La frase de la semana XXVI

La frase de la semana XXVI

SELMA LAGERLOF

‘Un hombre debe aceptar las consecuencias de sus actos. Bien sabe él por qué los ha cometido’.

Selma Lagerlöf  (1858-1940)

Escritora sueca. Primera mujer en obtener el Premio Nobel de Literatura.

¡Feliz martes a todos! Una semana más os acompaño con esta sección que pretende visibilizar a las grandes mujeres de la literatura universal.

Seré breve. Me ha venido a la cabeza esta cita de Selma Lagerlöf en relación con los últimos acontecimientos de la pasada semana acerca de la puesta en libertad de los miembros de “la manada”. Podría exponer mil y un sentimientos que me provoca todo este caso, pero me voy a limitar a recordar esta cita: aceptar las consecuencias de nuestros actos. Es lo mínimo que, como personas, podemos hacer. Sobran las palabras.

En relación con este tema, os quiero acercar esta entrada de Plaerdemavida, que expresa con poesía el sentimiento que compartimos muchos de nosotros. Su poema se titula “Esta guerra es de todos”, y la frase que quiero destacar es esta.

‘Los cuerpos son herméticos porque encierran la vida. Ahora esta se me escapa por cada una de las heridas’.

Esta sociedad tiene mucho que reflexionar aún.

Os deseo a todos una semana estupenda. ¡Hasta el martes que viene!

“La despedida” – El Poder de las Letras

“La despedida” – El Poder de las Letras

LA DESPEDIDA

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

LA DESPEDIDA

Se alejó lentamente, cabizbajo, sin detenerse si quiera un segundo para permitirse una última mirada atrás. A simple vista podría parecer que su actitud era incluso contradictoria, alejándose despacio como si en realidad no quisiera hacerlo y, al mismo tiempo, sin volver la vista como si quisiera olvidar lo más rápidamente posible. Así era. Su mente y su corazón se debatían en una cruel dicotomía a medida que sus pasos se iban alejando más y más de ella, de tal forma que las lágrimas estaban a punto de comenzar a derramarse de un momento a otro. Esta situación le dio la fuerza necesaria para continuar en su pausado avance, sin girarse, sin volverse para verla por una última vez. Jamás permitiría que ella le viese llorar, jamás.

Ella, por el contrario, se quedó quieta en el sitio, inmóvil, mientras lo veía alejarse. Derrochaba tal aire de melancolía en su caminar que a punto estuvo de salir corriendo detrás de él. Pero no podía hacerlo, ya no. No después de todo lo que había pasado, de todas las cosas que se habían dicho. Sus lágrimas habían hecho acto de presencia en el mismo instante en que él se giró después de decirle adiós. No podía evitarlo, su corazón siempre había dominado a su mente y los sentimientos afloraban solos, sin ayuda. Pero su orgullo la impedía dar el primer paso para recuperar su vida, que se alejaba en aquellos momentos de ella para siempre. Jamás se rebajaría a eso, jamás.

Él la amaba. Tanto, que a duras penas podía soportar el camino que le alejaba de ella. Ella lo amaba. Tanto, que a duras penas podía soportar ver cómo se alejaba. Sin embargo, ninguno de los dos era capaz de admitirlo. Murieron juntos, irremisiblemente, en aquella despedida.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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163. CALM

 

Reto literario: “Si tuviera elección”

Reto literario: “Si tuviera elección”

 

SI TUVIERA ELECCIÓN

SI TUVIERA ELECCIÓN

Si yo tuviera elección, si me dieran a elegir, escogería, sin duda, aquello que fuese mejor para mí.

 

Elijo amor sobre odio.

Elijo alegría en vez de penas.

Elijo la noche en lugar del día.

Elijo quedarme, no quiero partir.

 

Elijo melón antes que sandía.

Elijo café, siempre elijo café.

Elijo luz en vez de tinieblas.

Elijo ser tuya, me muero sin ti.

 

Elijo en la cama o tumbada en el suelo.

Elijo descalza y sentir mis pies.

Elijo cariño en lugar de los celos.

Elijo la arena resbalar en mí.

 

Elijo la paz sobre todas las guerras.

Elijo el rojo, mi color pasión.

Elijo hogueras en lugar de cenizas.

Elijo el camino que me lleve a ti.

