EN TRANCE

EN TRANCE

Cada tarde, cuando llegaba a casa, encontraba a Sara en la misma posición. En el pequeño hueco que quedaba libre en el salón, extendía su esterilla cada día y, sentada en la posición de medio loto, dedicaba horas enteras a una intensa meditación. Tal era su grado de abstracción que ni siquiera se daba cuenta de cuándo llegaba Arturo.

Una intensa, pero a la par relajante, atmósfera envolvía todo. El sutil olor del sándalo se desprendía de la varita de incienso que, en muchas ocasiones, debía de hacer un buen rato que se había apagado, dispersas sus cenizas sobre el incensario. Una bella música se expandía de manera sigilosa por cada rincón de la casa, entonando aquellos ininteligibles mantras que Sara recitaba de memoria. El salón en penumbras, a pesar de que el sol de la tarde caía con plenitud sobre la casa, contribuía a crear un ambiente sumamente mágico. Por si fuera poco, los rayos de sol que se colaban por entre las delgadas láminas de la persiana sin bajar por completo, dibujaban líneas de luz en el salón a través de las cuales miles de diminutas partículas de polvo quedaban a la vista en suspensión, como si estuvieran representando un baile lento y relajado como la música que lo acompañaba.

Arturo se quedaba embelesado mirándola, sentado frente a ella. No comprendía mucho aquel extraño ritual que su pareja realizaba día tras día, pero tenía que reconocer que ella llevaba incorporada una calma durante toda la jornada de la que él carecía. Su ritmo de vida era trepidante, como el de millones de personas más, y en su colapsada mente no tenía cabida la idea de desperdiciar el tiempo de aquella manera. Solo se permitía esos minutos que siempre había de diferencia entre el momento en que llegaba a casa y el fin de la sesión de yoga de Sara.

Se limitaba a mirarla, a contemplar su exótica belleza, su cuerpo delgado y tonificado, sus facciones sumamente relajadas. Sabía que aunque le hablara, ella no llegaría a escucharle, pero aún así permanecía en un silencio sepulcral mientras esperaba a que ella volviese a la realidad. En ocasiones, creía incluso percibir un aura de luz a su alrededor, o le daba la impresión de que su chica estaba respirando con tranquilidad en el fondo de un agua calmada. Obviamente, cuando aquellas percepciones le llegaban las desechaba de inmediato, atribuyéndolas al cansancio de las maratonianas jornadas laborales.

En un momento dado, Sara abría los ojos con lentitud. Sabía que le encontraría frente a sí y esbozaba una amplia sonrisa de satisfacción, mientras seguía manteniendo un fondo de paz absoluta en su mirada. Se levantaba de la esterilla con una gracilidad impresionante, dejaba la música flotando en el ambiente y le daba un cariñoso beso en los labios. Arturo encontraba su pequeño remanso de paz en aquellos breves instantes que duraba su bienvenida diaria.

Cierto día, Arturo decidió compartir aquella experiencia con su pareja. Quería también gozar de la calma y el bienestar que, por lo que venía observando, proporcionaba. Por primera vez en su vida laboral, salió puntual del trabajo. Llegó a casa a tiempo de encontrar a Sara preparando el ritual. La música ya envolvía el ambiente, pero la persiana seguía levantada, por lo que entraba la luz solar a raudales, y Sara estaba encendiendo la barrita de incienso. Se puso ropa cómoda, como la que siempre vestía ella, y, tras bajar la persiana para crear aquella atmósfera penumbrosa, se acomodó a su lado.

Sara, con gran paciencia, le indicó la manera correcta de sentarse, incluso le mostró otra con la que podría encontrarse más cómodo. Los agarrotados músculos de Arturo tras meses de trabajo en oficina no le permitían llegar a alcanzar la postura de su pareja. Cerró los ojos, como hizo ella, e intentó concentrarse. A su lado, Sara cantaba con voz dulce los mantras que se deslizaban hacia fuera del equipo de música. En unos minutos parecía estar ya muy lejos de allí.

No habían transcurrido ni dos minutos cuando un gran calambre agarrotó una de las piernas de Arturo. Sara no llegó ya ni a escuchar sus quejidos. Se puso en pie para calmar el dolor y volvió a intentar aquella posición «cómoda», como ella misma la había denominado, pero no había manera. Le dolía el culo, se le dormían los pies y le tiraban músculos que ni siquiera sabía que tenía. En lugar de relajarse, un remolino de ansiedad se fue forjando en su interior. Desesperado, abandonó el intento y se dirigió hacia la cocina.

Cuando regresó al salón, botellín de cerveza en mano, estiró su abotagado cuerpo en el sillón y prendió un cigarrillo. Terminado ya este y la cerveza, la modorra se apoderó de él, que cayó sumido en un profundo sueño.

Unas suaves caricias en su brazo lo sacaron de su particular trance. La cara de Sara, como siempre irradiando paz y serenidad, le miraba a escasos centímetros.

—¿Qué tal, mi amor? ¿Te ha gustado tu primera meditación? —preguntó ella, al tiempo que le depositaba uno de sus suaves besos en los labios.

—¡Oh, sí, cariño! Nunca me había sentido tan relajado… —le contestó mientras con una mano, muy disimuladamente, escondía el botellín de cerveza en un rincón escondido tras el sillón.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi vigésima participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 21, 22 y 23. ¡Incluso el 24!

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2 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #20 – “En trance”

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