Hoy os presento este blog… XXI

Hoy os presento este blog… XXI

HOY OS PRESENTO ESTE BLOG

Retomando las buenas costumbres de los domingos, hoy os acerco hasta aquí un blog que conocí hace unos días y que me encantó.

Nos lo trae Paula, y el blog se denomina La voz a ti cedida. Su última entrada fue en agosto de 2016 y me parece que sería extraordinario dar un pequeño empujoncito a Paula para que continúe compartiendo con nosotros entradas como esta, titulada “La guerra no tiene rostro de mujer”:

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER

Cuando nos hablan de la guerra, inevitablemente pensamos en hombres, en un gran ejército de hombres altos, bajos, con un cigarrillo en la mano o a punto de morir. Un gran error. También había mujeres, incluso algunos escuadrones estaban desprovistos de jóvenes y los cargos más a altos pertenecían a chicas de veinte años. Para descubrir esta parte de la historia desconocida, Svetlana Alexiévich escribió La guerra no tiene rostro de mujer.

Sinopsis

Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra.

¿Qué les ocurrió? ¿Cómo les transformó? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? Estas mujeres, la mayoría por primera vez en sus vidas, cuentan la parte no heroica de la guerra, a menudo ausente de los relatos de los veteranos. Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte. Alexiévich deja que sus voces resuenen en este libro estremecedor, que pudo reescribir en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión.

Opinión

Casi un millón de mujeres en la Segunda Guerra Mundial dejaron sus vestidos, su maquillaje, sus zapatos y sus rulos en casa para acudir al ejército. Ellas mismas lo cuentan así. Algunas se fueron a regañadientes y otras les faltó tiempo, escucharon la noticia en la radio de la guerra y con rapidez mandaron su solicitud. Todas ellas compartían un objetivo: salvar la Patria de Hitler. Resultaba impensable que una mujer en aquellos años dejase sus trenzas a un lado para ser francotiradora, y sin embargo miles de ellas subieron en el escalafón militar hasta tener cargos de renombre, fueron enfermeras que arrastraban varios heridos a la vez durante horas y participaban en organizaciones clandestinas que acabarían en cárceles nazis de tortura. Una historia olvidada por la mayoría,  escondida por sus protagonistas y tapada por la sociedad soviética.

Armada con una grabadora, una libreta, un bolígrafo y una enorme curiosidad, Svetlana entrevista a unas 500 mujeres que fueron al frente para desempeñar todas las profesiones posibles. Es un libro de testimonios, pero están ordenados de manera que los relatos coinciden con el paso del tiempo, con la entrada en el ejército y el porqué de tal decisión, cómo viven los primeros días y cómo termina la guerra así como su regreso y adaptación a la vida normal de un ciudadano, con muchos temas desperdigados en capítulos. Asimismo, cada epígrafe contiene unas palabras o varias páginas de la autora explicando si vamos a encontrar pequeñas dosis o una entrevista completa, además de avanzar en su investigación. Es como un pequeño diario suyo sobre cómo le afecta lo que escucha, lo que lee y lo que piensa después de salir de una casa.

Si alguien cree que se puede leer de un tirón fallará estrepitosamente o acabará por los suelos. Es la obra más dura de Alexiévich y cumple su objetivo con creces: la autora quería escribir un libro que provocase náuseas, que diese asco a los lectores cuando leyesen los testimonios sobre la guerra. Quería presentar las verdades del conflicto tal y como se vivieron, con la crudeza que solo encontramos allí, y lo consigue. Se necesita despejar la cabeza y tomar el aire tras algunos párrafos, abrirán los ojos pensando en el horror que vivían los soldados (mujeres y hombres) y volverán con fuerza a las hojas con la esperanza de no encontrar más pasajes de la envergadura anterior.

Por supuesto, siempre encontramos un ápice de luz en la oscuridad. Un capítulo está dedicado al amor, porque también existía este sentimiento entre tanta muerte, las mujeres cuentan con una sonrisa en la cara los problemas que tenían al aprenderse los títulos y preferían acordarse de colores y peinados y también escondían un par de zapatos de tacón y sombreros para vestirlos por la noche todas juntas. Como dice la propia autora en el libro, las chicas ponían la nota de color a sus relatos y explicaban con más vivacidad que los hombres (esto se puede ver en los testimonios de ellos sobre Afganistán en Los muchachos de zinc), aunque el tema en cuestión fuese la guerra.

La guerra no tiene rostro de mujer es un libro que rebosa de la crueldad humana y da voz a las mujeres para contar su paso por la guerra, quienes ni ellas mismas se veían en el campo de batalla.

