Mi jueves de poesía – “María”

Mi jueves de poesía – “María”

María

Carga el peso de una vida
sobre su espalda de cera
y cada día descubre,
al acariciar su rostro,
el surco marcado y profundo
de alguna arruguita nueva.

Ella siente a estas alturas
que son los años que pesan
los que le encorvan el cuerpo,
los que blanquean sus sienes
cuando recoge el cabello
en su trenza de princesa.

Pasea por los recuerdos
por la mecha de una vela
que pronta está de apagarse,
que puede que la ilumine
durante un día, un mes, un año
o a saber lo que le queda.

Presta marcha por la vida
ligera ya de maletas,
no desaprovecha el tiempo
y siempre sonríe a aquellos
que con todo su cariño
la abrazan diciendo abuela.

Y María allí en la playa,
sentada sobre la arena,
en su soledad marchita
mira su rostro en el agua
y el espejo le devuelve
la imagen que en verdad tiene,
la de una niña pequeña.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1901099564901-maria

*Imagen tomada de la red (editada)

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“Del manantial del olvido” – Poesía en Órbita

“Del manantial del olvido” – Poesía en Órbita

Del manantial del olvido

Es en noches como esta,
sombrías y taciturnas,
en las que no encuentro misericordia
que se apiade ni un instante
de este maltrecho mortal,
preso del pensamiento
que avanza presto,
sin tregua,
ahogado en las aguas turbias
que brotan con reciedumbre
del manantial del olvido.
Ojalá una de estas noches
llegue a compadecerse de mí
y me otorgue la clemencia
de mantener mis recuerdos,
que ya fueron olvidados,
a salvo de todas las linfas
que afloran del manantial.
Ojalá que mis olvidos
caigan en el olvido.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

Del manantial del olvido by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Virus” – Desafíos Literarios

“Virus” – Desafíos Literarios

Virus

Hoy me he levantado como si me hubieran dado una paliza. Tal cual. Parece que acabara de salir de un ring de boxeo después de tener que medirme con el contrincante más pesado que había entre los adversarios. Creo que me ha dado un buen repaso a todos los huesos. Vamos, que me ha dejado para hacer choped, como mucho, y eso siendo optimista, porque ya creo que ni para eso valdría.

El caso es que ni por asomo se me ocurriría entrar en un ring de boxeo. Con lo canija que soy yo, ni hablar, me dejaría más púrpura que mi camiseta del 8M. Ni tampoco creáis que ayer me dio por correr una maratón ni nada parecido. Que va. He sido todo lo prudente que mi alocada vida me permite, pero, aun así, no hay un solo músculo o hueso de mi cuerpo que no se esté quejando en estos momentos. Por no hablar de la calentura que tengo, porque estoy más caliente que un relato erótico. Si al menos estuviese yo para esas fiestas, pero no. Que casi no puedo ni moverme, vamos, si parezco una abuelita que ha perdido su bastón.

Si os digo que a cada instante la calentura se olvida de mí e intercambia los papeles con un frío que parece que el polo norte se haya instalado debajo de mi mantita, supongo que ya habréis imaginado, porque sois chicos listos, qué es lo que me pasa. Sí, tengo fiebre. Y mirad que yo no tenía fiebre desde que era pequeña, que me paso los años sin un simple resfriado.

Como a mi doctor de cabecera ni siquiera lo conozco, ni me planteo pasar por consulta, que luego ya me sé yo lo que pasa, que te pillan los médicos por banda y ya no te sueltan y como una ya va teniendo una edad… Que si vamos a hacer un chequeo, que si vamos a hacer una analítica, que si esto, que si lo otro, que si ya no te suelto y no quiero. Así que no sé exactamente qué es lo que me ocurre.

