LA FIRMA

 

“La firma (I)”       “La firma (II)”

LA FIRMA (III)

Ni siquiera me detuve a cambiarme de ropa. La luz del día aún entraba por entre las láminas de las persianas que habían quedado cerradas aquella misma mañana, y que permanecían así durante la mayor parte de los días hasta que llegaba el fin de semana. El piso olía a cerrado y a rancio, con una atmósfera viciada por la cantidad de cigarrillos acumulados en el cenicero que solo vaciaba una vez por semana. Pero aquellos pequeños detalles pasaron casi percibidos por mi mente, que solo tenía un objetivo en el que centrarse. Aún así, me tomé un par de segundos para sacar una cerveza bien fría de la nevera.

Entré en la habitación que hacía las veces de despacho. Allí era donde pasaba horas encerrado casi todos los días revisando trabajo que me había llevado para casa. El único orden visible allí dentro era el que reinaba en la mesa de trabajo, sobre la que solo reposaba el ordenador portátil. El resto de la habitación era un auténtico caos. Las estanterías estaban repletas de documentación personal que iba apilando sin ton ni son sobre los libros. Pilas enormes de más libros, de todos los géneros, aparecían desperdigadas por aquí y allá sobre el suelo. Varios aparatos de ejercicio también rellenaban el escaso suelo disponible en el cuarto. Podría parecer que sería imposible encontrar algo en aquel completo desorden si no fuera porque mi cerebro iba apilando la información acerca de dónde estaba cada cosa en el mismo orden en el que yo las iba dejando dentro de aquel santuario del caos.

La luz era tenue, muy cálida, y provenía de una lámpara de bambú muy sencilla que colgaba del techo a punto de caerse sobre mi cabeza en cualquier momento. Cualquiera que me conociese jamás habría imaginado el estado tan catastrófico en el que mantenía aquel cuarto que tanto utilizaba y que estaba cerrado a cal y canto para las visitas. Pero yo hubiese podido entrar con los ojos cerrados y aún así haber sorteado cada uno de los obstáculos que se interponían entre la entrada y mi mesa.

Solo conseguí relajarme cuando me senté en mi silla, después de haberme despojado de la chaqueta del traje, que quedó tirada sobre uno de los aparatos que utilizaba para ponerme en forma. Entonces sí, aflojé el nudo de mi corbata, di un sorbo a la cerveza y, mientras encendía un cigarrillo, extraje de mi carpeta la fotocopia del documento que había firmado unas horas antes.

Me quedé tan absorto contemplando aquella firma que el cigarrillo se convirtió en colilla entre mis dedos. Un rastro de ceniza había ido cayendo sobre mis perfectos pantalones de lana. La esparcí con una mano sin darle importancia a dónde cayera. Mis ojos solo podían seguir una y otra vez los giros que habían sido trazados sobre el papel. Delante de mí eran de color negro, pero el original tenía el brillante color azul de una pluma estilográfica y, además, de buena marca, deduje. El trazo era firme, sin temblores ni una pequeña señal de haber levantado la pluma del papel ni haber ejercido menos presión de la necesaria.

Cuando quise darme cuenta, ya habían pasado las diez de la noche y, no solo no había conseguido analizar aquella firma, absorto como estaba, sino que ni siquiera había sido consciente del transcurso del tiempo. La cerveza  seguía en la misma posición en que la dejé al llegar, casi sin probar, ya por completo caliente. Mi cuerpo ni siquiera había reclamado la dosis de nicotina de costumbre y mucho menos la cena. Decidí que tenía que salir de aquel estado que me había mantenido absorto durante horas, así que fui a prepararme algo ligero para cenar, no sin antes comprobar el nombre de la propietaria de aquellas líneas. Ángela…

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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La firma by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

4 comentarios en “Por capítulos: “La firma (III)”

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