EXTRANJERA

EXTRANJERA

Hay días, como hoy, en los que no puedo evitar preguntarme qué estoy haciendo aquí. Son días en los que, sin ningún motivo aparente, me encuentro de repente en una ciudad extraña, lejos de mi familia, de mis amigos, de la gente que me quiere. Sé que no es así. Llevo ya cerca de dos años en mi nuevo hogar y la vida ya se ha acomodado a las nuevas circunstancias, he conocido a nuevas personas de las que me será muy difícil separarme en algún momento, tengo un trabajo que me apasiona y que es el verdadero motivo por el que estoy aquí.

Simplemente ocurre. Sucede que no me reconozco cuando de mis labios salen palabras pronunciadas en un idioma que no es el mío, por mucho que me esfuerce en que así sea. Comienzo entonces a vagar por las avenidas y no reconozco en ellas las tranquilas calles en las que jugaba durante mi infancia. Es entonces cuando echo de menos mi humilde barrio, a pesar de llevar más de una década sin pasar por él. No reconozco en los brillantes rótulos luminosos y en las abarrotadas tiendas la sonrisa amable del tendero que me regalaba una piruleta cada vez que me acercaba a darle los buenos días. Julián, creo recordar que se llamaba.

No reconozco en los rostros perdidos con los que me cruzo en mi deambular el cariño y la dulzura de las vecinas cada vez que iba a la panadería y me miraban cada día con renovado asombro para decirme «niña, cuánto has crecido», aunque me hubiesen visto el día anterior. No reconozco el final de los colosales rascacielos, que parecen elevarse en busca de un cielo oculto que hace tiempo dejó de cubrir nuestras cabezas para desaparecer entre el brillo frío y desquiciado de las luces de neón. Echo en falta ver las nubes tan cerca de mí que pareciera poder tocarlas con solo estirar el brazo derecho.

No reconozco la penumbra que me aguarda en el interior de un apartamento tan aséptico como desconocido porque aún no me he acostumbrado a encontrar en él mi hogar cuando giro una llave extraña en una puerta idéntica a las diez que acabo de recorrer en un largo pasillo sin ventanas. No reconozco mi nombre en el casillero del correo, rodeado de tantos otros impronunciables y carentes de significado.

Hoy es uno de esos días. Uno de esos en los que solo me considero una extranjera en tierra ajena, en los que la palabra hogar solo tiene un significado claro que está muy lejos de aquí. Solo cuando llego a casa, qué raro suena eso en mi mente, y me despojo de los corsés de la rutina, me permito que las lágrimas se deslicen sin piedad por mi rostro foráneo con arrugas marcadas por el fuego de la melancolía. Enciendo un cigarrillo liado con tiento en torno a unas hojas secas tan extranjeras como yo y, sentada en el alféizar de la ventana, contemplo la ciudad extraña que se abre paso a mis ojos.

El cielo, ese cielo tan extraño como yo y que pasa desapercibido entre los jirones desbaratados de la urbanización desmedida, logra empatizar conmigo en una noche en la que el calor tiene un sabor diferente al que siempre conocí. Una fina cortina de lluvia se interpone entre mis pensamientos y el corazón latente de la grandiosa ciudad y, por fin, logro relajarme con la lunática idea de que, al fin y al cabo, la lluvia que nos moja a ti y a mí siempre es la misma.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

*Imagen tomada de la red (editada)

301. VIDA

6 comentarios en “El relato del viernes: “Extranjera”

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