Me han dicho por ahí las malas lenguas que es un virus, que se me ha metido en el cuerpo como espíritu maligno y por eso estoy así cual niña del exorcista. Seguro que era pequeño, feote y cobarde. Porque no le vi venir que si no, se iba a haber tenido que medir conmigo en un ring de boxeo, a ver quién ganaba.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1902079880684-virus

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Por los pliegues de mi alma” – El Poder de las Letras

“Por los pliegues de mi alma” – El Poder de las Letras

Por los pliegues de mi alma

Por los pliegues insensibles de mi alma
se me cuela alguna vez un sentimiento
que convierte en cicatrices las heridas
y que viene a recordarme
que, a pesar de lo sufrido,
aún no he muerto.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1902159957817-por-los-pliegues-de-mi-alma


*Imagen: Pixabay.com (editada)

“La historia perfecta” – You Are Writer

“La historia perfecta” – You Are Writer

La historia perfecta

Te despediste de mí y juraste que volverías. Desde la ventana, semioculta tras la vaporosa cortina que intentaba proteger la intimidad del que fue nuestro dormitorio, te vi alejarte caminando por nuestra calle. Aún no había amanecido por completo y una densa niebla cubría nuestro barrio en aquella desafortunada mañana del mes de enero. Con una mochila colgada al hombro como único equipaje, tus pasos se fueron arrastrando con lentitud hasta adentrarse en la penumbra que derramaba la fría bruma. Cuando quise darme cuenta te había perdido de vista y nunca supe si fue debido a la niebla o a las lágrimas que empezaban a empañar mis ojos.

Juntos habíamos escrito una historia que quizás no fuese perfecta, pero era la nuestra y, para mí, la mejor que hubiese podido imaginar, porque la habíamos escrito entre los dos. Nada más me importaba que no fuese estar a tu lado. Nunca quise vivir en un cuento de hadas ni evitar todas las preocupaciones que pudiésemos llegar a tener, porque siempre presentí que a tu lado, los dos juntos, podríamos con todo. Me sentía invencible y esa sensación era maravillosa. Invencible, feliz y, sobre todo, enamorada. Siempre pensé que el amor movía montañas y hasta aquella mañana creía en ello con una fe ciega.

Pero para ti no era así. Buscaste para nuestra relación una perfección innecesaria, basada en condicionantes externos que la convirtiesen en, según tú, ideal. Ello pasaba por lograr una estabilidad económica de la que ambos carecíamos y, en busca de ella, partiste hacia el extranjero aquella mañana de niebla y frío del mes enero. Me dejaste sola, únicamente acompañada por buena parte de tu ropa que colgaba lánguida del armario común, y de una promesa de regreso en la que no tuve el valor de creer. Ya ves, nunca he confiado en juramentos, solo en hechos, y jamás me he equivocado al hacerlo.

Te despediste de mí y juraste que volverías. Y lo hiciste. Varias décadas después y con una familia extraña que nada tenía que ver conmigo. Conseguiste escribir una historia perfecta, la que siempre habías soñado, pero te olvidaste un pequeño detalle: incluirme en ella. Ya no es tan perfecta, ¿verdad? Ojalá hubieses comprendido a tiempo que, entre tus páginas y las mías, nuestra historia ya era insuperable.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1810228790213-la-historia-perfecta

*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #52 – “El fin”

Los 52 golpes – Golpe #52 – “El fin”

El fin

Pensaban que nunca llegaría, que aquel largo año que tenían por delante sería eterno, pero fue como todos los anteriores, un minúsculo punto en la inmensidad de la existencia. Los días, las semanas, los meses, pasaron con una velocidad vertiginosa y, cuando quisieron darse cuenta, la sombra del final del año planeaba sobre sus cabezas con actitud intimidatoria, amenazando de esta manera con ponerle un punto y final a aquel proyecto tan bonito que habían comenzando juntos.

Un año, ese era el trato. Ni un día más, ni uno menos. Un año en el que trabajarían juntos, codo con codo, golpeando con fuerza a las vicisitudes del camino para ofrecer al mundo las más hermosas historias, las más extravagantes divagaciones, las más fantásticas aventuras con las que brindar al público una fuente de evasión.

Así lo hicieron. Semana tras semana, ninguno faltó a la cita. Muchos de ellos ni siquiera llegaron a conocerse, pero el propósito de un fin común era más que suficiente para otorgarles a todos un nexo de unión inquebrantable. Durante ese año, casi pudieron decir que fueron felices, porque lo cierto era que, el mismo proyecto que ofrecían al mundo, les servía a ellos mismos como un venero del que manaba la ilusión.

Pero el tiempo, como siempre, fue implacable. Sin apenas hacer ruido, el último domingo del año había llegado. Era su última cita, el último encuentro virtual de centenares de manos que pugnaban por no separarse jamás. No hubo lágrimas en esa postrera reunión, sino todo lo contrario. Solo sonrisas y brindis se derrochaban por los complicados recovecos de la red, esa que tan bien habían sabido aprovechar para tejer una propia en la que sentirse protegidos del exterior.

