Mi jueves de poesía: “Me derramé”

Mi jueves de poesía: “Me derramé”

ME DERRAMÉ

 

ME DERRAMÉ

Sangraba el cielo aquel día
que supe ver en tus ojos
la urgencia de tu mirada,
que en un sutil pestañeo
hizo que mi cuerpo ardiera
bajo un estado febril.

Quise recorrer sin pausa
las cimas de tus caderas,
los valles que a mí se abrían
y los tallos florecidos
que guardabas con misterio
en las zonas de tu cuerpo
donde no llega la luz.

Vi en tu cuerpo un desafío
para una humilde amazona,

que al cabalgar se hace libre
mientras vuelan sus cabellos, enredados
con la brisa calma y suave
que brota de ti al suspirar.

Me derramé sobre ti
convertida en aguacero
de tormenta de verano
que humedece con su furia
los tranquilos campos,
yermos,
a la caída del sol.

Y exploté como una estrella
recién caída del cielo,

sumergida en cien orgasmos
proclamados en silencio
donde su juntan los ríos
que no llegan hasta el mar.

El amor nos hizo cómplices
del suicidio cometido
entre pieles que resbalan,

mientras mueren en silencio
las múltiples cicatrices
que pasaron por sus días
y que ahora parecen sanar.

Y yo volveré a licuarme
contigo todas las veces
que nos sean necesarias
hasta que ambos comprendamos
que somos inseparables
que estamos compenetrados
incluso cuando, sobre la almohada,
llega al guerrero el descanso
de tu cuerpo con mi espalda.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Me derramé by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Tomada de la red (editada)

139. PERSONAS

Los 52 golpes – Golpe #18 – “La leyenda del joven bufón”

Los 52 golpes – Golpe #18 – “La leyenda del joven bufón”

LA LEYENDA DEL JOVEN BUFÓN

LA LEYENDA DEL JOVEN BUFÓN

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, miles quizás, había un gran reino en el centro de Europa que presumía de tener uno de los reyes más bondadosos, amables y cívicos del mundo. En la Corte todo era alegría, risas y jolgorio. El buen ambiente dominaba todos los rincones y aquel reino, a pesar de su gran magnitud, vivía en paz y armonía.

El rey, conocido por sus súbditos como «el Bondadoso», había centrado todo su cariño en su pequeña hija Leonor, princesa desde su nacimiento y que llevaba impresa la gran fortuna de convertirse en reina algún día. No había dudas sobre la sucesión en el trono y el nacimiento de aquella pequeña llenó de regocijo el corazón de todos los habitantes del reino, aunque este hubiera quedado empañado por la muerte de la reina durante el parto.

La pequeña creció en el palacio como una niña más, iba a la escuela como el resto de niños del reino y su educación estaba basada en la humildad y confraternización con todos los habitantes del reino. Fue un día, a la salida de la escuela, cuando conoció a Baltasar. Era un niño de su misma edad que, no teniendo posibles para ir a la escuela, se dedicaba a realizar espectáculos callejeros para la diversión de los transeúntes que, ocasionalmente, dejaban sobre su sombrero, dispuesto sobre el suelo para ello, algunas monedas con las que hacer frente a la alimentación de cada día.

Leonor quedó maravillada con aquel pequeño que, para ella, realizaba un espectáculo precioso en plena calle. Por su parte, Baltasar, al reconocer a la pequeña princesa a la salida de la escuela, comenzó a representar su función a diario en aquel mismo lugar, justo a la hora que la pequeña regresaba a palacio.

Cierto día, Leonor, curiosa por naturaleza, se acercó hasta Baltasar y comenzó a hablar con él. Aquella historia que le contó aquel niño, que había perdido a sus padres hacía ya cerca de un año y vivía solo en la antigua casa familiar, sin posibilidad de ir a la escuela ni familia que le acogiese, enterneció a la pequeña princesa hasta límites insospechados. Aquel día, en cuanto llegó a palacio, la princesa habló con su padre. Le contó la historia de Baltasar y cómo se sentía de apenada por las condiciones que el destino le había preparado para su corta edad. Le habló también de los espectáculos que realizaba en la calle, que a ella la colmaban de felicidad, y le rogó que buscara la manera de brindarle algún tipo de ayuda.

