LA FIRMA

Como siempre que termina una serie, os dejo el relato “La firma” completo, para los que gusten de leer del tirón.

LA FIRMA

Mi trabajo como director general en una gran multinacional siempre me ha brindado la oportunidad de conocer a muchas personas. Siempre he sido una persona muy observadora y con una gran capacidad analítica, lo que me ha reportado grandes beneficios, tanto en el terreno laboral como en el personal. Era, y continúo siendo, capaz de analizar a las personas en tan solo unos minutos de trato con ellas, de manera que el modo en que apretaban mi mano, la más sutil variación en el timbre de voz o los gestos más imperceptibles ya me llevaban a formarme una opinión de la persona en cuestión bastante cercana a la realidad.

En el trabajo, mis subalternos siempre han sentido un gran respeto hacia mí, porque ya era de todos bien sabido que, desde el momento en que entraran por la puerta de mi despacho, yo sabría, sin lugar a ninguna duda, si aquello que me estaban contando era cierto o si, por el contrario, estaban mintiendo como bellacos. Con esto no quiero decir que fuese un jefe duro, más bien todo lo contrario, siempre me he considerado una persona afable y comprensiva que, por mi capacidad de reconocer a los demás, gozaba también de una gran empatía.

Llevaba bastante tiempo observando comportamientos extraños de parte de la directora financiera, pero los fui pasando por alto, por un lado, debido a la amistad que nos unía desde hacía varios años y, por otro, porque tenía que reconocer que su trabajo era excepcionalmente bueno. Por ello, cuando descubrí que estaba realizando maniobras encubiertas para evadir capital de la empresa, decidí darle una oportunidad. Le fui dando pequeños toques de atención, dejando entrever al mismo tiempo que estaba al tanto de todo, pero ella, dedicada como estaba a enmascarar a toda costa sus acciones fraudulentas, ni siquiera se percató de ello.

Jamás olvidaré su cara en el momento en que le comuniqué su despido con carácter procedente, de auténtica sorpresa y estupor. En un principio se indignó muchísimo, molesta por haber sido acusada de algo que no había cometido, pero según pasaban los minutos sus excusas se fueron volviendo cada vez más inconexas, como si estuviera intentado ocultar con solo dos manos los múltiples agujeros por los que se colaba el sol, hasta al final llegar a confesar su delito.

He de reconocer que el despido de mi compañera me causó un regusto amargo, a pesar de haber actuado en todo momento de la manera correcta e incluso haber levantado la mano cuando no debería ni siquiera haberlo hecho. La cuestión es que aquello hizo que bajase la guardia durante todo el proceso de selección de un nuevo candidato para su puesto. Dejé por aquella época de analizar a las personas que tenía ante mí, para enfocarme en valorar sus aptitudes curriculares, que jamás llegaban a estar a la altura de las de mi amiga.

No recuerdo cuántas personas llegaron a pasar por la sala de juntas, cuántos apretones de manos di ni cuántos «ya te llamaremos» salieron de mis labios con la consciencia de que jamás lo haría. Pero el hecho de tener que encargarme de realizar las funciones de dirección financiera, además de las propias de mi cargo, hicieron que, llegado el momento, me viese obligado a aligerar el proceso. De manera que, de entre de todos los currículos que no habían sido descartados de manera directa por mí, seleccioné los tres que mostraban las mejores aptitudes y competencias para el desarrollo del puesto.

En vista de que ya había seleccionado a mis tres candidatos, digamos, preferidos, dejé de encargarme del asunto, que puse en manos del departamento laboral con toda confianza. Cualquiera de ellos sería bienvenido y, además, con urgencia. La única directriz que indiqué fue que, ante la coincidencia de otros criterios, primase el de disponibilidad inmediata.

Aquella misma tarde ya tenía entre mis manos un contrato que debía firmar. Por fin, al día siguiente, dejaría de responsabilizarme de las pesadas tareas que el departamento financiero suponían para mí, que nunca se habían encontrado entre mis preferidas y, desde la humildad, he de reconocer que ni tan siquiera tenía la cualificación que yo mismo exigía de los candidatos. Fue entonces cuando me percaté. Justo al lado del lugar donde debía colocar mi rúbrica, otra ya había sido dispuesta previamente. Por la disposición de la misma, supe de inmediato que mi nuevo director financiero sería una mujer. Y por los rasgos que, a simple vista, podía observar de aquella firma, ya podía poner en duda mi nivel de concentración en los últimos días, puesto que una persona con tal firma habría llamado mi atención de inmediato.

