Mi jueves de poesía: “Jugar con fuego”

Mi jueves de poesía: “Jugar con fuego”

 

JUGAR CON FUEGO

JUGAR CON FUEGO

Yo quise entrar en tu infierno,
quemarme en el mismo fuego
en el que morían en llamas
las promesas que me hiciste
cuando el cielo que nos cubría
aún mantenía su brillante tono azul.
Quise quemar con mi cuerpo
todos aquellos demonios
que guardabas con recelo
y adentrarme en tus tinieblas
donde las llamas que ardían
solo iban ataviadas de un opaco color gris.
Conseguí mi cometido,
me he prendido con tu fuego,
ahora las llamas me envuelven
y entre el calor de mi lumbre
aprenderé la lección,
solo consigue quemarse el que con fuego
jugó.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

268. ARMAS

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Reseña: “Luz velada”

Reseña: “Luz velada”

 

RESEÑAS LITERARIAS

Hoy nos adentramos de lleno en el mundo de la poesía. Una poesía de calidad que viene de la mano de la poeta Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. He de decir que he tenido la suerte de poder conocer a Isabel en persona y que he encontrado una persona cálida, sencilla, bondadosa, un auténtico encanto de mujer. “Luz velada”, es uno de los tres poemarios que ha publicado Isabel, siempre bajo el sello de Ediciones Vitruvio. Comenzamos, como siempre, con una pequeña ficha técnica:

FICHA TÉCNICA

Título: Luz velada

Autora: Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Editorial: Ediciones Vitruvio

Año de publicación: 2015

Presentación: Tapa blanda

Número de páginas: 124

ISBN: 978-84-944437-9-4

SINOPSIS

Poesía intimista contemporánea

SOBRE LA AUTORA

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, nacida en Mieres (Asturias) en 1947, ha sido Profesora Titular de la Facultad de Biología de la Universidad Complutense de Madrid.

Es autora de Al son de las mareas y Las farolas caminan la calle, publicadas con Ediciones Vitruvio. Luz velada es el segundo libro de poesía que publica.

62. RESEÑA LUZ VELADA

La poesía de Isabel es elegante, intensa y armoniosa. Versos libres que te llenan el alma, poemas que puedes paladear, deleitarte en ellos, que piden ser leídos una y mil veces. Poesía digna de ser disfrutada con tranquilidad, como si se tratase de un pequeño tesoro que tienes la suerte de acariciar con tus manos.

El poemario está estructurado en cinco libros, cada uno de los cuales está dedicado a una temática muy concreta. Poemas que hablan, cómo no, del amor, de la vida, de la muerte (entendida esta en sus más diversas vertientes), del paso del tiempo, de la pérdida de la juventud, del cariño de los hijos, de la enfermedad, del renacer a la vida a través del cariño de los nietos.

Como siempre, os traigo hasta aquí uno de sus poemas para que lo podáis disfrutar por vosotros mismos. El título, «Cuando el mar se desvanece»:

Cuando el mar se desvanece

se escuchan los ecos de la muerte

navegando entre silencios de medusas.

Suspiros

de cuantos ahogaron sus penas

adentrándose desde sus orillas.

Clamores

de quienes naufragaron tormentas

en sus aguas abisales.

Llantos

de cuántas vidas duermen

en el silencio de sus fondos.

¡Cantos de sirena!

Me gustaría destacar también otro poema dedicado a nuestra gran compañera de letras Julie Sopetrán. Se titula «Una de ellos» y dice así:

Desde la lejanía escucho el eco ronco

nacido entre las ruinas del monasterio.

Su corazón desgarrado grita

lágrimas de sangre inocente.

Se siente una más de ellos,

madre, padre, abuelo, hijos, nietos.

Por cada asesinato

un cuchillo en su cuerpo.

Por cada desaparecido

una bala en su fe en México.

La acompañé en cada silencio

y esperé paciente su desahogo.

No tardó en llegar.

Los muros del claustro se estremecieron

cuando vomitó

el agrio sabor de la impotencia

y el frío dolor de la injusticia

en palabras de denuncia.

En cifras de sangre que aterrorizan al miedo.

En versos que resucitan muertos.

Muy recomendado si quieres mecerte en versos, que te acunan desde el primero al último, de una manera mágica que te envuelve en todo instante.

