Hay un mundo ahí afuera

—Mamá, me ha dicho el anciano Siphoo que hay un enorme mundo fuera de nuestra aldea…

—Anda, anda, ¿qué tonterías estás diciendo? De verdad, hijo, no sé cuántas veces tengo que repetirte que no hables con ese viejo loco, no dice nada más que bobadas. ¿Acaso no sabes que perdió la cabeza hace muchos años?

—Pero, mamá, dice que él ha estado, que una vez saltó por el gran precipicio y consiguió salir de aquí —contestó el pequeñín, emocionado.

—Ya. Lo que te quiera decir. Lo que no te ha contado es que lo encontraron dormido debajo de la seta grande, la de los colores del arco iris. Debió de pasarse tomando de su néctar y se agarró una melopea de campeonato. Solo fue un sueño, corazón.

La decepción en el rostro del pequeño era más que evidente. Aun así, algo en su interior le decía que algo de verdad había en las palabras de aquel viejo. El mundo no podía limitarse solo a su aldea, tenía que haber mucho más. Tiró con timidez de una de las partes del caparazón de su madre y a esta se le escapó un ala.

—Pues yo sí que lo creo, mamá. ¿Tú nunca has querido salir de aquí y ver lo que hay fuera? ¿Nunca has querido asomarte por el gran precipicio?

La madre se recolocó el caparazón en su sitio y, dándole un cariñoso abrazo al pequeño, suspiró con fuerza.

—Pero, mi niño, ¿acaso no eres feliz aquí? ¿No te gusta nuestra aldea? Todo está repleto de alegres colores, tenemos enormes y preciosas flores que nos proporcionan alimento y abrigo, las setas son tan hermosas… ¿Qué mas necesitas? No. No creo que haya otro mundo, pero, aunque lo hubiera, no veo la necesidad de salir de aquí. Este es nuestro hogar.

Dicho esto, la madre continuó con sus tareas, mientras el pequeño, no conforme con la respuesta que esta le había dado, seguía pensando en aquel maravilloso mundo que se extendía más allá de los límites de su aldea.

De pronto, el sol se oscureció, a pesar de que no había nube alguna que pudiese cubrirlo. El pequeñín y su madre miraron hacia el cielo, asustados, pero no lo encontraron. En su lugar, una cara enorme, como de un gigante, ocupaba todo su campo de visión, a la vez que unos gritos atronadores para ellos reverberaban en toda la aldea.

—¡Mira, mamá! ¡Cuántas mariquitas! ¡Qué bonitas! ¿Puedo coger una y llevarla a casa? Porfi, porfi, porfi, porfi

Apenas cesaron los estruendosos gritos, unas gigantes pinzas tomaron al pequeño, sin que su madre pudiese hacer nada por evitarlo, y lo elevaron hasta más allá de lo que sus diminutos ojos podían alcanzar a ver.

—¿Ves, mamá? ¡Te lo dije! ¡Hay más mundo fuera de nuestra aldea! ¡Y voy a verlooooooo!

La voz del pequeño insecto se fue perdiendo en la lejanía, ante la aterrada mirada de su madre. Mientras, bajo la seta más grande, la que tenía los colores del arco iris, el viejo Siphoo, mirando a las alturas, sonreía satisfecho.

—Buen viaje, pequeño. Buen viaje.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

Hay un mundo ahí afuera by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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7 comentarios en “El relato del viernes: “Hay un mundo ahí afuera”

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