EL RAMO

EL RAMO

Tenía que reconocer que el día estaba resultando maravilloso. El enclave era precioso, situado en una pequeña cala que, a aquellas horas de la tarde, permanecía casi desierta. El sol descendía con lentitud hacia el horizonte y todo estaba cubierto por un embaucador tono dorado. Varias decenas de sillas forradas en raso blanco y engalanadas con hermosas rosas rojas habían acogido a los invitados, todos ellos ataviados en tonos blancos. Frente a las hileras de sillas, dispuestas con una precisión milimétrica, un pequeño altar, en el que los novios se habían dado el sí quiero en una ceremonia sencilla y emotiva, completaba el idílico escenario.

El amor flotaba en el ambiente, casi se podía respirar una fragancia empalagosa que emanaba de todas las parejas presentes. Quien más y quien menos había caído bajo el romántico influjo de la maravillosa puesta de sol en aquel lugar paradisíaco, unido a la magia de la boda que acababa de celebrarse. Las parejas jóvenes se deshacían en arrumacos mientras observaban cómo el sol moría en el horizonte; los más mayores revivían la nostalgia de sus noviazgos, regalándose cariños que demostraban al mundo que su amor aún se mantenía vivo. Mientras tanto, elegantes camareros repartían copas de cava con las que bañar el mágico momento.

Cristina no podía menos que sentirse un poco fuera de lugar. Por supuesto que disfrutaba de la magia del atardecer y compartía la alegría de su mejor amiga, que acababa de contraer matrimonio, pero el hecho de encontrarse sola entre tanto enamoramiento le molestaba. Poco a poco, todas sus amigas habían ido formando familia o, al menos, tenían una pareja estable, menos ella. Se sentía bien así, nunca había envidiado su situación ni había dejado de verlas por este hecho, pero en esos momentos hubiera dado lo que fuera por desaparecer de allí. A cada minuto que pasaba se encontraba un poco más incómoda.

Acababa de tomar la quinta copa de cava de una bandeja que pasó por su lado como una exhalación, cuando se fijó en él. A pocos metros de ella, acodado sobre la improvisada barra desde la que se servían las bebidas, un hombre moreno con una bonita sonrisa la miraba con intensidad. Cuando sintió su mirada sobre él, este guiñó un ojo y levantó su copa hacia ella en señal de saludo. Las piernas de Cristina se pusieron a temblar. No sabía qué hacer, si continuar como hasta ahora, sola, haciendo de niñera para sus amigos, o acercarse hasta aquel hombre que parecía haberse interesado en ella. Tras unos segundos de duda, la decisión no fue demasiado difícil. Apuró su copa, la depositó sobre una bandeja y se dirigió hacia él.

Desde el primer momento la conversación fue fluida entre ambos. Se las ingeniaron para sentarse juntos en la cena, a pesar del orden preestablecido para las mesas, y pasaron una noche encantadora de risas y charla. Cristina no sabía si era por el alcohol, por el ambiente tan romántico que dominaba en la boda o por la simpatía de su compañero de mesa, pero hubo un momento en la noche en el que llegó a ilusionarse por encontrarse a sí misma en una situación así, como protagonista de una boda tan encantadora como aquella, y por su imaginación pasó incluso formar una familia junto a aquel hombre que acababa de conocer. Con lo independiente que se consideraba, le resultaba extraño aquel sentimiento de ilusión por algo que nunca había deseado ni necesitado.

Tras la cena, y antes de que comenzase el baile, la novia lanzó su ramo. Descalzas sobre la arena de la playa, las pocas solteras que había en el evento esperaban ilusionadas que cayese en sus manos. Cristina, tras el exceso de imaginación que había tenido lugar durante la cena, también lo esperaba con ilusión. El ramo volaba por el aire como en cámara lenta y ella tenía que conseguirlo como fuera, pero tratando de no parecer desesperada. No hizo falta ni que se moviese del lugar, las rosas rojas trazaban una parábola que iba en la dirección correcta, directamente a sus manos. Se limitó a estirar los brazos para recogerlo antes de que la mano de alguna otra chica lo hiciese antes que ella. De hecho, llegó a rozarlo con la punta de los dedos cuando, aparecida de quién sabe qué lugar, una mano masculina se interpuso, enviando el dichoso ramo hacia el resto de féminas, que gritaban entusiasmadas.

Cristina, decepcionada, se giró para ver a quién pertenecía aquella inoportuna mano. Allí estaba él, el hombre con el que llevaba media noche fantaseando planes de futuro. «Vaya, será mi destino permanecer soltera», pensó. Y, con una sonrisa de agradecimiento por haber evitado aquella bochornosa escena que estaba a punto de protagonizar, le tomó de la mano y ambos desaparecieron abrazados de la fiesta.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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El ramo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

242. GALIANO

5 comentarios en “El relato del viernes: “El ramo”

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