SON SUEÑOS

 

SON SUEÑOS

Cuando desperté de aquel sueño agitado que me había tenido en un cruel duermevela durante toda la noche y que era el culpable de que hubiese despertado recubierta por un untuoso barniz compuesto por litros de sudor, sentí la imperiosa necesidad de levantarme de la cama que había sido la causante de mis desvelos. A oscuras, en la densa penumbra que aún sometía a mi casa aquella implacable noche de verano desprovista de luna, avancé por el angosto corredor hasta alcanzar la cocina. Los brillantes números rojos del reloj digital del microondas me saludaron desde la izquierda, origen hasta el momento de la única fuente de iluminación de toda la casa.

Busqué a tientas el interruptor de la luz, haciendo reptar mis dedos sobre los fríos azulejos de porcelana del alicatado. Cuando al fin lo alcancé, una intensa luminosidad me dañó los ojos, provocando que tuviese que cerrarlos durante unos instantes. El fogonazo lumínico subió de inmediato hasta el mismo centro de mi agotado cerebro, causando a su paso un intenso dolor de cabeza que me acompañó durante el resto de la noche. Una vez más, tendría que recurrir a mi dosis habitual de ibuprofeno para conseguir aliviar levemente el martilleo incesante en las neuronas más despiertas de mi materia gris. Si no lo hacía, estaría anulada por completo durante todo el día.

Cuando al fin mis debilitados y enrojecidos ojos lograron reaccionar, mi corazón amenazó con salir desbocado como potro salvaje del interior de mi pecho. Me vi en la obligación de friccionarlos con mis nudillos en un intento desesperado por lograr comprender algo de lo que estaba ocurriendo. Mi cocina lucía ante mis incrédulos ojos de una manera por completo diferente a la habitual y cotidiana. Los muebles, por ejemplo, eran los mismos de siempre, pero mostraban un color azul eléctrico que dañaba aún más mi ya de por sí maltrecha visión. Objetos irreconocibles para mí ocupaban la superficie de la encimera, que la noche anterior yo misma había dejado impoluta y despejada. Unas vulgares cortinas floreadas otorgaban al conjunto un aire ecléctico, colgando livianas sobre el gran ventanal que hasta ayer mismo había estado cubierto por una bonita persiana veneciana.

Salí de la cocina con un cóctel de sensaciones en m interior que iban desde el pavor a la incredulidad. Mi mente racional me indicaba que era verdaderamente inverosímil lo que acababa de ver, pero mi sistema sensorial demostraba lo contrario. Me dirigí hacia el salón y encendí la luz con una mezcla de premura y nerviosismo corriendo a partes iguales por mi torrente sanguíneo. La situación allí era aún peor si cabe. Las blancas paredes lucían cubiertas por un estrafalario papel que recordaba al estilo de los años setenta, como si hubiese salido de alguna apolillada serie de televisión. Grandes cojines cubrían la mayor parte del suelo, que ya no era de madera, sino de un terrazo insulso veteado en gris y marrón. El toque definitivo lo otorgaba al conjunto una singular lámpara de lava que se puso en funcionamiento en el mismo instante en que yo pulsé el interruptor de la luz, envolviendo todo a su paso en una cálida tonalidad violeta.

Regresé a mi dormitorio como si esperara encontrar mi cuerpo dormido y relajado sobre la cama. Era imposible lo que estaban viendo mis ojos, tenía que haberme percatado de la gran diferencia que presidía mi cuarto cuando me levanté hacía unos minutos, pero es posible que el aturdimiento provocado por el despertar repentino de mi pesadilla nocturna me hubiese impedido apreciar las cosas con claridad, cosa harto difícil si tenemos en cuenta que mi gran cama de matrimonio había sido sustituida por una de formas redondeadas y tonos insultantes de rosa.

Cerré de nuevo los ojos. Necesitaba centrarme en buscar una posible explicación racional a todo aquello que me mostraban los ojos. Cuando los abrí, desperté de súbito con la respiración agitada y el cuerpo bañado en sudor. Mi cama era la de siempre y el salón, que se divisaba en parte desde mi dormitorio, volvía a lucir su aspecto habitual, ya tenuemente iluminado por la claridad característica del comienzo de un nuevo día.

Ya me planteo con seriedad la posibilidad de concertar una cita con algún reconocido psicoanalista. Solo había sido un sueño, pero… tan real… ¿Y si no…?

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

206. ESTRELLAS

5 comentarios en “El relato del viernes: “Son sueños”

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