Sin abandonar mi pose de jefe atareado que cumple con un mero trámite más, firmé el documento, pero solicité que se me entregase una copia del mismo. Fue algo fuera de lo habitual que, por la cara de circunstancias que puso mi compañero, sé que no le pasó desapercibido el gesto. Sin embargo, como también es costumbre en mí realizar de vez en cuando pequeños cambios, o incluso pruebas encubiertas a los trabajadores, cumplió con lo que le pedí sin mediar palabra.

Cerré la puerta de mi despacho, lo que significaba que no deseaba ser molestado. Cerré todas las cortinas, como si el asunto que me traía entre manos fuese de una confidencialidad absoluta, y analicé a fondo aquel documento. Como ya había supuesto, efectivamente, se trataba de una mujer, solo un par de años menor que yo. Solo con su número de cotización a la Seguridad Social ya pude intuir que llevaba una larga trayectoria laboral a las espaldas, aunque aquello no era ninguna novedad, puesto que los currículos que había dejado seleccionados eran espectaculares.

Necesitaba concentración para hacer lo que quería y, como en la oficina no terminaba de encontrarme lo suficientemente cómodo, me retiré pronto a mi domicilio, cosa que también supuso motivo de especulación para los trabajadores. No es que lo adivine, sino que me llegaban sus cuchicheos hasta la puerta del ascensor. Con rapidez, hice anotación mental de solicitar a los trabajadores un compromiso mayor de discreción. Como me descuidase, aquello se iba a convertir en una verdulería y jamás me han gustado los chismes de pasillo.

Cuando llegué a mi casa me recibió el mismo apartamento cerrado y solitario de siempre, en el que solía ahogar la soledad con largos tragos de cerveza una vez que había sustituido mi perfecto traje de ejecutivo agresivo por los cómodos pantalones de yoga. Pero aquella tarde había una prioridad para mí, y no era otra que realizar una interpretación a fondo de aquella firma que confirmara la sorpresiva reacción que había tenido hacía solo unas horas al verla en mi despacho sobre aquel documento que tanto había esperado.

Ni siquiera me detuve a cambiarme de ropa. La luz del día aún entraba por entre las láminas de las persianas que habían quedado cerradas aquella misma mañana, y que permanecían así durante la mayor parte de los días hasta que llegaba el fin de semana. El piso olía a cerrado y a rancio, con una atmósfera viciada por la cantidad de cigarrillos acumulados en el cenicero que solo vaciaba una vez por semana. Pero aquellos pequeños detalles pasaron casi percibidos por mi mente, que solo tenía un objetivo en el que centrarse. Aún así, me tomé un par de segundos para sacar una cerveza bien fría de la nevera.

Entré en la habitación que hacía las veces de despacho. Allí era donde pasaba horas encerrado casi todos los días revisando trabajo que me había llevado para casa. El único orden visible allí dentro era el que reinaba en la mesa de trabajo, sobre la que solo reposaba el ordenador portátil. El resto de la habitación era un auténtico caos. Las estanterías estaban repletas de documentación personal que iba apilando sin ton ni son sobre los libros. Pilas enormes de más libros, de todos los géneros, aparecían desperdigadas por aquí y allá sobre el suelo. Varios aparatos de ejercicio también rellenaban el escaso suelo disponible en el cuarto. Podría parecer que sería imposible encontrar algo en aquel completo desorden si no fuera porque mi cerebro iba apilando la información acerca de dónde estaba cada cosa en el mismo orden en el que yo las iba dejando dentro de aquel santuario del caos.

La luz era tenue, muy cálida, y provenía de una lámpara de bambú muy sencilla que colgaba del techo a punto de caerse sobre mi cabeza en cualquier momento. Cualquiera que me conociese jamás habría imaginado el estado tan catastrófico en el que mantenía aquel cuarto que tanto utilizaba y que estaba cerrado a cal y canto para las visitas. Pero yo hubiese podido entrar con los ojos cerrados y aún así haber sorteado cada uno de los obstáculos que se interponían entre la entrada y mi mesa.

Solo conseguí relajarme cuando me senté en mi silla, después de haberme despojado de la chaqueta del traje, que quedó tirada sobre uno de los aparatos que utilizaba para ponerme en forma. Entonces sí, aflojé el nudo de mi corbata, di un sorbo a la cerveza y, mientras encendía un cigarrillo, extraje de mi carpeta la fotocopia del documento que había firmado unas horas antes.