La disciplina, los reglamentos, las insignias: toda esa ciencia militar se nos hacía muy cuesta arriba. Una vez estábamos de guardia vigilando los aviones. Según el reglamento, si alguien se acerca, hay que pararle al grito de: “¡Alto! ¿Quién va?”. Pues se acerca el comandante y mi amiga va y le lanza: “¡Alto! ¿Quién va? ¡Con su permiso, voy a disparar!”. ¿Se lo imagina? Gritó: “¡Con su permiso, voy a disparar!”. Con su permiso… ¡Qué risa!

¡Mucho ánimo, Paula! ¡Nos gustaría que siguieras compartiendo contenido con nosotros!

¡Hasta el próximo domingo! ¡Besos! ¡Se os quiere!

135. AMAR

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El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XXI – Pippo Bunorrotri”

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XXI – Pippo Bunorrotri”

BUSCO LA INFANCIA

¡Buenos domingos! Después de un par de fin de semanas sabáticos (nunca mejor dicho), retomamos la actividad con fuerza y energía, que no se diga.

Para esta sección de El vídeo del domingo, he escogido un poema de nuestro querido compañero Pippo Bunorrotri, titulado “Busco la infancia”. Espero, de corazón, que os guste, sobre todo a ti, amigo.

 

*Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Micro-sábados: “Un puente para ti”

Micro-sábados: “Un puente para ti”

UN PUENTE PARA TI

UN PUENTE PARA TI

Mientras estés a mi lado, seré de tu cuerpo un puente que te aleje del peligro y te evite el tener que recorrer los terrenos pantanosos que amenazan con atraparte como arenas movedizas.

Solo te pido una cosa. Ánclate con fuerza a mi puente y conviértete en cascada que se vierta sobre mí manteniendo la humedad. Hagamos juntos que las aguas pasen sobre el puente en lugar de por debajo.

Salgamos juntos del camino marcado.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Un puente para ti by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: tomada de la red (editada)

134. RELÁJATE

Por capítulos: “La firma (I)”

Por capítulos: “La firma (I)”

LA FIRMA

LA FIRMA (I)

Mi trabajo como director general en una gran multinacional siempre me ha brindado la oportunidad de conocer a muchas personas. Siempre he sido una persona muy observadora y con una gran capacidad analítica, lo que me ha reportado grandes beneficios, tanto en el terreno laboral como en el personal. Era, y continúo siendo, capaz de analizar a las personas en tan solo unos minutos de trato con ellas, de manera que el modo en que apretaban mi mano, la más sutil variación en el timbre de voz o los gestos más imperceptibles ya me llevaban a formarme una opinión de la persona en cuestión bastante cercana a la realidad.

En el trabajo, mis subalternos siempre han sentido un gran respeto hacia mí, porque ya era de todos bien sabido que, desde el momento en que entraran por la puerta de mi despacho, yo sabría, sin lugar a ninguna duda, si aquello que me estaban contando era cierto o si, por el contrario, estaban mintiendo como bellacos. Con esto no quiero decir que fuese un jefe duro, más bien todo lo contrario, siempre me he considerado una persona afable y comprensiva que, por mi capacidad de reconocer a los demás, gozaba también de una gran empatía.

Llevaba bastante tiempo observando comportamientos extraños de parte de la directora financiera, pero los fui pasando por alto, por un lado, debido a la amistad que nos unía desde hacía varios años y, por otro, porque tenía que reconocer que su trabajo era excepcionalmente bueno. Por ello, cuando descubrí que estaba realizando maniobras encubiertas para evadir capital de la empresa, decidí darle una oportunidad. Le fui dando pequeños toques de atención, dejando entrever al mismo tiempo que estaba al tanto de todo, pero ella, dedicada como estaba a enmascarar a toda costa sus acciones fraudulentas, ni siquiera se percató de ello.

Jamás olvidaré su cara en el momento en que le comuniqué su despido con carácter procedente, de auténtica sorpresa y estupor. En un principio se indignó muchísimo, molesta por haber sido acusada de algo que no había cometido, pero según pasaban los minutos sus excusas se fueron volviendo cada vez más inconexas, como si estuviera intentado ocultar con solo dos manos los múltiples agujeros por los que se colaba el sol, hasta al final llegar a confesar su delito.

He de reconocer que el despido de mi compañera me causó un regusto amargo, a pesar de haber actuado en todo momento de la manera correcta e incluso haber levantado la mano cuando no debería ni siquiera haberlo hecho. La cuestión es que aquello hizo que bajase la guardia durante todo el proceso de selección de un nuevo candidato para su puesto. Dejé por aquella época de analizar a las personas que tenía ante mí, para enfocarme en valorar sus aptitudes curriculares, que jamás llegaban a estar a la altura de las de mi amiga.

