El relato del viernes: “Extranjera”

El relato del viernes: “Extranjera”

 

EXTRANJERA

EXTRANJERA

Hay días, como hoy, en los que no puedo evitar preguntarme qué estoy haciendo aquí. Son días en los que, sin ningún motivo aparente, me encuentro de repente en una ciudad extraña, lejos de mi familia, de mis amigos, de la gente que me quiere. Sé que no es así. Llevo ya cerca de dos años en mi nuevo hogar y la vida ya se ha acomodado a las nuevas circunstancias, he conocido a nuevas personas de las que me será muy difícil separarme en algún momento, tengo un trabajo que me apasiona y que es el verdadero motivo por el que estoy aquí.

Simplemente ocurre. Sucede que no me reconozco cuando de mis labios salen palabras pronunciadas en un idioma que no es el mío, por mucho que me esfuerce en que así sea. Comienzo entonces a vagar por las avenidas y no reconozco en ellas las tranquilas calles en las que jugaba durante mi infancia. Es entonces cuando echo de menos mi humilde barrio, a pesar de llevar más de una década sin pasar por él. No reconozco en los brillantes rótulos luminosos y en las abarrotadas tiendas la sonrisa amable del tendero que me regalaba una piruleta cada vez que me acercaba a darle los buenos días. Julián, creo recordar que se llamaba.

No reconozco en los rostros perdidos con los que me cruzo en mi deambular el cariño y la dulzura de las vecinas cada vez que iba a la panadería y me miraban cada día con renovado asombro para decirme «niña, cuánto has crecido», aunque me hubiesen visto el día anterior. No reconozco el final de los colosales rascacielos, que parecen elevarse en busca de un cielo oculto que hace tiempo dejó de cubrir nuestras cabezas para desaparecer entre el brillo frío y desquiciado de las luces de neón. Echo en falta ver las nubes tan cerca de mí que pareciera poder tocarlas con solo estirar el brazo derecho.

No reconozco la penumbra que me aguarda en el interior de un apartamento tan aséptico como desconocido porque aún no me he acostumbrado a encontrar en él mi hogar cuando giro una llave extraña en una puerta idéntica a las diez que acabo de recorrer en un largo pasillo sin ventanas. No reconozco mi nombre en el casillero del correo, rodeado de tantos otros impronunciables y carentes de significado.

Hoy es uno de esos días. Uno de esos en los que solo me considero una extranjera en tierra ajena, en los que la palabra hogar solo tiene un significado claro que está muy lejos de aquí. Solo cuando llego a casa, qué raro suena eso en mi mente, y me despojo de los corsés de la rutina, me permito que las lágrimas se deslicen sin piedad por mi rostro foráneo con arrugas marcadas por el fuego de la melancolía. Enciendo un cigarrillo liado con tiento en torno a unas hojas secas tan extranjeras como yo y, sentada en el alféizar de la ventana, contemplo la ciudad extraña que se abre paso a mis ojos.

El cielo, ese cielo tan extraño como yo y que pasa desapercibido entre los jirones desbaratados de la urbanización desmedida, logra empatizar conmigo en una noche en la que el calor tiene un sabor diferente al que siempre conocí. Una fina cortina de lluvia se interpone entre mis pensamientos y el corazón latente de la grandiosa ciudad y, por fin, logro relajarme con la lunática idea de que, al fin y al cabo, la lluvia que nos moja a ti y a mí siempre es la misma.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

301. VIDA

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Mi jueves de poesía: “Cada vez que una lágrima cae”

Mi jueves de poesía: “Cada vez que una lágrima cae”

 

CADA VEZ QUE UNA LÁGRIMA CAE

CADA VEZ QUE UNA LÁGRIMA CAE

Cada vez que una lágrima cae de tus ojos
muere una primavera desarraigada
que deja un surco más amplio y evidente
entre las arrugas que desde hace tiempo
enmarcan ya tu rostro en el invierno.
Duele y escuece la sal que se vierte en la herida
en forma de lluvia clara de lágrimas tibias
por creer que solo así de este talante
aquella sin dudar se curaría
sin dejar más cicatriz que la del simple paso de la vida.
Se deshojan sin parar las margaritas
que un día poblaron de pétalos los rostros
tersos de primavera consentida
y solo quedan rancias las corolas
que mueren sin pesar bajo la lluvia.
Y cada vez que una lágrima cae de tus ojos
una nueva primavera muere en tu semblante
y no hay siquiera opción de encontrar un verano
que mitigue las secuelas de la primavera que agoniza
para dar paso al más frío y feroz de los inviernos.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

300. CALM

“Encuentros efímeros” – Desafíos Literarios

“Encuentros efímeros” – Desafíos Literarios

 

ENCUENTROS EFÍMEROS

 

Aquí os dejo con una de mis últimas aportaciones a Desafíos Literarios, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

 

ENCUENTROS EFÍMEROS

Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

304. PERDÓN

“Solamente eso” – El Poder de las Letras

“Solamente eso” – El Poder de las Letras

 

SOLAMENTE ESO

 

Os dejo con una de mis últimas colaboraciones con la fantástica página de escritores El Poder de las Letras. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

SOLAMENTE ESO

El poeta deseó encontrarla
y de su búsqueda nacieron bellas letras.
El hombre rico deseó encontrarla
y por el camino se perdió entre materiales.
El hombre pobre deseó encontrarla
y gastó la vida persiguiendo una quimera.
El enfermo también deseó encontrarla,
mas solo en su dolor se quedó preso.