El rey, ansioso por satisfacer siempre los deseos de aquella pequeña que era la viva imagen de su madre, tuvo la ocurrencia de acoger a Baltasar en palacio. Podría ir a la escuela, como correspondía a su edad, pero a cambio tendría que ofrecer sus servicios como bufón de palacio. Cuando Leonor, al día siguiente, le contó al pequeño el ofrecimiento de su padre, Baltasar comenzó a dar saltos de alegría. Alentado por su gracia natural, convirtió aquella alegría tan plena en un nuevo espectáculo que encandiló a los transeúntes que, tras detenerse a contemplarle, creyendo que era un número más, arrojaban sin contemplaciones las monedas de que disponían sobre su sombrero. Ese mismo día, Baltasar acompañó a Leonor hasta palacio para comenzar su nueva vida. Por fin, parecía que la suerte había empezado a sonreírle.

Los dos pequeños fueron creciendo mientras iban juntos a la escuela, regresaban de ella y pasaban en palacio el máximo tiempo posible juntos. Cuando los dos ya eran unos apuestos jóvenes, aquella amistad que nació de la compasión y el agradecimiento fue dando paso de una manera silenciosa al comienzo de un incipiente amor. En palacio, nadie se había percatado de ello hasta que no hubo marcha atrás.

En cuanto el rey, «el Bondadoso», tuvo conocimiento del amorío que se traía su pequeña, porque para él seguía siendo su pequeña, princesa con aquel simple bufón, montó en cólera. De pronto, todos aquellos valores que siempre le habían caracterizado se desvanecieron por completo en todo aquello que concerniese a su hija. Deseaba para ella lo mejor, o lo que él suponía que era lo mejor, y no iba a permitir que su reinado pasase a las manos de aquel pequeño delincuente que una vez hubo acogido en su casa como si de un hijo más se tratara.

Leonor fue encerrada de inmediato en sus aposentos, de los que no le era permitido salir ni siquiera para compartir comida con su padre. La muchacha enfermó de soledad, desasosiego y mal de amor. Necesitaba a Baltasar a su lado y, por mucho que intentaba ponerse en el lugar de su padre, no comprendía por qué este no aceptaba el amor tan puro que había entre ellos dos.

Baltasar fue expulsado del palacio de inmediato. No contento con ello, el rey solicitó los servicios de un brujo muy reconocido en la comarca. Su misión era sencilla, localizar a aquel truhán y convertirlo en piedra hasta que su hija recuperase la cordura y asentase la cabeza y el corazón junto a un hombre digno de su condición. Aquel viejo brujo no tardó en encontrar a Baltasar que, sentado sobre una barandilla a la orilla del Danubio, volvía a ofrecer sus cómicos espectáculos a los transeúntes, como hiciera antaño. En cuanto le vio, Baltasar sintió una intensa quemazón dentro de sí, y de esta manera quedó convertido en piedra, su rostro mostrando una intensa cara de asombro.

Una vez solucionado el problema de Baltasar, Leonor tuvo el privilegio de la libertad. Salió de sus aposentos aquella misma noche, preguntando sin parar dónde se encontraba su amor, qué habían hecho con él. La respuesta del rey fue tajante. En dos semanas contraería matrimonio con uno de los jóvenes más apuestos del reino, alguien que tenía una posición social acorde a su estatus. Dicho y hecho, dos semanas más tardes era la esposa de Pelayo, un joven encantador que, por muchos esfuerzos que hiciera, no consiguió ganarse el corazón de la joven.

Cuando Leonor tuvo conocimiento del embrujo al que había sido sometido Baltasar, fue hasta el lugar donde se encontraba la asombrosa estatua. La abrazó y lloró durante horas a su lado, mientras le contaba lo desgraciada que era su vida desde que él no estaba a su lado. Aquel día se hizo el firme propósito de enamorarse de Pelayo y olvidar a Baltasar, solo para que este pudiera recuperar su vida como humano. Pero su amor hacia el joven bufón era tan intenso que Leonor murió amando con desaforada pasión a aquel muchacho que permanecía a la vera del río con una eterna expresión de juventud en su cara.

Desde entonces, Baltasar continúa allí, sentado sobre la barandilla, con el ancho río a sus espaldas, mientras que cientos de turistas le toman fotografías cada día. Bajo el sol y bajo la nieve, el joven continúa en la misma posición estática. Y es que hay ocasiones en las que el amor es más fuerte de lo que nosotros mismos podemos llegar a imaginar.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Fotografía: Little Princess Statue. Budapest.