 

Si yo tuviera elección, si me dieran a elegir, elegiría a tu lado o dejarme morir. Si yo tuviera elección.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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Este texto ha sido trabajado para el reto literario de El bic naranja, los viernes creativos de Ana Vidal.  Espero que os guste.

Grito de Mujer 2018 (IV)

Grito de Mujer 2018 (IV)

GRITO DE MUJER MÉRIDA 2018

Hoy os traigo la última de mis colaboraciones en la antología poética Grito de Mujer 2018. Os recuerdo que en este enlace podéis acceder a la antología completa.

NI UNA MENOS

NI UNA MENOS

Eleva tus gritos, mujer,

que tu voz llegue hasta el cielo,

que se oiga en todos los rincones,

que se entere todo el mundo

de que ya no tienes miedo.

Haz volar los delantales,

deja que los lleve el viento,

abandona los fogones

y demuestra tu valía,

esa que guardas por dentro.

Eleva tus gritos, mujer,

suelta de dentro el veneno

que encierras desde hace años,

toda una vida pasada

entre llanto y menosprecios.

Sal y llenemos las calles,

que nadie nos ponga precio,

que respeten nuestra lucha,

que sepan que ser mujer es,

ante todo, un privilegio.

Que se oigan tus gritos, mujer.

Todas juntas gritaremos,

que restallen los oídos,

por nuestras hijas y hermanas,

fuerte y alto, ni una menos.

Ana Centellas. Febrero 2018. Derechos registrados.

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162. NO

 

El relato del viernes: “Alicientes”

El relato del viernes: “Alicientes”

ALICIENTES

ALICIENTES

Él solía ser un buen policía. Llevaba más de treinta años al servicio del Cuerpo y jamás había tenido una tacha, ni un simple borrón que empañase su brillante expediente elaborado durante tantos años a base de esfuerzo y fidelidad al Cuerpo de Policía.

Acababa de cumplir cincuenta años, algo que en la comisaría donde trabajaba fue celebrado por sus compañeros por todo lo alto. Cuando llegó por la mañana, las primeras lágrimas hicieron acto de presencia según hubo traspasado el umbral, cuando se encontró con que todos los compañeros de turno le estaban esperando para felicitarle a coro, entre bandejas de dulces que estaban repartidas por las mesas para formar un desayuno muy especial. Globitos de colores teñían con un aire de fiesta aquel lugar que, habitualmente, era tan serio como administrativo.

Sobre su mesa, una tarta con dos velas ya prendidas, que formaban un número cincuenta que se iba derritiendo por efecto del calor. Y, a su lado, un regalo grande y brillante que ocupaba casi todo el espacio disponible sobre su mesa de trabajo. A esas alturas de la vida, se sintió vergonzoso y tímido mientras sus compañeros le cantaban a oscuras el «Cumpleaños feliz». Sopló las velas de su tarta por segunda vez aquel día, pues su esposa también había tenido la idea de sorprenderle con una pequeña tarta en el desayuno que compartían cada día.

Tras dar buena cuenta de la tarta y los bollitos, acompañados de buenas dosis de café, del bueno, no del que siempre tomaban en la máquina que había en la entrada de la Comisaría, los compañeros le instaron a que abriese su regalo. Lo contempló durante unos instantes, aunque ya llevaba un buen rato observándolo y emitiendo conjeturas acerca de lo que podría ser. El paquete era grande, voluminoso y alargado. Una idea fugaz le cruzó la mente por unos segundos, pero la desechó de inmediato por su valor económico. Sus sueldos no estaban mal, pero tampoco eran para tirar cohetes, y no creía que sus compañeros estuviesen dispuestos a realizar un desembolso de aquel calibre en un compañero, por mucho que llevase treinta años compartiendo aventuras con ellos y que celebrase su quincuagésimo cumpleaños.

Lo abrió sin dejar asomar ninguna muestra de curiosidad, con toda la tranquilidad del mundo. Tantos años de ejercicio le habían dado la capacidad de esconder en cualquier momento de manera perfecta cualquier emoción que no quisiera compartir con los demás. Algo que no logró cuando se encontró frente a él con una gran funda de cuero en la que lucía claramente visible un anagrama que conocía muy bien. Aquellas tres flechas englobadas en un círculo que, a su vez, atravesaban tres círculos más pequeños, lograron que el puso le latiese con fuerza. Las manos comenzaron a temblarle y su rostro no podía esconder los signos de asombro, que sus compañeros inmortalizaron con decenas de disparos imprevistos con sus teléfonos móviles. Abrió el estuche con cuidado, como si se tratase de un tesoro.