Aquel que un día creyó haberla alcanzado
la vio escapar huidiza entre sus dedos.
Aquel que quiso retenerla a toda costa
contempló agonizante desde el suelo su partida.
Aquel que hubo nacido con tan solo un pedacito,
de tanto repartirla vio cómo se perdía.
Aquel que, sabiéndola a su lado, se pensó invencible,
la vio marchar sin tan siquiera un beso.

El niño con su inocencia creyó que ella
era el estado natural de vivir la vida.
El joven la vio alejarse con tristeza en la mirada
por momentos que parecían querer durar para siempre.
El adulto mira al cielo como si quisiera verla,
deseoso de alcanzarla, sabedor de su existencia.
El anciano se arrepiente de no haberla disfrutado
antes de que la humedad se le colase en los huesos.

No busques más en riquezas, ni en el éxito en la vida,
no busques lo que no encuentras en los sueños sin cumplir.
No busques en otras personas lo que ya tienes tú mismo,
no busques con los ojos cerrados por vendas que te impiden la visión.
No busques más ahí afuera lo que encontrarás por dentro,
no busques en ojos ajenos lo que los tuyos no ven.
No busques como si fueras protagonista de un cuento,
tú vive cada momento, la felicidad es solamente eso.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

305. SUFRIMOS

“Zona de confort” – You Are Writer

“Zona de confort” – You Are Writer

 

ZONA DE CONFORT

ZONA DE CONFORT

 

«No quiero ir al trabajo». Esa era la frase que Susana repetía cada mañana, todas, sin excepción. Álvaro le daba un abrazo con las pocas fuerzas que le proporcionaba un descanso de menos de cinco horas. «Tranquila, cariño», le repetía cada día.

Susana había sido una joven inquieta, con grandes sueños. Soñaba con hacer grandes cosas, con cambiar el mundo, con ser alguien en la vida, como si no fuera ya suficiente con ser ella misma. Un brillante expediente académico a sus espaldas le daba la energía necesaria para elevar a lo más alto sus sueños de grandeza, aquellos que nunca llegaron a concretarse en nada.

Cuando conoció a Álvaro, este también tenía enormes sueños por cumplir. Tal para cual, aunaron sus sueños en uno solo, superlativo, sin detenerse a considerar si aquel era o no un imposible.

Tanto Susana como Álvaro comenzaron bajando sus expectativas a un nivel que les permitiese comenzar sus vidas, unos inicios humildes podrían ser la base perfecta para un sueño a gran escala como el suyo. Pero pasaron los años y la rutina se apoderó de ellos. Se estancaron en una zona de confort que a ambos parecía adecuada, suficiente para vivir con comodidad pero sin grandes expectativas. Álvaro la adoptó como propia sin mayores problemas, pero Susana, cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, recordó a aquella joven luchadora y reivindicativa que llegó a ser algún día y sintió añoranza.

Añoranza y decepción, una frustración tan grande que la llevó a odiar las cosas cotidianas por su simple ordinariez. «¿Qué le ocurrió a aquella muchacha? ¿Qué fue de ella?», solía preguntarse con demasiada frecuencia. Se encontró de un día para otro con una mujer apática, mediocre, a punto de llegar al ecuador de su vida sin haber conseguido nada que la hiciese digna de reconocimiento. Unos hijos que jamás llegaron completaban el círculo vicioso en el que se hallaba sumida.

Álvaro, mientras, continuaba con una vida tranquila y sin sobresaltos, una vida que él mismo había llegado a considerar como feliz. Por ello, cuando Susana le comunicó que necesitaba replantear su vida y dar un giro radical a su existencia, le pilló por completo desprevenido. Si alguien le hubiese preguntado tan solo unas horas antes si su vida era satisfactoria, hubiese respondido con una rotunda y contundente afirmación.

Presa del miedo, invadido por un pánico a salir de su particular burbuja que le mantenía a salvo dentro de su zona de confort, estuvo dispuesto a sacrificar su relación con Susana. Todas aquellas ideas que su mujer había recuperado acerca de hacer algo por el mundo le parecían tan peligrosas como absurdas. ¿Cómo iban a conseguir ellos, una pareja tan ordinaria y de a pie, conseguir tales hazañas?

