El relato del viernes: «Las vistas»

Las vistas

Llevaban horas ascendiendo y las fuerzas, poco a poco, se iban agotando.

—¿Seguro que vamos bien por aquí? —preguntó una de las hormigas, la más pequeñita de todas—. No nos habremos equivocado, ¿verdad? Esto no parece tener fin y no estoy segura de poder aguantar mucho más.

La mariquita, que, a pesar de superarla en tamaño no lo hacía en resistencia, detuvo su ascenso por un momento para esperarla. Habían elegido aquel árbol por su corteza rugosa, algo que, sin duda, les facilitaría la subida, pero no estaba resultando tan sencillo como habían imaginado al principio. Además, su reducido tamaño no era precisamente un punto a favor para aquella aventura que, a aquellas alturas, ya les parecía carente de sentido.

—¡Venga, ánimo! ¡No te vengas abajo! Si la hormiga reina ha elegido este camino será por algo. Ella jamás se equivoca. Confiemos en ella. Además, ya no debe de quedar mucho para llegar —animaba la mariquita, exhausta también, a la pequeña hormiga.

—Ya, claro. Como ella es más grande y más fuerte que nosotras… Mírala, ya va por allí arriba. Ni siquiera se detendrá a esperarnos, ni le importará si lo conseguimos o no. Además, ¿realmente merece la pena todo esto?

—Estoy segura de que, si necesitamos ayuda, ella nos la dará. Y seguro que merece la pena. No sé tú, pero yo ya estoy un poco cansada de no ver nada más que arena y hierba, que es lo único que vemos desde allí abajo. Tenemos que conseguirlo. Además, piensa que así tendremos una aventura que contarles a nuestros nietos —respondía la mariquita, con el positivismo siempre por bandera, y le guiñó un ojo a la pequeña hormiga.

—Sí, claro, como si fuésemos a salir de esta para poder tener hijos… —murmulló esta última desde su posición estática, con la lengua fuera. Sentía cómo gruesas gotas de sudor resbalaban por sus patitas, algo que no le había ocurrido jamás.

El camino que habían tomado era el tronco de la palmera situada en el punto más elevado de la isla. Para el pequeño tamaño de los insectos, aquella excursión era kilométrica. Además, la ascensión era prácticamente vertical y la rugosidad del tronco, a pesar de que sí constituía una ayuda para la escalada y así evitar el riesgo de resbalones hacia abajo, también hacía que el viaje fuese tan accidentado que estaban físicamente agotados. El tan esperado anochecer estaba ya casi encima y la luz se estaba volviendo más y más escasa.

La hormiga reina, a pocos centímetros ya de la cima, se paró y miró hacia abajo. Estaba prácticamente agotada, pero no podía permitir que nadie se diese cuenta, así que no se había detenido en ningún momento, obligándose a continuar hacia adelante a pesar del cansancio. Al ver al resto de la comitiva parada, aprovechó para hacer un descanso, esperarlos y, de paso, darles ánimo.

—¡Vamos chicos, que ya casi lo hemos conseguido! ¡Ya veo la última rama! —les gritó, simulando una entereza que, en realidad, no sentía.

El resto de insectos, ante aquellas palabras de su reina, tomaron fuerzas de donde no sabían ni que las tenían. Solo el hecho de saber que ya estaban cerca del final del trayecto hizo que, sin pronunciar ni una sola palabra más, todos continuasen su camino con ánimos renovados.

Unos treinta minutos después, estaban todos en la cima de la palmera. Por poco no llegan a tiempo, pero, una vez arriba, todos supieron que el camino sí había valido la pena y, además, con creces. Sentados sobre una enorme hoja, todos miraban boquiabiertos hacia el horizonte, contemplando un fenómeno tan especial como corriente que jamás habían tenido la oportunidad de hacer antes de aquella manera.

En la lejanía del horizonte, justo donde la línea del mar se juntaba con el cielo, el sol moría en las aguas envuelto en lo que parecían preciosas llamas de color rojo. Aquella panorámica era impresionante. La penumbra los envolvía en su cómodo colchón improvisado y, ya relajados y apoyados unos contra otros, fueron cerrando los ojos al tiempo que el sol desaparecía en las aguas carmesís del océano después de haber contemplado las mejores vistas que habían tenido oportunidad de otear jamás.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

Las vistas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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