No recuerdo cuántas personas llegaron a pasar por la sala de juntas, cuántos apretones de manos di ni cuántos «ya te llamaremos» salieron de mis labios con la consciencia de que jamás lo haría. Pero el hecho de tener que encargarme de realizar las funciones de dirección financiera, además de las propias de mi cargo, hicieron que, llegado el momento, me viese obligado a aligerar el proceso. De manera que, de entre de todos los currículos que no habían sido descartados de manera directa por mí, seleccioné los tres que mostraban las mejores aptitudes y competencias para el desarrollo del puesto.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

La firma by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen tomada de la red (editada)

Grito de Mujer 2018

Grito de Mujer 2018

GRITO DE MUJER MÉRIDA 2018

Es todo un gusto para mí poder anunciar que ya está disponible para su libre consulta el libro de Grito de Mujer – Mérida – 2018, publicado por la Biblioteca de las Grandes Naciones, en el que he tenido el enorme placer y honor de colaborar.

Desde aquí envío mi más sincero agradecimiento a Rosario Salazar y a Xabier Susperregi por hacerlo posible.

En este enlace podéis acceder a la antología completa.

Os adelanto por aquí una de mis contribuciones, que espero y deseo que os guste:

 

HUÉRFANA

 

HUÉRFANA

Mi niña, valiente y hermosa,

se te fue la vida en ello.

Daría sin pensar mi alma

por tenerte aquí conmigo

para decirte al oído

que la vida no es tan mala,

que aquello que tú sufriste

fue el mal de los ojos tristes

al elegir compañero.

 

Nadie sabe lo que guardo,

es más que un triste recuerdo,

es el dolor día a día

cuando veo por la calle

a aquel que te sesgó la vida,

que te arrancó de mis brazos,

que te mató estando viva,

que te acobardó en silencio

sin ningún remordimiento.

 

Madre huérfana he quedado

con tanto dolor en el pecho.

Ser mujer fue tu delito,

culpable te declararon,

sin saber ver tu valía,

sin tratarte con respeto,

matándote cada día,

poco a poco

y beso a beso.

 

Somos mujeres valientes,

hermanas y luchadoras.

Armadas hasta los dientes

saldremos a defender la vida,

a que se nos reconozca,

a saber vivir sin miedo.

Porque somos las mujeres

las que creamos el mundo,

somos magia en cada pueblo.

 

Ana Centellas. Febrero 2018. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Hasta aquí os iré trayendo el resto de aportaciones, pero os recomiendo que leáis la publicación completa, que es una auténtica preciosidad.

133. CALM

 

El relato del viernes: “Mi hija y el mar”

El relato del viernes: “Mi hija y el mar”

MI HIJA Y EL MAR

MI HIJA Y EL MAR

Solía salir a navegar con mi pequeña barca de remos por el mar que una vez fue mi vida y al que solo tenía la oportunidad de regresar cada verano, aparte de algún que otro fin de semana ocasional. Lo amaba con todas mis fuerzas, era como el oxígeno que llena tus pulmones y te permite respirar cada segundo de tus días. Toda mi infancia transcurrió en este pequeño pueblo de la costa, acostumbrado a observar el fuerte oleaje a través de la ventana de mi habitación cuando llegaba del colegio, al despertar, antes de irme a dormir… Desde mi ventana, aquel mar, el mío, siempre tenía la rabia propia de las aguas encabritadas que luchan contra las rocas que se interponen a su paso. Desde la ventana de mi amigo Juan, desde la que se divisaba la playa, el mismo mar mostraba la calma mansa de un compañero de viaje que llega derrotado a destino.

Diez años, ese fue el tiempo que mis padres me permitieron gozar de mi mar. Tras su divorcio, los dos abandonaron el pueblo, en busca de mejores porvenires en lugares sin sabor, desconocedores de que la auténtica magia de la vida radicaba allí. Me quedé con mi madre porque así lo decidió un Juez, y ella tuvo la osadía de poner tanta tierra de por medio como le permitiese su ajustado bolsillo para alejarse de mi padre lo máximo posible. Desde entonces, mi vida ha transcurrido en una ciudad de la meseta castellano-leonesa, donde la mayor concentración de agua se encuentra a kilómetros de altitud, en forma de pequeña laguna de aguas heladas. Y, por supuesto, no saladas.

Tuve la certeza de que ya no regresaría nunca al mar que me vio nacer cuando contraje matrimonio con una mujer castellana a la que no le gustaba ni tan siquiera el agua de la lluvia, aunque se bebiese hasta la de los floreros. Y, aunque yo mostrase lo contrario, una entereza sin igual y la más bella de las felicidades, la verdad es que estaba destrozado en mis adentros. Tanto fue así que, cuando nació mi hija mayor, me empeciné en que debía llamarse Mar. Fue para mí como un eterno recuerdo viviente de lo que más quería en la vida, una extraña mezcla de mis dos grandes amores, mi hija y el mar. Cada vez que pronunciaba su nombre, suaves aromas a agua salada llegaban hasta mí, en un claro recuerdo de los que yo consideraba los días más felices de mi vida. Por si no fuera poco, quiso el destino dotarla de una larga y sedosa cabellera rubia, como si fuese sirena, y de los ojos color aguamarina más bonitos jamás contemplados.