Susana partió con lágrimas en los ojos y un nudo en el estómago muy difícil de resolver. En su fuero interno siempre había tenido el convencimiento de que Álvaro aún mantenía las mismas inquietudes de juventud que ella. Él quedó en el piso vacío, fingiendo una fortaleza que en realidad no poseía y alimentando su carácter taciturno y su tendencia a la procrastinación.

Años más tarde la vería por televisión, mientras cenaba solo en aquella casa que sentía cada día más grande. Se la veía espléndida vestida con los alegres colores de aquella tribu africana en la que llevaba ya mucho tiempo colaborando para que los pequeños pudiesen tener una escuela en el poblado y acceso al hasta entonces prohibido privilegio de la educación. Junto a ella, con una amplia sonrisa que apenas podía competir con la de los demás muchachos africanos, un joven con una imagen idéntica a él cuando era pequeño la abrazaba con entusiasmo.

Las lágrimas de Álvaro golpearon el suelo de fría baldosa de su solitario salón. En aquellos momentos, envuelto en su soledad y en su cómoda rutina, el único sentimiento que afloraba a través de sus ojos era el orgullo.

Ana Centellas. Abril 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Esta ha sido mi colaboración mensual con la fantástica página de escritores YouAreWriter. Espero que os haya gustado y que no dejéis de visitar la página.

299. FELIZ

Los 52 golpes – Golpe #41 – “No me dejarás sola”

Los 52 golpes – Golpe #41 – “No me dejarás sola”

 

NO ME DEJARÁS SOLA

NO ME DEJARÁS SOLA

—Venga, José, no seas payaso… No intentes asustarme, sé que lo estás haciendo tú.

—Yo no estoy haciendo nada —contestó José, mientras mostraba sus manos en un gesto de inocencia. Se le escapó una risilla nerviosa que Almudena interpretó como una confirmación de sus suposiciones.

Almudena tenía que reconocer que estaba asustada. Sabía que no había sido una buena idea ir hasta aquel lugar de noche, no le daba buena espina, aunque en el fondo estuviese convencida de que no había nada que temer. En aquellos momentos, aquel convencimiento se estaba desmoronando con rapidez.

José solo podía pensar en una cosa, Almudena. Habían ido aquella noche al cementerio en busca de intimidad, algo que escaseaba demasiado en el pueblo. Por las noches aquel lugar estaba desierto y, aunque le había costado un poco convencer a Almudena, al final habían decidido pasar un ratito allí a solas, escondidos de las miradas ajenas e indiscretas de costumbre. Si hubiese sido por él, habrían hecho ya el amor allí mismo, recostados contra la vieja lápida de una tumba desconocida. La noche era perfecta, el cielo estaba despejado, una brillante luna llena aportaba la iluminación justa y podían contemplarse cientos de estrellas. Si no hubiese sido por lo peculiar del lugar, podría haber dicho que la noche estaba siendo incluso romántica.

La cosa había cambiado un poco en los últimos minutos, cuando ambos pudieron escuchar con nitidez un ruido extraño. Seguramente se tratase de alguien más que anduviese por el cementerio, o de algún animal, posiblemente un gato con un maullido lastimero, pero había que reconocer que la situación imponía. Tras unos segundos de calma y silencio, retomaron los cálidos besos en el costado de la tumba.

Un nuevo sonido, esta vez aún más estridente, se escuchó cercano. Almudena se separó de José.

—José, vale, te advierto que no tiene ninguna gracia.

—Almu, que no soy yo… —contestó José, estremecido. Aquel sonido chirriante, que habían escuchado tan de cerca, era muy diferente a cualquier otro que hubiesen podido escuchar en su vida.

En el silencio que ambos mantenían en la noche, se volvió a escuchar el ruido, cada vez más cerca, cada vez con más frecuencia. Era como si alguien o algo se les estuviese acercando. Almudena abrazó con fuerza a José y le pidió marcharse de allí, pero el chico por nada del mundo dejaría que ella lograse entrever algo del miedo que ya empezaba a embargarle, así que la instó a continuar allí mientras intentaba calmarla.

El siguiente sonido ya fue demasiado cercano y estruendoso como para dejarlo pasar desapercibido o intentar aparentar que aquello que estaba ocurriendo era normal. Podían incluso sentir movimiento bajo la tierra sobre la que se encontraban sentados. De un solo salto se incorporaron los dos a un tiempo, pero no pudieron hacer más, pues en cuanto estuvieron en pie quedaron por completo paralizados. Intentaron salir corriendo, alejarse de aquel lugar, que ya comenzaba a abrirse bajo sus pies, pero estos parecían estar anclados al suelo. Por más que lo intentaron, no consiguieron moverse ni un solo centímetro del sitio, para desesperación de los dos jóvenes.