A título personal, he de decir que me ha llenado más Luz velada que Las farolas caminan la calle. Lo encuentro más íntimo, especial. Os toca a vosotros conocerlos y formar vuestra propia opinión. Lo que es seguro es que no os defraudará.

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281. PRINCIPITO

“Sequía creativa” – Desafíos Literarios

“Sequía creativa” – Desafíos Literarios

 

SEQUÍA CREATIVA

 

Aquí os dejo con una de mis últimas aportaciones a Desafíos Literarios, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

 

SEQUÍA CREATIVA

Rafael se quitó la pipa de la boca y una expresión de preocupación se reflejó en su rostro. Hasta mí llegaba el aroma sutil del tabaco que se iba quemando con lentitud en la pequeña cachimba y oleadas de recuerdos me asaltaron en un instante. Era un olor que debía de tener aislado en cuarentena en algún recóndito lugar de mi cerebro, porque lo cierto es que no lo recordaba. De pronto, fue como si hubiese dado un salto hacia atrás en el tiempo y hubiese aterrizado de golpe en una noche fría de invierno mientras escuchaba las batallitas que solía contarme el tío Juan junto a la estufa.

El tío Juan. ¿Qué habría sido de él? Hacía por lo menos treinta años que no lo veía. No solo eso, tampoco se había vuelto a pronunciar su nombre. Mi padre había borrado a su hermano de nuestras vidas de un plumazo por algún tipo de desavenencia entre ellos que jamás nos llegó a contar y que nunca hubiese llegado a comprender, aunque siempre tuve mis sospechas de que tenía algo que ver con mi madre. En cualquier caso, ni mi corazón ni mi mente habían estado nunca preparados para comprender la separación de dos hermanos.

Sea como fuere, lo cierto era que la última vez que había visto al tío Juan yo tenía diez años y, a partir de entonces, se prohibió hablar de él tan siquiera. Yo me sentí decepcionada, enfadada, iracunda. Sus problemas serían suyos, no me importaba que quedasen entre ellos dos, pero yo no tenía nada que ver. No era justo. En secreto, yo tenía la creencia de que el tío se pondría en contacto conmigo. Soñaba con encuentros clandestinos con él a escondidas de toda la familia, para algo era su sobrina favorita. O, al menos, eso era lo que me decía, pero a la hora de la verdad, desapareció sin dejar rastro. Así que me obligué a olvidarlo. Y ahora, el aroma de la pipa de Rafael lo había vuelto a traer a mi memoria sin permiso.

El tío Juan era solo un par de años mayor que mi padre, pero mucho más atractivo, ahora que lo recuerdo. A pesar de su relativa juventud, siempre fumaba en pipa, una costumbre que yo tenía atribuida a personas de una edad más avanzada o de otro nivel social. Y, entre el humo aromatizado del tabaco, yo pasaba las horas junto a él, que engarzaba una historia con otra sin cansarse. Solía decir que le encantaba ver mi mirada asombrada mientras le escuchaba y, por eso, me las contaba con mayor placer. Nunca llegué a saber si todas aquellas historias eran ciertas o no, pero yo me quedaba embelesada mientras le escuchaba. Lo adoraba. Para mí, era un auténtico héroe. No en vano, había sido corresponsal de guerra durante muchos años, hasta que un importante daño sufrido en una de las contiendas lo trajo de vuelta a las oficinas. Y yo me alegraba por ello.

Un lejano rumor llegaba hasta mis oídos mientras pensaba todo aquello, pero yo solo podía recrearme en la maravillosa sensación de aspirar el aroma de la pipa y evocar un pasado que había estado durante tanto tiempo enterrado en el fondo de alguna laguna de mi memoria, cual si fuese un cadáver a esconder. Con estos recuerdos, todas las historias narradas por el tío Juan volvieron en tropel. Aquella en la que… Y aquella otra… «Un momento», mi cerebro me habló alto y claro en el interior de mi cabeza, «¿y si? Podría funcionar, ¿no?». «Podría funcionar», me repetía a mí misma, mientras el murmullo que oía a mi alrededor se iba haciendo cada vez más nítido, hasta que conseguí salir de mi ensimismamiento y lo escuché a la perfección. Quizá ayudó un poco la mano que me zarandeaba un brazo, cada vez con más fuerza.