Me quedé tan absorto contemplando aquella firma que el cigarrillo se convirtió en colilla entre mis dedos. Un rastro de ceniza había ido cayendo sobre mis perfectos pantalones de lana. La esparcí con una mano sin darle importancia a dónde cayera. Mis ojos solo podían seguir una y otra vez los giros que habían sido trazados sobre el papel. Delante de mí eran de color negro, pero el original tenía el brillante color azul de una pluma estilográfica y, además, de buena marca, deduje. El trazo era firme, sin temblores ni una pequeña señal de haber levantado la pluma del papel ni haber ejercido menos presión de la necesaria.

Cuando quise darme cuenta, ya habían pasado las diez de la noche y, no solo no había conseguido analizar aquella firma, absorto como estaba, sino que ni siquiera había sido consciente del transcurso del tiempo. La cerveza  seguía en la misma posición en que la dejé al llegar, casi sin probar, ya por completo caliente. Mi cuerpo ni siquiera había reclamado la dosis de nicotina de costumbre y mucho menos la cena. Decidí que tenía que salir de aquel estado que me había mantenido absorto durante horas, así que fui a prepararme algo ligero para cenar, no sin antes comprobar el nombre de la propietaria de aquellas líneas. Ángela…

Ángela, Ángela, Ángela… Aquel nombre se mantuvo dando vueltas en mi enturbiada consciencia durante toda la noche en la que, sin resultado, intenté dormir un poco. Una noche completa de insomnio en la que solo escuchaba ese nombre y aquella firma que tanto me había cautivado daba vueltas entre tanto por mi imaginación como si fueran fotogramas. Dejé sonar el despertador en una búsqueda desesperada de que aquel sonido tan rutinario consiguiese devolverme a mi realidad. No conseguí aguantar ni durante dos segundos aquel tormento que impedía que en mi cabeza resonase con nitidez el nombre.

Busqué en la ducha el mismo consuelo que el despertador no había sido capaz de proporcionarme. Tampoco el resultado fue el esperado. Las gotas de agua que caían sobre mí parecían repetir el nombre en tímidos tamborileos y creí reconocer las fuertes curvas de aquella impactante firma incluso en el cable que se enroscaba alrededor del grifo cuando depositaba sobre él la alcachofa. Dentro de mi metódico mundo, creo que jamás llegué a encontrarme tan obsesionado con algo ni con alguien como lo estaba en estos momentos.

Aturdido por completo, me serví un café con leche y unas tostadas, el desayuno de cada mañana. El aroma del café por fin parecía disipar un poco las brumas que cubrían mis neuronas, que hasta entonces habían estado enfocadas en aquel único nombre y aquella firma cautivadora. Contra todo pronóstico, avisé en la oficina de que trabajaría desde mi casa aquel día, pues no me encontraba muy bien. Solo hubo que cancelar las reuniones que tenía comprometidas para aquel día y organizar de nuevo la agenda. Creo que nunca había sentido tal placer ante la perspectiva de una mañana de trabajo en casa. Trabajo que, evidentemente, iba a estar encaminado a esclarecer el tema de mi obsesión.

Desconecté mi teléfono móvil, en una clara advertencia de que no quería recibir ninguna molestia y, tras fumar el cigarrillo más gratificante de la historia, sorteé los mil obstáculos que se interponían en mi camino hacia mi mesa de trabajo. Con la mente ya más despejada y la garantía de que no iba a ser interrumpido, me concentré en el documento que guardaba con tanto celo desde el día anterior, el culpable de mi insomnio y de mi agitación.

Aun así, me llevó más o menos una hora realizar un minucioso análisis visual de la firma. No era una firma complicada ni enrevesada, pero permitía obtener tal cantidad de información de la persona que la había plasmado, que era impresionante. Esos trazos firmes, sin ninguna evidencia de inseguridad, aquellos giros tan bien definidos, cuyo trazo no se iba diluyendo con el avance, sino al contrario. Hice una pausa para fumar un cigarrillo y prepararme un café solo mientras arrancaba el equipo. Estaba preparado para redactar un completo informe sobre la personalidad de Ángela.

