MASHHUR

MASHHUR

Mashhur despierta al alba cada día, toma un frugal desayuno y camina durante media hora para llegar a la mezquita. Le hacen bien esos paseos matutinos, le despejan la mente y el alma, a la par que despojan de dudas a la parte racional de su ser que le invade cada noche como si fuera un castigo. Para cuando alcanza a divisar el minarete que tanto admira, su ser espiritual ya ha despertado, y lo ha hecho con total plenitud.

Ya en el patio de la mezquita, mientras realiza las preceptivas abluciones, Mashhur agradece a Alá poder disponer de un templo para la oración en el que país que le acogió gustoso hace ya tantos años. Es una persona humilde, trabajadora y, sobre todo, agradecida. Cubre sus ropas con la amplia chilaba color crema heredada de su padre, que guarda con pulcritud en su riñonera de cuero negro. Ajusta en su cabeza la hiyab y se despoja del calzado para disponerse a entrar en el templo. El sol está a punto de verter sus primeros rayos sobre la ciudad.

Sabe que tardará unos buenos diez minutos en acostumbrar a sus pies a la fría dureza del suelo del interior de la mezquita, el mismo que dentro de unas horas el propio Mashhur habrá dejado limpio como una mancerina. Dedica este tiempo a observar las inscripciones de su interior, en un intento por no olvidar la caligrafía de su lengua natal, que en tan escasas ocasiones tiene la oportunidad de utilizar. Toma la mopa con sus manos encallecidas y morenas y, en silencio, da comienzo a su trabajo. Ninguna queja sale de sus labios durante la jornada casi maratoniana de mantener el santo lugar pulcro e inmaculado, a pesar de que se hubiese tratado de un perfecto desahogo. Acepta con igual resignación la llegada de los primeros visitantes a la mezquita, sin lograr comprender aún, después de tantos años, que se permita esa explotación comercial de tan sagrado espacio. Al fin y al cabo, él no es nadie para imponer opiniones y esta es la vida que le ha tocado vivir. No, no tiene queja alguna.

Finaliza su tarea a escasos cinco minutos de que la llamada a la oración le llegue amortiguada por los gruesos muros del templo. Se dirige hacia la sala de oración mientras esquiva a un grupo de turistas que le realiza fotos sin su permiso a pesar de la prohibición expresa de no tomar fotografías en el interior del edificio. Les lanza una mirada reprobatoria, pero mantiene su mutismo. Las alfombras que cubren los suelos de la sala de oración dan la bienvenida a sus doloridos pies descalzos. La extrema suavidad de las mismas ya le transporta a otro plano sensorial, dejando en la puerta de entrada, bien custodiadas, sus aflicciones.

Cuando Mashhur sale al exterior después del rezo, se siente purificado. Es tal la calma que le invade que la media hora de camino hacia su casa se le antojan diez minutos escasos. Sus amigos estarán ya esperándole en el bar de la esquina, donde no podrá evitar compartir unas cervezas con ellos. Los más de diez años de convivencia en la cultura occidental le hacen dudar de las convicciones que con tanto fervor cultivó desde su infancia y que acaba de ratificar hace un rato. Incluso las estrictas condiciones del Ramadán se le empezaron a hacer cuesta arriba hace ya muchos años. Aquí todos parecen más felices sin creencias religiosas o practicando la laxa doctrina de un Dios que es el mismo que el suyo, por mucho que se empeñen en otorgarle otro nombre. Como cada noche, Mashhur pasará de nuevo las horas inquieto, sin lograr conciliar un sueño por completo reparador, acongojado por las dudas que pueblan su interior a diario, poniendo en algún punto de una cuerda floja su fe.

Mashhur despierta al alba cada día, toma un frugal desayuno y camina durante media hora para llegar a la mezquita. Le hacen bien esos paseos matutinos, le despejan la mente y el alma, a la par que despojan de dudas a la parte racional de su ser que le invade cada noche como si fuera un castigo. Para cuando alcanza a divisar el minarete que tanto admira, su ser espiritual ya ha despertado, y lo ha hecho con total plenitud.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

192. REÍRSE

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2 comentarios en “El relato del viernes: “Mashhur”

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