—Sofía… ¡Sofía! ¿Me estás escuchando? —volví a escuchar la voz de Rafael con nitidez, además del tráfico de la avenida donde estábamos sentados tomando un café—. Llevo tres meses esperando a que me envíes el manuscrito de tu nueva novela. ¡Tres meses! Te he llamado todos los días y solo me has dado largas. ¡Y ahora me dices que no tienes nada! ¡Que las musas te han abandonado! ¡Que tienes sequía creativa! Por favor, Sofía, céntrate, no me obligues a tener que tomar decisiones difíciles.

Dibujé una sonrisa en el rostro mientras tomaba un sorbo de mi café ya tibio y aspiraba de nuevo el aroma del tabaco. «Gracias, tío Juan», pensé, al tiempo que contestaba a mi editor:

—No te preocupes, Rafael, tendrás tu manuscrito en breve. ¿Puedo probar la pipa?

Y, sin más, me quedé mirándole con una expresión que era una amalgama entre inocencia e ilusión.

—Desde luego, qué raros sois los escritores… —dijo, mientras me tendía su tabaco, sorprendido.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)
267. LIBRO

“El bolígrafo verde” – El Poder de las Letras

“El bolígrafo verde” – El Poder de las Letras

 

EL BOLÍGRAFO VERDE

 

Os dejo con una de mis últimas colaboraciones con la fantástica página de escritores El Poder de las Letras. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

EL BOLÍGRAFO VERDE

Mi vida cambió por completo el día en que me regalaron un bolígrafo de color verde. Sí, sí, como lo oís, no penséis que exagero. He aquí una prueba más de que la cosa más insignificante puede suponer un cambio muy grande. Una especie de «efecto mariposa» en plan casero. En mi caso, todo comenzó por un bolígrafo de tinta verde.

La cuestión es que yo sabía de la existencia de estos bolígrafos, obviamente, así como de muchos otros colores, pero nunca había utilizado ninguno. Y he de decir que, cuando estudiaba, mis apuntes estaban impecables con los tres colores clásicos: azul, negro y rojo. Utilizaba el color rojo para los títulos de los temas, el negro para los subtítulos y el azul para el contenido. No necesitaba más. Después de eso, en mi vida laboral, el uso de bolígrafos quedó limitado casi en exclusiva a los colores negro y azul. Mi predilecto siempre ha sido el negro, pero para las firmas de documentos siempre he utilizado el azul, por aquello de que se notase a simple vista que eran originales y no vulgares fotocopias.

Cierto día, uno que estaba siendo particularmente duro, una reunión con un cliente fue la que me cambió la vida. Así de sencillo. Yo andaba con un humor de perros y, como ya habíamos forjado cierta confianza entre nosotros, decidió echarme una mano y contarme su secreto. Él es una persona tranquila, a la que jamás he visto alterada, por muy dura que hubiese sido la situación.

—¡Vaya! Parece que estás teniendo un mal día hoy, ¿no es cierto? —me comentó, como quien no quiere la cosa, después de que yo hubiese soltado una larga ristra de tacos tras una inoportuna llamada telefónica.

—No me hables, no me hables… —le contesté, mientras le ofrecía un café.

—¿Sabes qué? Te iba a contar una cosa, pero seguro que no me vas a creer, así que… —me dijo, interesante. Sabía de sobra la rabia que me da que me pongan el caramelo en los labios para luego no contar nada.

—¡Ah, no! Ahora me lo cuentas… Con el día que llevo, no me dejes así o soy capaz de morderte —le hice un gesto imitando a un mordisco, para enfatizar mi respuesta.

—Vale, pero me tienes que prometer que no te reirás, ¿de acuerdo? Y, sobre todo que, por ridículo que te parezca, lo probarás.

—Venga… cuenta… —le contesté. Ya estaba empezando a impacientarme y eso no era nada bueno ni para él ni para nuestro negocio.

—Verás. ¿Sabías que algo tan sencillo como el color del bolígrafo que utilizamos puede cambiar nuestro estado de ánimo?

—Jajajajaja, ¿me lo estás diciendo en serio?

—Me has prometido que no te ibas a reír…

—Es cierto, llevas razón. Continúa, por favor —le solicité, mientras trataba de esconder una sonrisilla burlona.

—Apuesto a que utilizas bolígrafos de color negro, ¿me equivoco?

Como ya os lo he contado antes, ya sabréis que no, no se equivocaba. Ya me había picado un poco la curiosidad, así que asentí para que continuase.

