LA FIRMA

LA FIRMA (I)

Mi trabajo como director general en una gran multinacional siempre me ha brindado la oportunidad de conocer a muchas personas. Siempre he sido una persona muy observadora y con una gran capacidad analítica, lo que me ha reportado grandes beneficios, tanto en el terreno laboral como en el personal. Era, y continúo siendo, capaz de analizar a las personas en tan solo unos minutos de trato con ellas, de manera que el modo en que apretaban mi mano, la más sutil variación en el timbre de voz o los gestos más imperceptibles ya me llevaban a formarme una opinión de la persona en cuestión bastante cercana a la realidad.

En el trabajo, mis subalternos siempre han sentido un gran respeto hacia mí, porque ya era de todos bien sabido que, desde el momento en que entraran por la puerta de mi despacho, yo sabría, sin lugar a ninguna duda, si aquello que me estaban contando era cierto o si, por el contrario, estaban mintiendo como bellacos. Con esto no quiero decir que fuese un jefe duro, más bien todo lo contrario, siempre me he considerado una persona afable y comprensiva que, por mi capacidad de reconocer a los demás, gozaba también de una gran empatía.

Llevaba bastante tiempo observando comportamientos extraños de parte de la directora financiera, pero los fui pasando por alto, por un lado, debido a la amistad que nos unía desde hacía varios años y, por otro, porque tenía que reconocer que su trabajo era excepcionalmente bueno. Por ello, cuando descubrí que estaba realizando maniobras encubiertas para evadir capital de la empresa, decidí darle una oportunidad. Le fui dando pequeños toques de atención, dejando entrever al mismo tiempo que estaba al tanto de todo, pero ella, dedicada como estaba a enmascarar a toda costa sus acciones fraudulentas, ni siquiera se percató de ello.

Jamás olvidaré su cara en el momento en que le comuniqué su despido con carácter procedente, de auténtica sorpresa y estupor. En un principio se indignó muchísimo, molesta por haber sido acusada de algo que no había cometido, pero según pasaban los minutos sus excusas se fueron volviendo cada vez más inconexas, como si estuviera intentado ocultar con solo dos manos los múltiples agujeros por los que se colaba el sol, hasta al final llegar a confesar su delito.

He de reconocer que el despido de mi compañera me causó un regusto amargo, a pesar de haber actuado en todo momento de la manera correcta e incluso haber levantado la mano cuando no debería ni siquiera haberlo hecho. La cuestión es que aquello hizo que bajase la guardia durante todo el proceso de selección de un nuevo candidato para su puesto. Dejé por aquella época de analizar a las personas que tenía ante mí, para enfocarme en valorar sus aptitudes curriculares, que jamás llegaban a estar a la altura de las de mi amiga.

No recuerdo cuántas personas llegaron a pasar por la sala de juntas, cuántos apretones de manos di ni cuántos «ya te llamaremos» salieron de mis labios con la consciencia de que jamás lo haría. Pero el hecho de tener que encargarme de realizar las funciones de dirección financiera, además de las propias de mi cargo, hicieron que, llegado el momento, me viese obligado a aligerar el proceso. De manera que, de entre de todos los currículos que no habían sido descartados de manera directa por mí, seleccioné los tres que mostraban las mejores aptitudes y competencias para el desarrollo del puesto.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

La firma by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen tomada de la red (editada)

3 comentarios en “Por capítulos: “La firma (I)”

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