubrían algo nuevo. Les parecía increíble poder dormir hasta la hora que quisieran, sin necesidad de ir al colegio incluso en verano. Les asombraba el trinar de los pájaros en la mañana, el frescor de las noches, la casi nula presencia de coches por las calles, los vendedores ambulantes de fruta… Todo era para ellos una novedad. Incluso el río, que transcurría sereno por la parte baja del pueblo, con las riberas repletas de juncos y zarzamoras, les parecía una atracción espectacular. Era un pequeño riachuelo de apenas veinte centímetros de profundidad en aquella época del año, pero para ellos suponía un goce enorme poder sumergir los pies en el agua fresca e incluso coger algún cangrejo o una rana despistada.

Un día, mientras el abuelo echaba su siesta diaria, ellos estaban jugando en la calle frente a su casa. Allí no había ningún peligro que les impidiera salir, así que aprovechaban todo el tiempo que podían para estar en la calle. Mientras jugaban, encontraron un extraño objeto sobre el pavimento caliente. Lo tomaron entre sus manitas, pasándoselo de uno al otro con curiosidad y, como no sabían identificar lo que era, entraron corriendo en la casa y fueron de inmediato a despertar al abuelo. Cuando este vio lo que sus nietos le mostraban con tanta extrañeza, no pudo evitar estallar a reír a carcajadas.

—¿De verdad me estáis diciendo que no sabéis lo que es? —les preguntó, aún asfixiado por la risa, que le seguía invadiendo.

Los dos pequeños se miraron con cara de extrañeza. No alcanzaban a comprender por qué el abuelo se reía tanto. Se había puesto colorado a causa del ataque de risa, mientras sostenía sobre la palma de su enorme mano aquella pequeña cosa que habían encontrado. Los dos negaron con un movimiento sincronizado de sus pequeñas cabezas, sin emitir ninguna palabra.

—No os preocupéis, mañana sabréis lo que es. Yo mismo os lo mostraré. Ahora vamos a merendar —respondió el abuelo, al tiempo que guardaba aquello en el bolsillo de su camisa.

A la mañana siguiente, los niños se sorprendieron de que el abuelo los despertase cuando apenas había amanecido. Comenzaron a quejarse, pero enseguida se levantaron emocionados cuando les dijo que les iba a enseñar para qué servía lo que habían encontrado el día anterior. Tomaron un buen desayuno y, provistos de gorras y con la cantimplora de agua dentro de sus mochilas, comenzaron una especie de excursión fuera del pueblo por un camino que ellos desconocían. Llevarían una media hora de camino, aunque ninguno de los dos se había quejado debido a la curiosidad que sentían, cuando Felipe les avisó de que habían llegado.

Adentrándose un poco por el campo, localizaron un recinto vallado con árboles en su interior. El abuelo abrió con llave una pequeña portezuela metálica y les invitó a pasar con un gesto. Estaban impresionados, jamás habían visto algo como aquello. La tierra estaba cuidadosamente distribuida en lomos de tierra, que más tarde el abuelo les explicaría que se llamaban caballones, sobre los que crecían frondosas verduras.

—¿Qué es esto, abuelo? —preguntaron los dos a la vez, como venía siendo costumbre entre ellos.

El abuelo volvió a reír estrepitosamente. Aquellos dos, sin duda, necesitaban pasar una buena temporada rodeados de campo para aprender muchas cosas que se estaban perdiendo en la ciudad.

—¡Esto es un huerto! —gritó riendo el abuelo—. ¿De dónde pensabais que salían las lechugas que os coméis? Veréis —les dijo, mientras sacaba del bolsillo de su camisa aquella pequeña cosa que habían encontrado el día anterior—. Esta cosa tan pequeñita es una semilla. Vosotros me vais a ayudar a sembrarla.

Los dos pequeños mostraron su ilusión al instante. El abuelo se adentró en una pequeña caseta que había en un extremo del huerto y salió cargado con varias herramientas metidas en un pequeño cubo metálico. Los niños saltaron entusiasmados cuando les dejó utilizarlas. Con una de ellas hicieron entre los dos un agujero en la tierra, en uno de los extremos del caballón más cercano a la caseta. Depositaron en su interior la semilla y después comenzaron a enterrarla con sus propias manos. Estaban encantados ensuciándose de tierra y barro sin que nadie les regañase. Terminaron regando la tierra con una bonita regadera de color rojo que tenía el abuelo en la caseta, cogiendo el agua de un pequeño arroyo que corría alegre cerca de allí.

A los pocos días, el abuelo les avisó de que al día siguiente volverían a ir al huerto. Él iba a diario, pero los pequeños ni siquiera se enteraban porque para cuando querían despertar ya había regresado. Se volvieron locos de contentos. Les había gustado mucho aquella mañana en el huerto, antes de que apretase el calor. Lo que no sabían era la sorpresa que encontrarían al día siguiente.

En el lugar donde ellos habían puesto la semilla, un par de pequeñas y delicadas hojas verdes brotaban de la tierra. El abuelo les contó que la luz del sol, junto con el agua, había hecho que de la semilla que ellos habían sembrado naciese aquella plantita. Ahora continuaría creciendo con fuerza si le daban los cuidados necesarios.

Aquella noche, cuando hablaron con sus padres por teléfono, los dos pequeños se peleaban por contarles aquel milagro que habían contemplado. Sin duda, aquellos días en el pueblo estaban siendo los mejores e instructivos de su corta vida.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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La semilla by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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