—Verás, es muy sencillo. Si solemos escribir con bolígrafo azul, nuestra vida nunca tendrá nada de especial. Eres una persona tradicional, no proclive a realizar cambios, que se encuentra demasiado a gusto en su zona de confort. Si el que utilizamos habitualmente es el negro, nuestra vida será propensa a ser de ese color. ¿Lo entiendes?

Aunque no confiaba mucho en esa descabellada teoría de los colores, asentí y le insté a que continuase. Quería saber a dónde llevaba todo aquello.

—El rojo siempre se ha asociado al color de las correcciones y los fallos. No te lo recomiendo, tu vida será un desastre. Tu cerebro interpretará que todo lo que escribes es erróneo y nunca tendrás la suficiente seguridad en ti mismo.

¿Así que aquello tenía que ver con la interpretación que tu cerebro hiciera? Ya que había entrado al trapo de aquella manera, decidí que lo mejor sería dejarlo continuar.

—Como sabrás, podemos utilizar bolígrafos de todos los colores posibles, pero yo te recomiendo, en tu situación, que comiences a utilizar el verde.

—¿El verde? ¿Por qué el verde? —pregunté, extrañado. Nunca me había parecido que fuera un color muy agraciado.

—El verde es el color por antonomasia de la esperanza. Es el color de los prados, de la naturaleza. Es positivo y relajante. Pruébalo. Ya verás cómo lo notas —y sacó de su maletín un bolígrafo de gel verde, que me entregó.

Sé que suena extraño, pero no tenía nada que perder, ¿no? Desde aquel día comencé a utilizar el bolígrafo verde que me regaló mi cliente. Y después de ese han venido muchos más. Todo, absolutamente todo escrito que tengo que hacer lo redacto en color verde, incluso las firmas de los documentos. ¡Ya son famosas mis firmas verdes en los pagarés! He de reconocer que, desde que utilizo este color, la vida ha cambiado para mejor. Tengo mucha más paciencia, soy más positivo y creo que podría decir que me siento incluso más feliz. Los malos días de ánimo malhumorado son cosa del pasado y disfruto más de cada día. Lo podéis creer o no, pero es así. Quizá sea solo psicológico… o puede que el color de la tinta con la que escribimos pueda afectar en realidad a nuestro estado de ánimo. No lo sé con seguridad.

Y vosotros, ¿os pasáis al verde?

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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El bolígrafo verde by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

266. MUNDO

“Mi último escrito” – You Are Writer

“Mi último escrito” – You Are Writer

 

MI ÚLTIMO ESCRITO

MI ÚLTIMO ESCRITO

Sábado. Llevo toda la semana sumida en la desidia y ni una sola palabra coherente ha conseguido escapar de mi cerebro aturdido por el calor. Solo me quedan dos días para enviar mi colaboración con el más importante de mis clientes y aún no he sido capaz de escribir nada. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿Será la edad? ¿O tan solo será este maldito calor del mes de julio que mantiene atrofiada mi capacidad creativa? Espero que sea esto último porque si no, estoy perdida. Sí, como lo oís, literalmente perdida. Jamás me había ocurrido algo así y mi parte victimista no puede evitar regodearse en la desesperación y centrarse en un único pensamiento: ¿por qué a mí?

Bueno, no seamos tremendistas. Aún quedan dos días, cuarenta y ocho horas completas para poder realizar mi trabajo como de costumbre. ¿Desde cuándo mi pensamiento es tan negativo como para llegar a decir «solo quedan dos días»? No, aún quedan dos días. Mucho mejor. Mi mente parece despejarse ante esta idea. Seguro que un café la ayuda un poco con la tarea.

Cinco horas. Ya han pasado cinco horas desde que me senté frente a mi fiel máquina de escribir. Cinco horas que he pasado divagando, fumando y perdiéndome en los rincones más recónditos de mi mente. Mi estómago reclama comida, seguro que de esa manera cuerpo y mente se sincronizan de una vez por todas y se dedican a realizar lo que llevo días pidiéndoles con tanto ahínco, así que hago un alto en el camino y se la doy. El problema es que, tras ello, la conjunción de alimento y calor me lleva a sumirme en un sopor irresistible. «Una siesta me vendrá bien», pienso, «seguro que me levanto descansada y con la mente despejada». No puedo evitar una sonrisa mientras me dejo llevar en volandas a los cálidos brazos de Morfeo.

