INTROPIA 20 - AGOSTO 2018

Como en meses anteriores, os traigo el nuevo número de la revista Intropia nº 20, correspondiente al mes de agosto. Como siempre, tras la mano de la genial Isabel di Vinci, sale a la luz un nuevo ejemplar de la revista con unos muy interesantes contenidos y un diseño espectacular. Podéis acceder al contenido de la revista en este enlace.

Y para no perder la costumbre, os traigo hasta aquí mi colaboración, que espero que os guste.

AGOSTO OTOÑAL

AGOSTO OTOÑAL

Corría un mes de agosto en el que el calor se convertía en pegajoso hasta casi volverse insoportable. Mario llevaba todo el año escudado bajo la capa protectora de una rutina aplastante, encerrada entre trabajo y familia, que evitaba que su mente se dirigiese a pensar en aquello que no debía, que no quería. Pero, con la llegada del mes agosto y el cierre por vacaciones de su empresa, la de toda la vida, se había visto obligado a disponer de un tiempo libre que no debía permitirse.

En previsión de ello, había planificado unas vacaciones, para él, extraordinarias. No había día que no hubiese sido programado al segundo, actividades, cursos, incluso clases de baile, se sucedían en su planning estival trazado con una precisión milimétrica y una caligrafía impoluta en las páginas de su agenda, aquella que siempre le acompañaba a donde quiera que fuese. Actividades, todas ellas, de mínimo riesgo y soporíferas para cualquiera que desease unas vacaciones de película.

Mario siempre se miraba en el espejo de pasada, lo estrictamente necesario para un apurado impecable de su rebelde barba, que crecía cada día a una velocidad de vértigo, lo que le profería a últimas horas de la tarde un aspecto desaliñado. Lo hacía sin detenerse a observar la verdadera imagen que le ofrecía aquel pedazo de cristal que debía visitar cada mañana por obligación. Su mirada siempre se centraba en el deslizar de la cuchilla sobre su piel, en volver a ser persona.

En aquel mes de agosto soporífero, encontró la resistencia de su familia a aquella agenda introducida a presión en sus vidas, sin permitirles un segundo de descanso. Mario no tuvo más remedio que claudicar, por el bien familiar, cuidándose mucho de no exponer sus verdaderos motivos para no querer disfrutar ni un segundo de ocio al día.

Una tarde calurosa, tras una sobremesa pesada debido al acuciante calor y a la copiosa comida, acompañada por varias jarras de cerveza helada en un intento desesperado por mitigar la sensación de asfixia que provocaban las altas temperaturas, Mario entró en el pequeño cuarto de baño de aquel apartamento de alquiler con la guardia bajada. Lo primero con lo que se encontró fue con su propia imagen reflejada en aquel espejo ovalado que presidía la pared frontal del baño.

Contempló su imagen desde la puerta, paralizado, sin atreverse siquiera a dar un paso al frente. No reconocía a aquella figura que le devolvía la mirada asustada desde el otro lado del espejo. Allí había una persona desconocida para él. Frente a él, un rostro surcado de pequeñas arrugas le contemplaba extasiado. Se fue aproximando poco a poco, para contemplar cómo las numerosas canas que cubrían su ya menguada cabellera hacían juego con las que apuntaban insolentes de sus mejillas, las que había apurado hacía apenas unas horas. Aquel tipo del espejo lucía sin ningún tipo de pudor una incipiente barriga que sobresalía trémula sobre la cinturilla apretada de un bañador de colores fosforescentes.

Llevaba tanto tiempo negándose a la evidencia que contemplar su propio otoño en aquel destartalado espejo de un baño ajeno le devolvió de una bofetada a la realidad que llevaba años negándose a aceptar.

Se lavó la cara con agua fría para intentar rebajar el carmesí que había teñido sus mejillas en un instante y salió en busca de Carmen, su esposa. La besó con la pasión olvidada en años de pura rutina. Levantó a sus hijos que, amodorrados en el sillón-cama de estampado floral, no separaban la vista de las pantallas de sus teléfonos móviles.

—¡Vamos, chicos! —los animó, en un tono de voz que ninguno de ellos le había conocido—. ¡Esta tarde vamos a hacer submarinismo!

Esposa e hijos le miraban con asombro y una media sonrisa dibujada en el rostro. No alcanzaban a comprender qué le ocurría a Mario, el marido de postureo, el padre planificador que nunca quería hacer nada que se saliese de su sempiterna agenda. El más pequeño cogió la agenda para comprobar que aquella tarde estaba dedicada a ver una exposición de criaturas marinas en el Museo del Mar. Mario le arrebató en décimas de segundo la agenda de entre las manos y, con una sonrisa pícara, la arrojó por el balcón.

Ya había desperdiciado demasiada vida sin vivir, había llegado el momento de disfrutar de aquel otoño maravilloso que le quedaba por delante.

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en https://anacentellasg.wordpress.com

*Imagen: Pixabay.com (editada)

212. CALM

8 comentarios en “Revista Intropia Nº20 – Agosto 2018

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