ELLA

ELLA

Cada mañana, ella cubre su rostro con cremas y pinturas de colores, en un intento por mostrarse siempre joven y atractiva. Aplica una cobertura perfecta a la más mínima e incipiente arruga que pretenda deslucir el contorno de sus ojos. Elimina de las miradas ajenas cualquier pequeña espinilla, el más pequeño de los puntos negros o un insignificante poro abierto. Esconde también las decenas de minúsculas pecas que tanto le gustan. Recubre sus pestañas con una máscara que las haga lucir mucho más espesas, mucho más largas y, sobre todo, mucho más bonitas. Colorea sus pómulos y sus labios hasta conseguir el acabado perfecto. Todo ello lo hace mirándose en el espejo sin llegar a ver su reflejo en él.

Cepilla su cabello con mimo, hasta dejarlo sedoso y brillante. Recoge sus bonitas ondas y deja caer unos mechones, casi por descuido, que le aportan una apariencia elegante a la par que informal, de mujer urbana, cosmopolita. Lo rocía con una generosa capa de laca para que se mantenga impecable durante toda la jornada.

Se viste la piel con prendas sofisticadas que la hagan parecer una mujer implacable. Recubre sus piernas con unas finas medias que la broncean al instante; sería impensable pasear la palidez de varios meses sin recibir los beneficiosos rayos solares. Ajusta la falda para que quede dos centímetros por encima de las rodillas, ni un milímetro por encima ni uno por debajo. Cambia sus cómodas zapatillas por unos zapatos de salón con un elegante tacón de más de siete centímetros, aun a sabiendas de que sus pies serán los que sufran semejante martirio. Ahora sus piernas, además de bronceadas, aparecen torneadas y ha conseguido ganar esos centímetros de altura que la naturaleza, traicionera, decidió robarle.

Vaporiza sobre el conjunto una nube del perfume en el que invirtió el sueldo de varios días, no vaya a ser que, en un descuido, se llegue a apreciar el más mínimo atisbo de su olor corporal, el natural, aroma a jabón fresco después de la ducha. La fragancia la envuelve, logra que las pituitarias ajenas se embelesen a su paso. Se adorna con infinidad de complementos, todo para alcanzar la perfección que se le exige por la sociedad.

Ella sale de casa con un disfraz inmejorable, ese que falsea también su personalidad dulce y divertida, y la encubre con otra seria y agresiva. Todos la admiran. Ella es perfecta.

Cuando regresa a casa, ella se siente libre. Se despoja de disfraces, de ataduras. Arroja los malditos tacones a una esquina del cuarto, se desprende de la incómoda ropa, se libera del sostén y suelta su llamativa melena. Deja al descubierto sus lindas pecas, con las que se siente más joven, más ella. Dibuja la sonrisa que lleva guardada durante todo el día y, después de desprenderse de todas las máscaras, se sienta en su sillón preferido a tomarse una taza de té, sin más compañía que ella misma. Y, entonces, piensa que así es ella. Perfecta.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Ilustración: Brunna Mancuso

287. PÁJAROS

8 comentarios en “El relato del viernes: “Ella”

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