LA LEYENDA DEL JOVEN BUFÓN

LA LEYENDA DEL JOVEN BUFÓN

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, miles quizás, había un gran reino en el centro de Europa que presumía de tener uno de los reyes más bondadosos, amables y cívicos del mundo. En la Corte todo era alegría, risas y jolgorio. El buen ambiente dominaba todos los rincones y aquel reino, a pesar de su gran magnitud, vivía en paz y armonía.

El rey, conocido por sus súbditos como «el Bondadoso», había centrado todo su cariño en su pequeña hija Leonor, princesa desde su nacimiento y que llevaba impresa la gran fortuna de convertirse en reina algún día. No había dudas sobre la sucesión en el trono y el nacimiento de aquella pequeña llenó de regocijo el corazón de todos los habitantes del reino, aunque este hubiera quedado empañado por la muerte de la reina durante el parto.

La pequeña creció en el palacio como una niña más, iba a la escuela como el resto de niños del reino y su educación estaba basada en la humildad y confraternización con todos los habitantes del reino. Fue un día, a la salida de la escuela, cuando conoció a Baltasar. Era un niño de su misma edad que, no teniendo posibles para ir a la escuela, se dedicaba a realizar espectáculos callejeros para la diversión de los transeúntes que, ocasionalmente, dejaban sobre su sombrero, dispuesto sobre el suelo para ello, algunas monedas con las que hacer frente a la alimentación de cada día.

Leonor quedó maravillada con aquel pequeño que, para ella, realizaba un espectáculo precioso en plena calle. Por su parte, Baltasar, al reconocer a la pequeña princesa a la salida de la escuela, comenzó a representar su función a diario en aquel mismo lugar, justo a la hora que la pequeña regresaba a palacio.

Cierto día, Leonor, curiosa por naturaleza, se acercó hasta Baltasar y comenzó a hablar con él. Aquella historia que le contó aquel niño, que había perdido a sus padres hacía ya cerca de un año y vivía solo en la antigua casa familiar, sin posibilidad de ir a la escuela ni familia que le acogiese, enterneció a la pequeña princesa hasta límites insospechados. Aquel día, en cuanto llegó a palacio, la princesa habló con su padre. Le contó la historia de Baltasar y cómo se sentía de apenada por las condiciones que el destino le había preparado para su corta edad. Le habló también de los espectáculos que realizaba en la calle, que a ella la colmaban de felicidad, y le rogó que buscara la manera de brindarle algún tipo de ayuda.

El rey, ansioso por satisfacer siempre los deseos de aquella pequeña que era la viva imagen de su madre, tuvo la ocurrencia de acoger a Baltasar en palacio. Podría ir a la escuela, como correspondía a su edad, pero a cambio tendría que ofrecer sus servicios como bufón de palacio. Cuando Leonor, al día siguiente, le contó al pequeño el ofrecimiento de su padre, Baltasar comenzó a dar saltos de alegría. Alentado por su gracia natural, convirtió aquella alegría tan plena en un nuevo espectáculo que encandiló a los transeúntes que, tras detenerse a contemplarle, creyendo que era un número más, arrojaban sin contemplaciones las monedas de que disponían sobre su sombrero. Ese mismo día, Baltasar acompañó a Leonor hasta palacio para comenzar su nueva vida. Por fin, parecía que la suerte había empezado a sonreírle.

Los dos pequeños fueron creciendo mientras iban juntos a la escuela, regresaban de ella y pasaban en palacio el máximo tiempo posible juntos. Cuando los dos ya eran unos apuestos jóvenes, aquella amistad que nació de la compasión y el agradecimiento fue dando paso de una manera silenciosa al comienzo de un incipiente amor. En palacio, nadie se había percatado de ello hasta que no hubo marcha atrás.

En cuanto el rey, «el Bondadoso», tuvo conocimiento del amorío que se traía su pequeña, porque para él seguía siendo su pequeña, princesa con aquel simple bufón, montó en cólera. De pronto, todos aquellos valores que siempre le habían caracterizado se desvanecieron por completo en todo aquello que concerniese a su hija. Deseaba para ella lo mejor, o lo que él suponía que era lo mejor, y no iba a permitir que su reinado pasase a las manos de aquel pequeño delincuente que una vez hubo acogido en su casa como si de un hijo más se tratara.

Leonor fue encerrada de inmediato en sus aposentos, de los que no le era permitido salir ni siquiera para compartir comida con su padre. La muchacha enfermó de soledad, desasosiego y mal de amor. Necesitaba a Baltasar a su lado y, por mucho que intentaba ponerse en el lugar de su padre, no comprendía por qué este no aceptaba el amor tan puro que había entre ellos dos.

Baltasar fue expulsado del palacio de inmediato. No contento con ello, el rey solicitó los servicios de un brujo muy reconocido en la comarca. Su misión era sencilla, localizar a aquel truhán y convertirlo en piedra hasta que su hija recuperase la cordura y asentase la cabeza y el corazón junto a un hombre digno de su condición. Aquel viejo brujo no tardó en encontrar a Baltasar que, sentado sobre una barandilla a la orilla del Danubio, volvía a ofrecer sus cómicos espectáculos a los transeúntes, como hiciera antaño. En cuanto le vio, Baltasar sintió una intensa quemazón dentro de sí, y de esta manera quedó convertido en piedra, su rostro mostrando una intensa cara de asombro.

Una vez solucionado el problema de Baltasar, Leonor tuvo el privilegio de la libertad. Salió de sus aposentos aquella misma noche, preguntando sin parar dónde se encontraba su amor, qué habían hecho con él. La respuesta del rey fue tajante. En dos semanas contraería matrimonio con uno de los jóvenes más apuestos del reino, alguien que tenía una posición social acorde a su estatus. Dicho y hecho, dos semanas más tardes era la esposa de Pelayo, un joven encantador que, por muchos esfuerzos que hiciera, no consiguió ganarse el corazón de la joven.

Cuando Leonor tuvo conocimiento del embrujo al que había sido sometido Baltasar, fue hasta el lugar donde se encontraba la asombrosa estatua. La abrazó y lloró durante horas a su lado, mientras le contaba lo desgraciada que era su vida desde que él no estaba a su lado. Aquel día se hizo el firme propósito de enamorarse de Pelayo y olvidar a Baltasar, solo para que este pudiera recuperar su vida como humano. Pero su amor hacia el joven bufón era tan intenso que Leonor murió amando con desaforada pasión a aquel muchacho que permanecía a la vera del río con una eterna expresión de juventud en su cara.

Desde entonces, Baltasar continúa allí, sentado sobre la barandilla, con el ancho río a sus espaldas, mientras que cientos de turistas le toman fotografías cada día. Bajo el sol y bajo la nieve, el joven continúa en la misma posición estática. Y es que hay ocasiones en las que el amor es más fuerte de lo que nosotros mismos podemos llegar a imaginar.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Fotografía: Little Princess Statue. Budapest.

Aquí tenéis mi participación número 18 en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 19, 20 y 21. ¡Todo a punto para el 22!

2 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #18 – “La leyenda del joven bufón”

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