Aquí tenéis mi participación número 18 en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 19, 20 y 21. ¡Todo a punto para el 22!

“Manteniéndome a flote” – You Are Writer

“Manteniéndome a flote” – You Are Writer

MANTENIÉNDOME A FLOTE

MANTENIÉNDOME A FLOTE

Floto. Siento mi cuerpo flotar, liviano, sin equipajes, sin cargas. No tengo palabras para describir esta sensación; sé que parece imposible, pero no es ni siquiera comparable con la experiencia de volar en avión, es algo mucho más intenso. Podría equipararla a lo que debe sentir una medusa bajo las aguas del océano. Siento las pulsaciones del movimiento, como si mi cuerpo se expandiese y contrajese para poder avanzar.

El silencio que me rodea es absoluto, no puedo escuchar ni el más mínimo ruido. Parece que me hubiera quedado sorda de repente. Tampoco soy capaz de articular palabra, sorda y muda en un océano inmenso donde floto dentro de las aguas.

La sensación es maravillosa, no podría describirla de otra manera. Es como si, de un momento a otro, hubiera conseguido alcanzar la calma que tanto he ansiado durante toda mi vida. La paz que puedo percibir es intensa, muy intensa, extraordinaria. Me siento bien, mejor de lo que nunca antes me había sentido.

Debo de estar inmersa en un plácido sueño, mientras floto, floto, floto… No quiero despertar, no quiero abandonar este sosiego que alcanza todos los rincones de mi alma y de mi maltrecho corazón. Solo quiero seguir flotando y dejarme llevar, a la deriva, ser arrastrada por las corrientes submarinas con mis compañeras las medusas. En estos momentos, en los que llego a alcanzar lo que deben sentir, he de reconocer que siento envidia hacia ellas. Las tengo envidia por poder disfrutar de esta maravillosa sensación a diario, durante cada segundo de su vida. Me gustaría tanto poder seguir flotando de esta manera para siempre…

Durante un instante algo perturba mi calma. Debe de ser la alarma del despertador, que anuncia implacable la llegada de un tedioso lunes más. Intento hacerle caso omiso, pero el sonido me resulta tan estridente que me siento incapaz de seguir ignorándolo. Intento abrir los ojos, pero el esfuerzo que necesito realizar para ello es demasiado grande. A duras penas, lo consigo.

La alarma sigue sonando, pero no hay nadie que la apague. Ya no me molesta, pues sigo flotando igual que lo hacía en mi sueño. El único matiz es que no es un sueño, es real. Floto y floto, mientras mi cuerpo inerte yace inmóvil en mi cama revuelta. Sonrío para mis adentros, la alarma se difumina cada vez más y yo solo me dejo llevar, cada vez más lejos, cada vez más alto, flotando en la más absoluta de las calmas.

No es un sueño, es la calma la que maneja mi existencia desierta. Ahora seguiré flotando durante toda la eternidad.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Manteniéndome a flote by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Esta ha sido mi colaboración mensual con la fantástica página de escritores YouAreWriter. Espero que os haya gustado y que no dejéis de visitar la página.

138. BENEDETTI

 

Tinta Fresca: Cuando enarboles orgasmos y recién nacidos.

Tinta Fresca: Cuando enarboles orgasmos y recién nacidos.

Magistral Gocho, como siempre.

Gocho Versolari, Obra Poética

Cuando enarboles orgasmos y recién nacidos.

Gocho Versolari, Poeta

Levanta la cortina
unos centímetros apenas.
Deja que vea el escorzo de tu seno,
la sombra sutil de tu pezón
proyectada a los cielos,
a los amanaceres, a los ciclones
a las águilas y los fantasmas de los árboles
que alguna vez desenterraran los tornados.
Esperaré en las noches del invierno,
la síncopa aterida de tu desnudez,
el calor de tus pies
transitando mi espalda,
mis riñones,
los pájaros del sexo,
los arreboles de las piel.
Caerá la tarde de los años
y nuestras pieles
volverán a rezumar rocío,
cantos;
mañanas;
recogerán las frutas de los días
y volaremos
en este crepúsculo perpetuo
que ahora duele en los ojos,
que exprime los sueños y las risas,
que se hunde
en los meandros serenos de la noche,
en el enorme buitre de la luna
dispuesto a devorar miedos, gritos,
alacranes y pasos,

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Reseña: “Quería los pantalones”

Reseña: “Quería los pantalones”

