Celos (I)

—¿Quién es ese? —me pregunta Anais con un gesto arrugado nada más entrar por la puerta. Ni tan siquiera un saludo, solo la cara agria al ver que tenemos compañía. Y que esa compañía es, para colmo, masculina.

Ha tenido justo la reacción que me temía, siempre ha sido muy celosa de nuestra amistad. En ocasiones, esta actitud suya me agobia. Somos el ejemplo perfecto de mejores amigas. Nos conocimos en el primer día de colegio, cuando éramos unas niñas ingenuas presas de todos los miedos e inseguridades posibles y necesitábamos a alguien en quien apoyarnos. Desde entonces hemos sido inseparables, amigas incondicionales, compañeras de estudios, compañeras también de piso e incluso amantes.

Imagino lo que habrá sentido Fabián al verla entrar y recibir semejante saludo. Lo miro. Soy capaz de sentir cómo se encoge hasta hacerse diminuto en el sofá favorito de Anais. Llevo semanas preparándole para este momento, a espaldas de mi compañera, y sabía que no le iba a resultar sencillo. La timidez es su punto débil y necesita un gran refuerzo para su autoestima. Ahora mismo debe de estar pensando que para qué habrá venido. Pero yo lo sé, lo ha hecho por mí. Le sonrió con vehemencia, necesito que sepa a través de mi mirada que la actitud de Anais no es su culpa. Es mía.

Si hay algún defecto remarcable que tenga Anais, tiene un nombre muy claro: celos. Desde que nos conocimos, siempre ha querido tenerme a su lado. Al principio me reconfortaba mucho, en mi niñez, tener una amiga tan entregada. Consideraba nuestra amistad como irrompible y, al fin y al cabo, así lo ha sido hasta ahora. El problema llegó cuando entramos en la adolescencia y yo quise ampliar mi, o debería decir nuestro, círculo de amigos. En ese tiempo fue cuando descubrí que sufría unos celos desorbitados que a mí me agobiaban a diario. Llegó incluso a acosarme. Cada vez que yo salía con otros amigos sin ella, la veía en cada esquina, observando desde la distancia. En aquella época lo consideré como una extravagancia adolescente que, aunque en ocasiones pudiese llegar a ser asfixiante, no tenía mayor importancia. Con el tiempo dejó de hacerlo.

Cuando terminamos la carrera, juntas, la situación con Anais casi se había normalizado por completo. Fue entonces cuando decidimos compartir piso. Todo iba bien entre nosotras, no nos veíamos demasiado por nuestros respectivos trabajos y el tiempo que coincidíamos en casa era agradable, casi como el de una pareja que lleva años de convivencia. Nos tratábamos con respeto y eso era más de lo que habíamos conseguido durante los tiempos de la adolescencia. Y la balsa del cariño siempre estuvo ahí, en todo momento.

La situación comenzó a cambiar cuando empecé a salir con uno de los pocos amigos que teníamos en común, Javier. La confianza que había entre los tres me dio pie a llevarlo a casa. Al principio no supuso ningún problema, pero, con el tiempo, los celos de Anais retornaron con fuerza, volviéndose más y más intensos, hasta el punto de que, cada noche, las dos amigas discutíamos a voces lo que los silencios habían callado durante todo el día. Como consecuencia de esta situación, Javier se alejó de las dos. Nunca más volvimos a saber de él. Una vez hubo salido de nuestras vidas, la normalidad regresó al apartamento. Hasta que, una noche, Anais se metió en mi cama.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1811169062735-celos

*Imagen tomada de la red (editada)

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10 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #46 – “Celos (I)”

  1. Ay madre…de Guatemala a Guatepeor. Y es que los celos rompen con todo…y con todos. Yo solo son partidario del celo para hacer regalos. Los deja fetém😂😜

    Me gusta. A ver qué hacen las dos en la cama…espero que no se peleen por la almohada 🤪

    Le gusta a 1 persona

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