El fin había llegado, pero, con él, se puso también de manifiesto la firme determinación de continuar golpeándole a la vida con bolígrafos, plumas y teclas, hasta que esta perdiese la agresividad que tanto la caracterizaba.

Así lo hicieron, para alegría de unos y para desesperación de otros, los golpistas continuaron aporreando a la vida durante otro año más. Ninguno de ellos puso aún el punto y final.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/1wqxZCpiBfxDK4Qq

*Imagen tomada de la red (editada)

Este relato puso punto y final a dos años de andadura con el proyecto Los 52 golpes. Un total de 104 ejercicios entre los que espero que, como bien decía Bradbury, haya habido alguno bueno. Si bien es cierto que es el cierre de una etapa, como siempre digo, no es un punto y final. Es un continuará…

El relato del viernes: “Tocar las nubes con los dedos”

El relato del viernes: “Tocar las nubes con los dedos”

Tocar las nubes con los dedos

—¡Mamá, mamá! —gritó Lucas emocionado al entrar por la puerta de su casa —. ¡Puedo tocar las nubes!

Su madre, que en ese momento estaba tomando un café sentada a la mesa de la cocina, le sonrió con ternura. Qué cosas tenía aquel muchacho. Desde muy pequeñito había tenido una imaginación prodigiosa.

—¿De verdad, cariño?

—¡Sí, mami! ¡Las he tocado! ¡Las he tocado! ¡Las he tocado con mis dedos!

La emoción en la cara de Lucas era más que evidente. Su madre miró a través de los empañados cristales de la ventana. Aquella fría mañana de domingo había amanecido lloviendo y las nubes, de un intenso color gris oscuro, cubrían todo el cielo sin dejar un resquicio. La lluvia caía con lentitud, como si estuviera ralentizada, pero con constancia. Amplios charcos tapizaban el suelo por doquier.

Apenas había gente por las calles, deberían de estar todos resguardados en el interior de sus casas, al amparo de la calefacción, para disfrutar de aquella mañana de domingo de la mejor manera que podía imaginar, en familia. Una sombra de tristeza cubrió su rostro, pero hizo un gran esfuerzo por apartarla casi de inmediato. Pronto haría un año desde que el padre de Lucas no estaba con ellos y aún dolía. Mucho. Por suerte, parecía que el pequeño lo estaba llevando bastante bien. Por supuesto que había momentos en los que preguntaba por él y rompía en un denso llanto por el que poco se podía hacer para consolarlo, pero, en general, parecía feliz.

Sus pensamientos viajaron hacia momentos más agradables. A Lucas siempre le había encantado la lluvia. Incluso cuando era un bebé, las más intensas carcajadas las soltaba cuando lo sacaban a la calle en su cochecito y las gotas de lluvia caían sobre su rostro. Cuando aprendió a andar, descubrió el placer de saltar sobre los charcos y, desde entonces, no había día de lluvia en el que no se calzase sus botas de goma, se enfundase dentro de su chubasquero amarillo y saliese a disfrutar de su fenómeno preferido. Como aquella mañana de domingo.

Su ensimismamiento se vio interrumpido por una pregunta que, lanzada así, a bocajarro, casi provoca que la taza de café que sostenía entre las manos fuese a estrellarse contra las baldosas negras y blancas del suelo de la cocina.

—Mami, allí en el cielo, con las nubes, está papi, ¿verdad?

No supo qué decir. Las palabras se le esfumaron, tan cobardes como culpables, huyeron por la puerta de atrás de la cocina y la dejaron en la estacada. Tampoco importó. Aquella pregunta, comprometida como pocas, se le había olvidado a Lucas apenas un segundo después. La lágrima que amenazaba con precipitarse de su ojo izquierdo regresó a su cómoda posición.

—¡Ven mamá, ven! ¡Verás cómo toco las nubes!

Ni tiempo tuvo para responder. El niño ya había salido corriendo por la puerta. Se levantó despacio y se dirigió hacia la ventana para ver mejor. Con el paraguas sobre los hombros, el pequeño se agachaba para tocar, con mucho cuidado, el reflejo de las nubes que, sonrientes, lo saludaban desde un charco.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

Tocar las nubes con los dedos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)