RESEÑAS LITERARIAS

Para esta semana os traigo una lectura antigua, que tiene un valor sentimental muy importante para mí. Se trata de un regalo de la biblioteca personal de una persona que ha jugado y sigue jugando un papel muy importante en mi vida. Tenía muchas ganas de comenzar esta lectura, que lleva aparcada demasiado tiempo. Ya ha llegado la hora. Se trata de “Quería los pantalones”, de Lara Cardella. Comenzamos, como siempre, con una pequeña ficha técnica:

FICHA TÉCNICA

Título: Quería los pantalones

Autora: Lara Cardella

Editorial: Círculo de Lectores, S.A. por cortesía de Ediciones Grijalbo, S.A.

Año de publicación: 1991

Presentación: Tapa dura

Número de páginas: 124

ISBN: 84-226-3630-1

SINOPSIS

Los sueños de una muchacha adolescente pueden ser infinitos siempre y cuando no choquen con la férrea rigidez de una sociedad como la siciliana. Esta novela es precisamente el relato de uno de estos sueños imposibles. La protagonista, a diferencia de la mayoría de jóvenes de su tierra, no sueña con un idealizado príncipe azul sino con una posibilidad mucho más asequible: quiere llevar pantalones. Pero resulta que, en Sicilia, los pantalones son prenda exclusiva de los hombres y las prostitutas… Anita lucha contra viento y marea para hacer realidad su sueño pero, en su esfuerzo, va descubriendo los rígidos códigos sociales que anulan por completo a la mujer siciliana aun en nuestros días. La novela desarrolla, con escritura muy natural y espontánea, ese enfrentamiento de la muchacha con la sociedad que la rodea hasta llegar a un desenlace que no es precisamente de color rosa.

Quería los pantalones ha obtenido un éxito inmediato de público y de crítica en Italia y ha sido traducida a las principales lenguas europeas. Su visión de unas tierras y unas gentes ancladas en un pasado sórdido y asfixiante golpea la conciencia de los lectores.

SOBRE LA AUTORA

Lara Cardella es una siciliana de 22 años que nació en Licata el 13 de noviembre de 1969 y que en la actualidad está estudiando letras clásicas en la Universidad de Palermo. La publicación de Quería los pantalones la catapultó al éxito cuando apenas contaba 20 años. A los habitantes de Licata, la obra de Lara Cardella no les ha caído nada bien. Pero ella ya no vive en su pueblo natal. Hace unos meses contrajo matrimonio y, en la actualidad, reside con su esposo en la localidad de Gela, también en Sicilia. Cosas del destino y del oficio: su obra ha levantado las iras de los sectores más tradicionales de la sociedad y Lara Cardella, como autora maldita en su propia tierra, no ha tenido más remedio que protegerse, con su aislamiento, de unas reacciones imprevisibles.

* Datos tomados de la novela.

44. RESEÑA QUERÍA LOS PANTALONES

“Quería los pantalones” es una reclamación feminista en toda regla. Una novela que hace la friolera de casi treinta años reivindicaba el papel de la mujer en una sociedad que la invisibilizaba por completo, relegándola al papel de esposa y ama de casa. Quizá el panorama en la actualidad no sea tan desalentador como en la sociedad siciliana de principios de los años ochenta, pero esta novela se puede considerar una verdadera metáfora de las reivindicaciones que vivimos en la actualidad.

Con una narrativa amena y casi en tono de humor, Lara nos narra la historia de Anita, una joven cuyo único deseo no iba más allá de querer llevar pantalones. En su afán por conseguirlo, nos va narrando las peripecias por las que tiene que pasar para ello. En un principio, Anita piensa que las monjas llevan pantalones debajo del hábito y, por ello, quiere hacerse monja. Escapa de su casa y acude a un convento, en el que se lleva su primera decepción: para llevar pantalones hay que ser hombre. Desde ese instante, Anita toma la firme decisión de convertirse en un hombre, tomando como modelo a uno de sus primos. Hasta que se da cuenta de que nunca lograría superar aquella pequeña diferencia física que diferencia a los hombres de las mujeres. Solo le queda una opción posible: hacerse puta.

Lara nos va narrando la rigidez de la sociedad italiana, en la que los malos tratos y los abusos sexuales están a la orden del día, incluso en el seno de la propia familia.

Una lectura sencilla y amena que debió dar mucho para pensar en su época y que, a día de hoy, también lo seguiría haciendo.

Recomendado: 100%