Ante sus ojos apareció una impresionante carabina. Una Beretta Cx4 Storm semiautomática que parecía una auténtica preciosidad. La tomó entre sus manos, miró por el objetivo y pudo sentir de inmediato el maravilloso placer que podría proporcionarle aquel grandioso regalo. Evitó, ahora sí, el torrente de lágrimas que aquel enorme detalle estuvo a punto de provocarle, y se dispuso a agradecer de forma efusiva a sus compañeros, uno por uno, dándoles fuertes abrazos acompañados por cómplices palmadas en la espalda, con un rostro radiante de felicidad.

Cuando regresaba a casa por la noche, mil ideas rondaban por su mente. Aquel había sido en líneas generales un día bastante agridulce, lo suficiente como para hacer que algo en su interior se removiese solicitando un cambio inminente. Por un lado, estaba demasiado emocionado por los detalles que habían demostrado tanto su pareja como los compañeros de trabajo, que parecían sinceramente felices por celebrar su cumpleaños. Por otro, sentía que había pasado ya con creces el ecuador de su vida y, si hacía un repaso hacia atrás, comprendió que había estado tan dedicado a lo que se suponía que era lo que debía hacer, que en su vida jamás había habido espacio para la locura. Ni siquiera para una simple improvisación.

Recordó el nuevo juguete que llevaba en el maletero y una lucecita se encendió sobre su cabeza, lo que le provocó una sonrisa malévola y una aceleración inmediata del pulso.

Semanas más tarde, la Comisaría hervía en actividad. Al parecer, un franco tirador se había apostado en el barrio. Los disparos eran siempre certeros y jamás quedaban restos de munición que pudieran guiar las investigaciones por algún camino. Disparaba cada vez desde un lugar distinto y no habían encontrado ni el más mínimo rastro, ni tan siquiera de alguna huella, aunque fuese parcial. Aquel hombre debía ser un experimentado, sin duda, sabía lo que se hacía.

Nuestro policía, al mando, se encargaba de las exhaustivas investigaciones, a la par que se encargaba de borrar los posibles rastros que lo evidenciaran. Ahora sí, sentía que su vida tenía un aliciente especial.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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Mi jueves de poesía: “Contigo aprendí”

Mi jueves de poesía: “Contigo aprendí”

CONTIGO APRENDÍ

 

CONTIGO APRENDÍ

 

Contigo aprendí

que los finales felices

estaban reservados para los cuentos.

 

Contigo aprendí

que si quería la luna

me la tendría que bajar yo sola.

 

Contigo aprendí

la locura de un amor

que solo simula un poco de comprensión.

 

Aprendí tantas cosas contigo,

que para mí ya solo eres un maestro.

Contigo aprendí

que nunca fuiste un caballero

y yo jamás llegué a ser tu princesa.

Ni lo necesitaba.

 

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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161. CALM

 

Los 52 golpes – Golpe #21 – “Llamadas telefónicas”

Los 52 golpes – Golpe #21 – “Llamadas telefónicas”

LLAMADAS TELEFÓNICAS

LLAMADAS TELEFÓNICAS

El teléfono sonó en el medio de la noche, con un estruendo alarmante y un eco que se propagó a todos los rincones de la casa dormida. Sara despertó con el corazón latiendo a mil por hora dentro de su pecho. Solo le hicieron falta un par de segundos para advertir que Manuel no estaba junto a ella en la cama y echar un vistazo rápido al reloj que reposaba en la mesilla, que le confirmaba que a aquellas horas ya debería estar durmiendo a su lado. Durante unos instantes, el oxígeno de la habitación se ralentizó, creando una atmósfera pesada y viciada que le dificultaba la respiración. Sus oídos se colapsaron ante aquella situación, de manera que durante ese breve lapso de tiempo ni siquiera fue capaz de escuchar nada.