Ahora que regreso solo en vacaciones a mi pueblo natal, a la vieja casona que me vio nacer al borde de un acantilado, solo mi hija Mar quiere acompañarme. Sé que ella es marinera, como yo, y que, de alguna manera, había influido algo en su destino con la elección del nombre. Sea como fuere, lo cierto es que mi hija era la única que compartía conmigo aquella pasión desmesurada por el mar, aun sin haberlo visto jamás ni saber nadar, porque su madre no la dejaba. A sabiendas de que mi amor hacia el mar sería siempre más grande que mi amor hacia ella, se negó siempre en rotundo a realizar ningún viaje conmigo a mi tierra natal.

Como ya era evidente, en ningún momento quise renunciar a ninguna de mis pasiones por ella, por lo que nuestro amor, basado en sus irracionales celos hacia mi elemento natural, terminó bastante antes de lo que ambos hubiéramos deseado. Por ello, comencé a regresar a mi tierra en vacaciones, en busca de mis raíces, de mis orígenes, de mi tranquilidad que yacía en aquellas aguas turbulentas y enrabietadas. Y mi hija Mar siempre me acompañaba.

Como os decía, solía salir a navegar con aquella barca de remos que habíamos comprado juntos una tarde de verano, Mar y yo. Era preciosa. Estaba lacada en blanco y la recorrían unas líneas transversales de un color tan rojo como el que desprendía mi pasión hacia el mar. En cuanto tuve dominado el arte de la navegación con remo, Mar quiso acompañarme en todas mis pequeñas travesías. En una de ellas, después de remar con esfuerzo hacia una pequeña cala que se encontraba a unos kilómetros de distancia, localizamos una pequeña gruta horadada en la roca del acantilado. Ninguno de los dos pudo reprimir el deseo de amarrar la barca a un saliente de las rocas y adentrarnos en aquella pequeña caverna.

Su interior nos cautivó por completo. La luz del sol se colaba por la abertura de la misma, proyectando reflejos en todas direcciones en su interior. A nuestros ávidos ojos de exploradores enamorados nos pareció una experiencia mágica, casi mística. Desde aquella mañana de descubrimientos, no faltaba el día en que nos adentrásemos entre sus misteriosas paredes. El suelo siempre estaba recubierto de agua, procedente de las olas caprichosas que el mar enviaba a sus adentros para darnos la bienvenida.

Cierto día, habíamos madrugado más de lo normal para hacer nuestra excursión. Nuestras vacaciones estaban próximas a finalizar y no queríamos regresar al interior sin vivir una experiencia fuera de lo normal, ver el amanecer desde aquella hermosa gruta. Remé sin descanso en la práctica oscuridad total del mar, solo alumbrado por el haz de una pequeña linterna que mi hija sostenía. Cuando llegamos allí, uno de los primeros rayos de sol comenzaba a asomar tímido detrás de las montañas que bordeaban la costa, dotando a la plácida superficie de agua salada de un color enigmático.

Para mi sorpresa, Mar se levantó del lugar donde estábamos apostados y me dio un cariñoso beso en la frente. No pronunció palabra alguna, tan solo me dedicó una tierna sonrisa que jamás antes había reconocido en su rostro. Incapaz de moverme de mi sitio, vi con angustia cómo se lanzaba al mar. Quedé anonadado por el extraño comportamiento de mi hija, aún más si cabe por el hecho de que ella todavía no había conseguido aprender a nadar, a pesar de los grandes esfuerzos que realicé por conseguirlo. Quería saltar al mar a por ella, pero algo me anclaba al lugar donde estaba sentado, impidiéndome cualquier movimiento en su dirección. La ansiedad me colmó hasta niveles alarmantes en aquel amanecer veraniego que pretendía ser una bonita experiencia compartida entre padre e hija.

De pronto, Mar emergió de las profundidades del amoroso elemento con su mismo nombre. Emergió gloriosa, más bella que nunca. Sus ropas habían desaparecido, quedando sus pechos cubiertos por su larga cabellera rubia, que parecía haber crecido en centímetros desde que se lanzó a aquella oscura profundidad. Un destello de luz solar en sus cabellos llamó mi atención y pude divisar en su cara una sonrisa cariñosa y un guiño de ojos. Se sumergió de improvisto, tan rápido como había emergido, dejando al descubierto una preciosa cola de pez que, en reflejos creados por la luz solar, destilaba todas las tonalidades de los más maravillosos colores. Mi hija y el mar se fundieron en uno solo, como era su destino.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

*Imagen: Pixabay.com (editada)