¡No me lo puedo creer! ¿Qué es lo que ha ocurrido? El reloj de mi cuarto marca orgulloso las ocho de la tarde. Creo incluso llegar a ver en él una mueca de burla hacia mí. Por un momento, no recuerdo ni siquiera quién soy, ni el día que es, ni el trabajo que tengo pendiente. Sobresalto. La máquina de escribir continúa sobre la mesa, con la misma página en blanco colocada en la misma posición exacta que cuando la dejé, después de los intentos de la mañana. «¿Tú también te estás burlando de mí?», le pregunto con ironía. Por alguna extraña razón, ahora me parece más altiva, lejana, inalcanzable.

En una hora he quedado con mi grupo de amigos. Seguro que me viene bien salir, un poco de distracción siempre hace bien al cerebro y, con total seguridad, mañana estaré en las condiciones idóneas para realizar el trabajo. Me doy una ducha, recreándome en las sensaciones purificadoras del agua cayendo sobre mi piel. En estos momentos podría decir que no me había sentido mejor en toda la semana que ya he dejado atrás. Me recojo el pelo en un moño alto, bien tirante, sofisticado, como a mí me gusta. El vestido negro que me sienta tan bien será una apuesta segura para ganar confianza en mí misma esta noche y mañana estar en pleno uso de mis facultades. ¡Ah! Y los zapatos de tacón son imprescindibles para alcanzar el resultado deseado.

Me maquillo con sutileza y aplico unas gotas del perfume que tanto me gusta. Lista. Aún tengo diez minutos para llegar al lugar acordado. Vuelvo a entrar en mi dormitorio para escoger el bolso que me acompañará esta noche y mi mirada se fija inevitablemente en la máquina de escribir que, como no podía ser de otra manera, continúa en la misma posición, desafiante. Me siento tan fresca que no puedo evitar dirigirme hacia ella e intentar rasgar las primeras palabras de la magnífica historia que mostrará mañana.

Creo que no he llegado a ser consciente del embrujo al que me ha sometido, pero cuando quiero darme cuenta estoy sentada sobre el suelo de madera, intentando plasmar unas palabras con un mínimo de coherencia. Decenas de hojas de papel arrugadas se extienden en torno a mí y el teléfono móvil, sobre la mesa, suena con insistencia. Ya es noche cerrada, ni tan siquiera me molesto en comprobar la hora, cuando menos de contestar el dichoso teléfono que no para de inundar la habitación con su sonido estridente.

Compruebo con lástima que el último carrete de tinta está a punto de terminar. Cuando llegue a su fin, ya no podré volverme a sentar ante mi querida máquina y sentir la calidez de las teclas bajo mis dedos. En un arrebato de locura, me hago la promesa de no volver a escribir si no consigo, no ya comenzar, sino terminar mi historia con este último carrete.

El amanecer me sorprende en la misma posición, sentada sobre el suelo, mientras la cantidad de hojas arrebujadas, inservibles, crece a mi alrededor. Cuando, ya al comienzo de un nuevo anochecer, se finaliza aquel viejo carrete, quedo rendida sobre el suelo, empapada en las lágrimas que me provoca saber que no he logrado ni siquiera comenzar mi último escrito.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Esta ha sido mi colaboración mensual con la fantástica página de escritores YouAreWriter. Espero que os haya gustado y que no dejéis de visitar la página.

263. IRSE

Los 52 golpes – Golpe #36 – “En el mismo sitio”

Los 52 golpes – Golpe #36 – “En el mismo sitio”

 

EN EL MISMO SITIO

EN EL MISMO SITIO

El anciano estaba sentado en el banco, como cada día. Todos los días lo observaba en silencio, oculto tras la intimidad que le proporcionaban los cristales de la amplia ventana de la cafetería que había justo enfrente. El primer día que llegó, nada más dejar sus maletas en el piso de alquiler, salió a dar un paseo por la pequeña ciudad. Sin llevarlo premeditado, sus pasos se dirigieron de manera casi automática hasta el paseo marítimo. Siempre había amado el mar y la perspectiva de vivir durante unos meses en una ciudad costera  se le antojaba muy relajante. Decidió entrar a tomar un café en aquella cafetería, casi vacía en aquella época del año, desde la que podría divisar el mar a su placer a la vez que se guarecía del relente que comenzaba a refrescar la tarde. Lo que más llamó su atención fue el anciano del banco.

