El relato del viernes: «Clandestinidad nocturna»

CLANDESTINIDAD NOCTURNA

CLANDESTINIDAD NOCTURNA

Cada noche, cuando se cerraban las puertas y el último visitante se alejaba ya sin echar una mirada atrás, el parque cobraba vida. Durante el día, estaba repleto de personas que disfrutaban de sus paseos al sol o bajo la lluvia, de turistas que observaban con curiosidad todo lo que les rodeaba, de niños traviesos que jugaban en un estado de felicidad auténtica, ajenos a que algún día perderían esa percepción, de ciclistas y corredores que ejercitaban sus músculos como remedio eficaz para escapar de la rutina, de parejas acarameladas que aprovechaban cualquier rincón para hacerse las más físicas manifestaciones del amor, de grupos de amigos que se reunían sobre el cuidado césped, de abuelos que paseaban con orgullo a sus nietos en cochecitos cada vez más sofisticados, incluso de calesas tiradas por caballos, que eran utilizadas como un souvenir, como antídoto contra el olvido de tiempos pasados. Los pájaros trinaban con alegría, mientras paseaban mostrando sus bellos plumajes de rama en rama. Algún pequeño roedor hacía su aparición estelar de vez en cuando.

Mientras todo eso ocurría, la vida del parque permanecía latente, a la espera. Árboles, plantas y flores adoptaban su forma tradicional de ser vivo inanimado y se regocijaban con las vistas que el bullicioso parque les proporcionaba. Todos se esforzaban por mostrarse en todo su esplendor para recibir las mejores alabanzas y muestras de cariño. Los árboles agitaban sus ramas ante la más mínima brisa con orgullo y acogían entre ellas a las exultantes aves que tanto se afanaban en alegrar las tardes y mañanas. Las flores se abrían en todo su esplendor, a la par que emitían sus más preciados aromas para crear una atmósfera de embrujo, a pesar de exponerse a que alguien quedase tan prendado de ellas que se atreviese a tomar su delicado tallo y cortarlas. Incluso las estatuas, inertes por naturaleza, en lo más profundo de su interior albergaban un cierto sentimiento muy parecido al orgullo cada vez que alguien se quedaba observándolas asombrado o les hacían fotografías.

Pero cuando caía la noche y las puertas del parque se cerraban a miradas indiscretas, toda aquella vida inanimada que había permanecido a la espera durante el día, comenzaba a bullir de actividad.

Las flores, las más alegres y juguetonas, se reunían en grupos para jugar a algún juego y cantar canciones con sus preciosas voces. Las plantas más frondosas, que solían ser las más dicharacheras, organizaban corrillos entre los que los chismes y cotilleos acerca del día pasado circulaban a más velocidad que la propia luz. El césped que poblaba cada rincón del parque, excepto los caminos, era tan presumido que se pasaba la noche acicalándose, estirando las pequeñas briznas que habían quedado aplastadas tras el descanso de los humanos sobre él. Los árboles, que eran los más viejos y sabios del lugar, organizaban tertulias en las que fumaban en pipa y reían a carcajadas con sus voces graves, lo que hacía que los pajaritos, agotados de estar todo el día volando y exhibiéndose, se pasaran quejándose la mitad de la noche porque no les dejaban descansar.

Las estatuas aprovechaban para limpiar cualquier resto de polvo y sacar brillo a sus superficies talladas en piedra, para estar listas para su posado del día siguiente. Incluso las fuentes, después de haber pasado todo el día despidiendo chorros de agua cada vez más altos para conseguir hipnotizar a los paseantes con los arco iris que se formaban cuando los rayos de sol traspasaban su círculo de acción, se dedicaban a limpiar con cuidado sus cañerías para que el espectáculo pudiese continuar a la mañana siguiente con la misma precisión que de costumbre.

Los tres árboles más jóvenes y robustos eran los encargados de vigilar que no surgiese ningún imprevisto que pudiera perturbar la clandestina actividad nocturna del parque. Siempre se quejaban de no poder participar en las tertulias de los más sabios, pero acataban con estoicismo su misión, a sabiendas de que pronto serían reemplazados por otros más jóvenes que ya apuntaban maneras de ser robustos. Estos, agrupados en formación, creando una perfecta línea que servía de barrera para esconder lo que acontecía en el interior del parque, compartían sus sueños e ilusiones los unos con los otros, mientras fumaban cigarrillos a escondidas con el tabaco que habían robado a los mayores.

En cuanto la claridad de la luz del día comenzaba a hacer acto de presencia y sentían el tintinear de las llaves del guarda que se acercaba distraído y soñoliento a abrir las puertas del parque, estos tres árboles, con una seña secreta, daban la voz de alarma y el parque recobraba de inmediato su aspecto matinal.

Mientras el guarda hacía la ronda para comprobar que todo estuviese en orden, siempre se asombraba de que aquellos tres árboles, alistados e imponentes, parecía que cada día que pasaba formaban una línea cada vez más precisa. Se quedaba observándolos, se rascaba la cabeza y, encogiéndose de hombros, continuaba su recorrido a la espera de que los primeros visitantes del día llegaran a disfrutar de la mágica majestuosidad de aquel parque.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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Clandestinidad nocturna by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Parque de María Luisa (Sevilla)

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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