El relato del viernes: «Margarita»

MARGARITA

MARGARITA

La encontré una mañana temprano, a pocos minutos de que el sol hubiera hecho su aparición tras los grises bloques de cemento del barrio. Estaba sola, en el parque, encogida sobre sí misma como si se estuviera protegiendo de algo, o de alguien. Sentada sobre la hierba, que a esas horas de la mañana debía de estar húmeda por el rocío, parecía no importarle nada. Calculé su edad desde la distancia, no debía de tener más de ocho o nueve años.

Continué con mi paseo matinal como si nada, acercándome con cuidado hasta el lugar donde estaba. Me detuve frente a ella y la contemplé durante unos instantes. Su fino pelo rubio estaba por completo alborotado y se le pegaba a la cara, con toda probabilidad fruto de la humedad del ambiente, o de las lágrimas derramadas. Su vestido veraniego, de pequeños cuadros de color, parecía restar un poco de tragedia al aspecto que ofrecía la pequeña, aunque algunos desgarrones evidenciaban aquello en lo que no quería ni pensar. Sus pies descalzos, cubiertos solo por unos finos calcetines de hilo, consiguieron que me hiciese a la idea de lo que había podido ocurrir. Varios moretones en la pierna derecha confirmaron mis peores sospechas.

Una exclamación ahogada se escapó de mi boca, que cubrí con mis manos. Ella, al escucharme, levantó con levedad la cabeza, mostrándome con ese acto una imagen de absoluto terror. Era miedo, un miedo inmenso, lo que me mostraba aquella mirada cristalina e inocente. Cuando hice un amago de acercarme a ella, retrocedió por instinto. Varios morados más quedaron al descubierto en su nívea piel.

—Tranquila, pequeña. No voy a hacerte daño. Estoy aquí para ayudarte —le dije, con el tono de voz más suave que fui capaz de emitir, casi un susurro.

Volvió a su posición original, agazapada sobre sí misma, con la cabeza escondida entre los brazos. Temblaba. El cálido sol matinal del mes de julio ya caldeaba el ambiente y, sin embargo, aquella pequeña temblaba. Aproveché su mutismo y aislamiento para sentarme a su lado. Permanecimos así durante muchos minutos, media hora quizás, hasta que la pequeña comprendió que no iba a dañarla. Levantó su carita llorosa unos milímetros y me miró de reojo.

Yo esbocé una tímida sonrisa, no quería que se asustase. De pronto, como si de un momento para otro se hubiesen destruido todas las barreras entre nosotras, rompió a llorar mientras se acurrucaba contra mi pecho. La abracé de una manera instintiva, como si fuera mi propia hija, y comencé a acariciarle la cabeza con la mayor suavidad posible.

—Shhhh, no llores más, pequeña. Todo ha terminado. Estás a salvo —le repetía, como una letanía—. Estás a salvo, estás a salvo, estás a salvo…

Cuando recuperó un poco la compostura me dijo su nombre, Margarita. Bonito nombre para aquella pequeña flor que permanecía allí sola entre la hierba verde. Unos minutos más tarde se sinceró conmigo. El sol ya despedía sus más calurosos rayos del mediodía. Aquella pequeña había huido de su casa, en medio de la desesperación. Desde que su madre falleciera meses atrás, su padre descargaba contra ella toda la ira que en su día había descargado contra su progenitora. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por retener mi propia ira hacia un sujeto como aquel, por mantener la calma que la pequeña Margarita necesitaba en aquellos momentos.

—Vamos, Margarita. Vamos a desayunar, que seguro que estás muerta de hambre. Compraremos unas zapatillas para que no andes descalza. Y después, solucionaremos esto. Confía en mí —las palabras surgían de mis adentros sin tener ni la más remota idea de cómo iba a proteger a aquella pequeña. Tendría que llevarla a comisaría, interponer una denuncia, ¿y después? ¿Y si tenía que volver con aquel desalmado?

Decidí poner mi mente en pausa. Lo importante en aquel momento era que aquella pequeña entrase en calor y llenase el estómago. Le tendí una mano.

Y Margarita, sin dudarlo, la tomó, se levantó y vino conmigo con la esperanza de que aquel martirio hubiese terminado. Por fin.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

*Imagen de cabecera: Pixabay.com (editada)

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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