Tenía la piel curtida por el sol y más arrugas en el rostro de las que hubiese podido imaginar que podría llegar a tener una persona. Su edad era indescifrable, pero parecía hallarse perdida en algún tiempo entre la vejez y la eternidad. Lo que más le llamó la atención fue el gesto de extrema melancolía que, desde el otro lado del paseo, se adivinaba en su tez. Su postura era por completo estática y juraría que no se había modificado un ápice en todo el tiempo que pasó observándolo. Con manos marchitas apoyadas sobre el bastón, dirigía la mirada a un punto indeterminado del horizonte, mientras descansaba su barbilla sobre ellas.

Después de aquel primer día, tomó la costumbre de salir a pasear todas las tardes. Recorría el paseo marítimo despacio, con mucha calma, queriendo paladear hasta el más mínimo de los momentos que la vida le había querido regalar allí, junto al mar. Observaba con la misma emoción de la primera vez cada pequeño salto de agua, cada cresta de ola que se formaba en la vasta extensión azul que tenía ante sus ojos y que resplandecía como si fuese una joya ante el más sutil rayo de sol. Siempre terminaba su paseo en la misma cafetería, sin faltar ni un solo día, como tampoco lo hizo el anciano de la mirada perdida en el mar. Tras la cristalera, lo observaba durante largo rato, en silencio, creando, sin ser visto, un vínculo especial con aquel hombre del que ni siquiera conocía el nombre. Cuando caía la noche y regresaba a su casa, el anciano seguía allí, inmóvil, como un vigía que tratase de proteger el mayor de los tesoros.

Los seis meses que duró su trabajo en aquella ciudad pasaron mucho más aprisa de lo que le hubiera gustado. Cuando quiso darse cuenta, tenía preparadas las mismas maletas con las que llegó sobre el suelo de su dormitorio, esperando para partir a la mañana siguiente, temprano. Su último paseo por la playa al atardecer se alargó sin querer hasta la caída del sol. Pensó en regresar a casa y faltar a su cita con la cafetería y el anciano, pero algo en su interior le hizo replanteárselo. Solo faltaría a una de sus citas diarias.

Temió que, siendo ya de noche, el anciano se hubiese retirado ya del banco, pero allí estaba, sentado en la misma posición que de costumbre. Lo observó durante un tiempo, acodado sobre la barandilla que separaba el paseo de la playa, sin decidirse a irrumpir en los pensamientos de aquel hombre que parecía tan apesadumbrado. Una gran luna llena había comenzado su ascensión en el cielo y su reflejo en el mar era especialmente bonito aquella noche. Al final, se decidió a sentarse a su lado.

Con sumo cuidado, como si temiese interrumpir algo muy delicado, se sentó en un extremo del banco que ocupaba el anciano cada día. Permaneció a su lado en silencio durante un buen rato, observando el mar con el mero placer de su compañía. Aquella persona ni siquiera se había inmutado ante su presencia, parecía estar ajeno a todo lo que le rodease.

—Es hermoso, ¿verdad? —se atrevió a decir, al fin, rompiendo el silencio de la noche, mientras con un gesto de cabeza señalaba el mar.

No obtuvo respuesta. Aguardó durante un momento y, cuando ya estaba pensando levantarse e irse, el anciano, sin modificar para nada la postura ni su gesto, le contestó:

—Lo odio.

Aquella respuesta lo dejó paralizado. De todas las contestaciones posibles, jamás hubiese esperado una así de una persona que pasaba horas completas contemplando el mar a diario. Optó por guardar silencio.

—Él se la llevó, ¿sabes? —volvió a hablar el anciano del mar. Su gesto se contrajo y fue capaz de ver una lágrima deslizarse por su apergaminada mejilla, justo antes de que se levantase del banco y se alejase del lugar con paso trémulo, dejándolo en soledad.

Han pasado ya varios años desde que dejó aquella bonita ciudad de la costa. Jamás regresó, a pesar de que en más de una ocasión hubiese tenido ganas de hacerlo. Ignoraba si aquel anciano continuaría visitando cada día el mismo banco del paseo o si ya habría partido a reunirse con ella. Él prefería recordarle así, siempre en el mismo sitio, mirando con añoranza hacia el mar.