Parecía que iban a ser engullidos por el suelo en cualquier momento y no podían hacer nada para evitarlo. De nada servían sus gritos de angustia, estaban inmóviles y la tierra continuaba abriéndose a su alrededor. Con un último estruendo, la lápida se partió en dos y una mano huesuda y sucia apareció de entre la tierra, seguida por un esqueleto siniestro que aún mantenía restos de carne putrefacta en algunos puntos.

Almudena y José se desgañitaban en un intento por encontrar un auxilio desesperado que nunca llegaría. En cuanto aquel nauseabundo ser hubo salido de la tumba, sus pies se desbloquearon. Intentaron salir corriendo, pero aquella cosa agarró a Almudena por un tobillo, lo que hizo que la muchacha cayese al suelo entre gritos de pánico. Comenzó a arrastrarla hacia el interior de la tumba.

José, perplejo, ya ni gritaba ni intentaba huir. Se limitaba a ver cómo Almudena se retorcía entre aquellas manos que no eran más que huesos, con los ojos abiertos como platos, sin hacer nada por rescatarla. Cuando volvió en sí intentó emprender la huida, con la intención de salvarse, pero en la primera zancada sintió cómo una mano con una descomunal fuerza lo agarraba de una pierna, haciéndole caer también al suelo.

Invadido por el pánico, se giró para ver cómo Almudena desaparecía por la zanja que había sido una sepultura, firmemente agarrada a su pierna y con ojos enrojecidos de dolor.

—No, cariño, tú te vienes con nosotros. No me dejarás sola…

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi cuadragésimo primera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

288. MOMENTOS

El relato del viernes: “Ella”

El relato del viernes: “Ella”

 

ELLA

ELLA

Cada mañana, ella cubre su rostro con cremas y pinturas de colores, en un intento por mostrarse siempre joven y atractiva. Aplica una cobertura perfecta a la más mínima e incipiente arruga que pretenda deslucir el contorno de sus ojos. Elimina de las miradas ajenas cualquier pequeña espinilla, el más pequeño de los puntos negros o un insignificante poro abierto. Esconde también las decenas de minúsculas pecas que tanto le gustan. Recubre sus pestañas con una máscara que las haga lucir mucho más espesas, mucho más largas y, sobre todo, mucho más bonitas. Colorea sus pómulos y sus labios hasta conseguir el acabado perfecto. Todo ello lo hace mirándose en el espejo sin llegar a ver su reflejo en él.

Cepilla su cabello con mimo, hasta dejarlo sedoso y brillante. Recoge sus bonitas ondas y deja caer unos mechones, casi por descuido, que le aportan una apariencia elegante a la par que informal, de mujer urbana, cosmopolita. Lo rocía con una generosa capa de laca para que se mantenga impecable durante toda la jornada.

Se viste la piel con prendas sofisticadas que la hagan parecer una mujer implacable. Recubre sus piernas con unas finas medias que la broncean al instante; sería impensable pasear la palidez de varios meses sin recibir los beneficiosos rayos solares. Ajusta la falda para que quede dos centímetros por encima de las rodillas, ni un milímetro por encima ni uno por debajo. Cambia sus cómodas zapatillas por unos zapatos de salón con un elegante tacón de más de siete centímetros, aun a sabiendas de que sus pies serán los que sufran semejante martirio. Ahora sus piernas, además de bronceadas, aparecen torneadas y ha conseguido ganar esos centímetros de altura que la naturaleza, traicionera, decidió robarle.

Vaporiza sobre el conjunto una nube del perfume en el que invirtió el sueldo de varios días, no vaya a ser que, en un descuido, se llegue a apreciar el más mínimo atisbo de su olor corporal, el natural, aroma a jabón fresco después de la ducha. La fragancia la envuelve, logra que las pituitarias ajenas se embelesen a su paso. Se adorna con infinidad de complementos, todo para alcanzar la perfección que se le exige por la sociedad.

Ella sale de casa con un disfraz inmejorable, ese que falsea también su personalidad dulce y divertida, y la encubre con otra seria y agresiva. Todos la admiran. Ella es perfecta.

Cuando regresa a casa, ella se siente libre. Se despoja de disfraces, de ataduras. Arroja los malditos tacones a una esquina del cuarto, se desprende de la incómoda ropa, se libera del sostén y suelta su llamativa melena. Deja al descubierto sus lindas pecas, con las que se siente más joven, más ella. Dibuja la sonrisa que lleva guardada durante todo el día y, después de desprenderse de todas las máscaras, se sienta en su sillón preferido a tomarse una taza de té, sin más compañía que ella misma. Y, entonces, piensa que así es ella. Perfecta.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Ilustración: Brunna Mancuso

287. PÁJAROS