El sonido de la puerta de su habitación abriéndose de forma abrupta la sacó del estado letárgico a que había sucumbido su cuerpo, justo cuando vio a entrar a Mireia y a Oliver, sus dos pequeños, que llegaban corriendo con sus caritas asustadas para lanzarse en su cama, interrogantes. El oxígeno volvió a ascender de golpe por sus fosas nasales, recuperando la respiración y la consciencia, y el sonido atronador del teléfono volvió a sacudir con fuerza en sus tímpanos.

Alargó una mano trémula para descolgarlo. Su tez estaba tan pálida como si acabase de ver un fantasma. Los dedos temblaban cuando, al fin, logró tomar el teléfono entre sus manos y contestar la llamada, bajo la atenta mirada de sus dos pequeños.

—Tranquila, preciosa, estoy bien. Siento haberte despertado. Verás, se han complicado un poco las cosas en una intervención y ha caído un compañero. Tenemos que reforzar con todos los efectivos disponibles —la voz de Manuel sonaba distendida al otro extremo de la línea telefónica.

El rostro de Sara se relajó de inmediato.

—¡Menudo susto me has dado, cabronazo! Hasta los niños han venido a ver qué pasaba. Vale, ten cuidado. Te quiero —fue la respuesta de Sara al escuchar la voz de Manuel al otro lado de la línea.

—Yo también te quiero, mi vida. —respondió Manuel, y colgó la llamada.

Sara quedó intranquila en la cama. Devolvió a los niños a sus habitaciones y se dirigió a la cocina para prepararse una infusión. Maldito Manuel, entre todas las profesiones que había tenía que haber elegido precisamente aquella. Y mira que se lo había dicho, pero él nada, que era su ilusión, decía. Durante los primeros meses había mantenido su alma en vilo cada noche, pero con el tiempo se había ido adaptando a la situación. Lo ocurrido aquella noche le había devuelto de golpe todos sus temores iniciales.

Tras tomarse la infusión y fumarse un cigarrillo, regresó a la cama, cansada. En cierto modo, la llamada de Manuel la había dejado despreocupada después del tremendo susto que se había llevado. Aún faltaban tres horas para tener que levantarse y preparar a los niños para ir al colegio y, para entonces, Manuel seguro que ya estaba con ellos, como siempre, con una enorme sonrisa para sus niños aunque llevase durmiendo una hora escasa.

Sin embargo, cuando Sara se despertó no había ni rastro de Manuel en la cama. Habría llegado demasiado cansado y se habría quedado vestido en el sillón, no sería la primera vez que ocurría aquello. Pero no, en el sillón no estaba ni en ningún otro lugar de la casa. Sara, ya despreocupada, levantó a los niños, los vistió y les preparó el desayuno. Estaba arreglándose ella, tarareando una canción, cuando sonó de nuevo el teléfono. Ya con la tranquilidad que otorgan las llamadas a la luz del día, imaginó que sería de nuevo Manuel, para decirle que llegaría tarde a llevar a los niños, pero que le esperase para desayunar. Descolgó el teléfono con alegría, convencida de que sería él.

—A ver, señor policía, ¿a qué hora piensa usted llegar a casa hoy? Los niños te están esperando… y yo también —contestó Sara en tono jocoso y meloso a la vez.

Su rostro palideció cuando una voz extraña al otro lado de la línea le preguntó, con tono de circunstancias:

—¿Es usted la esposa del capitán Manuel Verdejo? —Sara se limitó a mover la cabeza en gestos afirmativos, sin darse cuenta de que a través del teléfono no la podrían ver.

No hacía falta que le dijesen más. Había visto a demasiadas amigas pasar por ese trance, lo sabía de memoria. Cayó al suelo arrodillada, en estado de shock, sin percatarse de que la persona que había al otro lado de la línea telefónica seguía intentado ponerse en contacto con ella.

Dos días después, Sara y sus dos pequeños salían del cementerio con una preciosa cruz a los méritos que, a título póstumo, había hecho entrega el cuerpo de Policía Nacional al que hasta hacía dos días había sido su marido. A la salida del camposanto, una familia sin posibles pedía un poco de ayuda para alimentarse. Sin mediar palabra, Sara les tendió la valiosa cruz. Al menos podría contribuir a salvar alguna vida a cambio de la de su marido.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi vigésima participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 22, 23 y 24. ¡Cocinando el 25!