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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Aquí tenéis mi trigésimo sexta participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

 

259. CALM

El relato del viernes: “Una noche con María”

El relato del viernes: “Una noche con María”

 

UNA NOCHE CON MARÍA

UNA NOCHE CON MARÍA

Es difícil precisar, no ya con exactitud, sino como una mera aproximación, la edad que puede tener María. Yo recuerdo verla caminar por el barrio desde hace años, muchísimos años. Es más, creo que desde que tengo uso de razón, María siempre ha estado ahí y siempre ha mantenido el mismo aspecto. Pudiera parecer que ha conseguido burlar el paso de los años y se hubiese detenido en una edad imprecisa o, por el contrario, que tuviese ya tal edad que fuese imposible envejecer más. En cualquier caso, la apariencia de María lleva siendo la misma desde hace al menos tres décadas.

Siempre se ha visto a María por las calles tirando de un pequeño carro donde iba apilando los cartones que encontraba o le daban los vecinos. A día de hoy, sigue haciendo lo mismo. Su minúsculo cuerpo, encogido por la edad, tira del carro con el mismo vigor con el que lo ha hecho siempre. Acarrea los cartones cada día hasta una fábrica de las afueras donde se los pagaban a veinte duros el kilo y ahora apenas le dan unos míseros treinta céntimos. Lo sé porque me lo cuenta todos los días. Es una historia convertida en bucle dentro de su cabeza, que cuenta una y otra vez, como si fuese la primera, sin que parezca que recuerde si ya te lo había contado o no. Quizá no lo recuerde, o quizá simplemente le guste contar su historia. Yo solo sé que me encanta escucharla.

Todos los días, cuando regreso a casa desde el trabajo, tomo del brazo a María, que ya ha terminado su tarea diaria y espera con paciencia sentada en un banco de la plaza. Juntas vamos a la cafetería de Miguel, otro veterano del barrio, aunque a este sí creo recordarlo con algo más de lozanía y de juventud. La invito a un café con leche mientras me cuenta la misma historia de todos los días, que yo escucho con una sonrisa. María es única contando su historia, la adorna con todo lujo de detalles y por su forma de expresarse diría que ha sido o, mejor dicho, es una mujer muy culta. Quizá algún día me cuente la historia que yo quiero escuchar y que nunca me atrevo a preguntar.

Ese ratito que paso con ella cada día, excepto los fines de semana, es como un remanso de paz en mis tardes. La voz de María es extremadamente dulce y pausada, una auténtica melodía para mis sentidos. Sus manos ya trémulas sujetan con nerviosismo la taza de café. Cualquiera diría que son las mismas manos que unas horas antes derrochaban fortaleza tirando del carrito. Observo, mientras la escucho, las arrugas que surcan la piel de sus manos que, a pesar de todo, tienen la suavidad de la seda cuando se las estrecho con cariño. La admiro.

Hace unos días, un problema laboral me hizo regresar a mi casa cerca ya de la medianoche. Encontraba mi ánimo pesado y sentía el cansancio como una cargante losa sobre mi espalda. Además, echaba de menos de María. A aquellas horas, el banco donde siempre la encontraba ya estaba vacío y la cafetería de Miguel, cerrada. Era el primer día que la fallaba en muchos años, lo que me hacía sentir aún peor. Al entrar en el portal de mi casa, un bulto extraño me sobresaltó. A punto estuve de dar un grito cuando vi aparecer el dulce rostro añejo de María desde debajo de unos cartones.

Me acurruqué a su lado y, de inmediato, me sentí mucho mejor. María me acariciaba el pelo como si fuera su niña, con un cariño infinito que no parecía morir en ningún punto. Aquella noche, María me habló como nunca antes lo había hecho. Abrió su corazón para mí de una manera que jamás hubiese imaginado que podría hacer. Me habló de su vida anterior, de su familia, de las circunstancias que la habían llevado a malvivir de aquella manera, de su soledad, de lo consoladora y grata que le resultaba mi compañía. Fui incapaz de articular una sola palabra, me limité a escucharla como ella necesitaba y, cuando el día despertó y nos sorprendió a las dos en el portal, noté también cierto grado de alivio en ella.

Se apresuró a recoger sus cartones, no quería que nadie la sorprendiese allí, tenía que comenzar a trabajar si quería comer algo aquella mañana. En silencio, como durante toda la noche, la tomé de la mano y la acompañé a mi casa.

Conozco a María desde que tengo uso de razón. No lo sabía, pero María es, y siempre ha sido, mi familia.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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Una noche con María by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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258. GRACIAS