El relato del viernes: «El corte»

EL CORTE

EL CORTE

Julia había llegado a su casa con una rabieta tremenda. Cuando su madre le dijo que irían a la peluquería a que le cortaran el pelo, no se había imaginado que iban a hacerle lo que le hicieron. Nunca creyó a su madre capaz. Llevaba varias semanas discutiendo con ella, que había decidido que, ahora que comenzaba a hacer calorcito en la ciudad, estaría bien que se cortase el pelo muy cortito, como ella lo llevaba. Ni loca pensaba hacer aquello. Su bonita melena negra, de la que tan orgullosa se sentía, había comenzado a caer a su alrededor a una velocidad vertiginosa, mientras veía con espanto cómo mechón tras mechón se iban depositando en el suelo. Se había distraído echándole un vistazo a una revista y, cuando se quiso dar cuenta, la peluquera ya había completado la mitad de la faena que su madre le debía de haber dicho en bajito, para que ella no se enterase. Ya no había nada que pudiera hacer, mientras se miraba en aquel espejo diabólico, más que esperar a que terminasen con el corte y dejase de parecer un pequeño animal desgreñado.

Nada más entrar en su casa se encerró en su habitación y de nada sirvieron las llamadas de su madre, de su padre ni de ninguno de sus hermanos para que saliese de allí. Ni siquiera se dignó a presentarse a la hora de la cena. Se quedó allí, enjaulada, mientras ideaba qué podía hacer para arreglar aquel desastre. De momento, al día siguiente no iría al instituto, eso lo tenía muy claro. Hubiese preferido presentarse delante de sus compañeros y amigos con la melena de color verde espinaca. ¿Y qué pensaría de ella el profesor de filosofía, ese que le gustaba tanto? No, no, no, para nada saldría de aquella habitación hasta no haber encontrado una solución con un mínimo de dignidad.

Para cuando su familia se hubo acostado, Julia aún estaba sentada sobre el suelo de su habitación, con la cabeza encerrada entre las piernas. Lo supo por el silencio que, de pronto, reinaba en la casa porque ya ni siquiera hicieron el intento de hacerla salir de allí. Miró el reloj digital que la despertaba cada mañana, allí sobre su mesilla, ajeno a todo. Las doce y diez de la noche. Por la ventana, la liviana cortina permitía entrever una ligera lluvia que había comenzado a caer sobre la ciudad. Con la mirada perdida a través de las cortinas, a Julia se le ocurrió una idea. Podía ser una soberana estupidez, pero hasta el momento no se le había ocurrido nada que no fuese esconderse bajo una peluca o un turbante, algo que el instituto sería un fracaso rotundo para el final de la jornada, con lo cual no tenía nada que perder.

Pensó durante un segundo el día en el que estaban, a la vez que cruzaba los dedos para no haber perdido la única oportunidad que tenía, por muy disparatada que fuese, de salvaguardar su dignidad. Ya habían pasado las doce de la noche, con lo cual era treinta y uno de mayo. Era ahora o nunca.

Decidida, pero con gran sigilo, salió de su habitación. Cuando cerró a sus espaldas la puerta de su casa suspiró con fuerza. Nadie se había enterado de que había salido. Sin pensarlo dos veces, salió a la calle.

La suave lluvia que había visto hacía unos instantes a través de su ventana se había convertido en un fuerte aguacero. Las calles estaban desiertas y la oscuridad parecía mucho más profunda que cualquier otra noche, sin que las tenues bombillas de las farolas pudieran hacer gran cosa para evitarla. Julia se lanzó a caminar bajo la lluvia sin saber que, sobre las oscuras nubes, una enorme luna llena ejercía su influjo sobre ella.

Sin más, se dedicó a caminar por las calles vacías de la ciudad. De vez en cuando, un coche circulaba con prisa sobre el asfalto, levantando a su paso ráfagas del agua acumulada sobre el piso. Julia no se detuvo en ningún momento, amparada por la oscuridad de la noche, caminando sin rumbo y sin importarle la distancia que iba en aumento con respecto a su casa. Se sentía como hipnotizada, incapaz de pensar en nada que no fuera poner un pie detrás de otro mientras la lluvia la calaba por completo.

A pocos minutos para el amanecer la lluvia cesó. Julia se sentó en un banco, para su sorpresa muy mullido, que encontró en la acera y, rota por el cansancio de la larga noche de vagar sin rumbo, se quedó dormida. Mientras, en su casa, su madre iba despertando a los miembros de su familia para el comienzo de un nuevo día. El revuelo que se causó cuando comprobó que Julia no solo no estaba en casa, sino que ni siquiera había dormido en su cama, fue espectacular. Padre y madre se vistieron con prisa y salieron corriendo a la calle, en busca de su hija, sin saber por dónde podrían comenzar a buscar.

Al salir a la avenida principal, algo llamó su atención. El caos se había apoderado de la ciudad, las calles se habían cortado al tráfico, la gente se agrupaba, chismosa, indagando acerca de qué podría ser aquella gran especie de alfombra peluda que surcaba las aceras. La madre de Julia se acercó al extremo de aquella extraña alfombra, la tomó entre sus dedos y sintió al instante el tacto y la suavidad de la desaparecida melena de su hija.

Siguieron el rastro de aquella moqueta negra que cruzaba calles, daba vueltas sin sentido y volvía a pasar en ocasiones por el mismo lugar. Al final de ella, su hija dormitaba, completamente empapada, sobre un colchón fabricado con su propia melena. Corrieron a despertarla, ansiosos, aliviados por haber encontrado al fin a su hija sana y salva. Cuando le preguntaron qué había ocurrido, Julia solo pudo limitarse a encogerse de hombros, ladear una sonrisa y decir:

—Mamá, tú siempre me has dicho que con la lluvia de mayo te crece el pelo…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Tomada de la red (editada)

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

12 comentarios sobre “El relato del viernes: «El corte»

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