Para cuando llegó la hora de la comida, yo ya estaba más que satisfecho con el resultado obtenido. Si las personas fuesen plenamente conscientes de la cantidad de información que puede aportar una firma o un simple escrito a mano, con total probabilidad realizarían cambios constantes en su grafología. Por suerte para mí, eso no era habitual. Descansé aquella tarde muchísimo más de lo que lo había hecho la noche anterior y, tras una cena ligera, me fui a la cama sabiendo que dormiría toda la noche de un tirón. Estaba más que preparado para conocer a Ángela en persona al día siguiente.

La noche transcurrió tal y como la esperaba. Desde temprana hora me envolvió un sueño plácido y tranquilo, por completo reparador. Para cuando el despertador quiso emitir su primer timbre traicionero al amanecer, yo ya estaba en pie, me había duchado, afeitado y tarareaba una canción mientras preparaba mi desayuno. Hacía tiempo que no sentía semejante vitalidad por la mañana, acostumbrado a tomar un café solo entre sueños y salir pitando para el trabajo. Mi excelente humor y un desayuno en condiciones, hicieron que aquella mañana quedase archivada en mi memoria bajo la etiqueta de una de las más agradables de mi vida.

Cuando llegué a la oficina, aún no había nadie. Disfruté de aquellos momentos de tranquilidad tan escasos mientras me preparaba otro café. El sonido de las llaves en la puerta me puso en alerta, todavía faltaba casi media hora para que comenzase la jornada laboral, así que salí, con mi café en mano, a ver quién era aquella persona tan madrugadora. Tuve que detener mis pies de sopetón en la puerta del office ante un torbellino asolador que avanzaba por el pasillo de la oficina. Mi recién estrenado café estuvo a punto de pasar a mejor vida sobre el suelo de moqueta ante el ímpetu de aquel fenómeno meteorológico que se había manifestado de repente para irrumpir en la paz que manteníamos la oficina y yo. Pasó volando por delante de mí, y, una vez que hubo procesado que no estaba sola, se detuvo un par de metros más adelante para girarse con curiosidad.

Era ella. Ángela. La mujer de la firma arrebatadora que me había cautivado desde un primer instante. Era su segundo día en la oficina y no me conocía, con lo cual yo partía con ventaja en aquel inesperado juego que acababa de comenzar por mi parte. O al menos eso era lo que yo creía.

Mantuvimos una breve conversación en el pasillo y la invité a un café. Ella declinó con delicadeza mi invitación y salió corriendo a refugiarse en su despacho. Un momento, ¿qué es lo que estaba ocurriendo? Para nada era la reacción que esperaba recibir de ella. La mirada se dirigía hacia el suelo mientras conversábamos, en una actitud que no correspondía para nada con lo que aquella firma me había dicho de ella. Su tono de voz era tan bajo que casi podría decir que hablaba en susurros, tuve que hacer verdaderos esfuerzos por escucharla. Y, en cuanto tuvo ocasión, se despidió con timidez y se encerró en su despacho.

Yo me dirigí hacia el mío pensativo. No podía ser, jamás habían fallado mis análisis grafológicos. ¿Había perdido dos días analizando una firma que me había cautivado, para nada? Y lo que era peor, aquella actitud no era la que yo estaba buscando en mi nueva directora financiera. La convoqué a una reunión de emergencia en mi despacho.

La persona que entró en mi despacho poco o nada tenía que ver con la muchacha tímida y asustadiza que había conocido hacía apenas una hora. Segura de sí misma, determinante e inflexible, aquella mujer era un auténtico tiburón financiero. En apenas cinco minutos me planteó una nueva estrategia que podría suponer un incremento sustancial en los beneficios de la empresa. En tan solo dos días, Ángela había conseguido más que la persona que ocupaba antes su puesto en todos los años que estuvo ejerciendo su profesión. No lo podía negar. Acompañaba datos concretos y gráficos tremendamente explicativos.

Cuando salió de mi despacho, comprendí. Así que Ángela utilizaba una coraza que, o bien encubría perfectamente su verdadera personalidad cuando estaba trabajando, o era al contrario, aquella era su verdadera personalidad y fuera de su ámbito laboral la inseguridad la desbordaba. Solo podía hacer una cosa. Trazar un plan para desenmascarar su verdadera personalidad fuera de la oficina. Aquella mujer me gustaba y mucho. Como fuese, iba a conseguir que nuestra relación saliese de las cuatro paredes de aquel despacho. Sabía que podía hacerlo. Quizá debería dedicarme a la psicología, ¿quién sabe?

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

La firma by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

6 comentarios en “Por capítulos: “La firma”

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