María, la Mora

Cada noche, cuando regreso a casa dando un bonito paseo después de mi jornada laboral, paso por la puerta de María, la Mora, y todas, sin excepción, no puedo evitar detenerme ante esas rejas que quién sabe cuántos secretos habrán llegado a esconder.

María, la Mora, es ahora una anciana octogenaria que apenas sale del refugio de su hogar, pero dicen los que la conocieron en su juventud que había sido una mujer de armas tomar. La llamaban la Mora por su tez aceitunada y sus rasgos casi árabes, aunque alguna que otra mala lengua afirmaba que aquel mote algo tenía que ver con los negocios que se había traído entre manos durante buena parte de su vida.

De estatura menuda y más pellejo que carne sobre los huesos, decían de ella que, durante su juventud, María había pasado más noches en el calabozo que en su propia casa y que llegó incluso a pasar una buena temporada a la sombra tras unas rejas que poco tenían que ver con las que ahora cierran las puertas de su casa.

Nunca se le conoció una pareja, aunque a María nunca le faltó el amor o, al menos, amantes. Bastaba un solo chasquido de sus dedos para que varios hombres apareciesen a sus pies, más que dispuestos a compartir cama con ella y, puestos a pedir, también algo más. María nunca supo apreciar cuándo a un pretendiente le interesaba ella o solo sus negocios, así que jamás llegó a entregar su corazón a nadie. Estuvo a punto de hacerlo, pero el destino debía de tener preparada otra jugada para ella, porque aquel amor no solo no llegó a cuajar nunca, sino que dejó a María sumida en un eterno mal de amores que aún ahora, en la vejez, sigue arrastrando.

María vive sola, en la misma pequeña casa que ocupa desde su juventud y que, a la vez, fue el centro de operaciones de un negocio de muy dudosa reputación que fue visitado más por la policía que por sus familiares o amigos. Ya no le queda nadie de aquella época y su casa, semioculta tras un estrecho pasillo que mantiene siempre bien iluminado, como una muestra del orgullo que conserva de ser quién es y quién ha sido, hace tiempo que dejó de tener las puertas abiertas para quedar encerrada tras las rejas que tengo ahora mismo delante de mí.

Aquí me detengo cada noche a escuchar los suspiros que, desde el final del pasillo, lanza María al viento de levante en espera de que los lleve hasta los oídos de aquel gran amor que un día pudo ser y no fue. Yo la respondo. Apoyado contra la reja, la respondo con un inmenso suspiro que avisa a la mujer de mi visita diaria. Ella sale, arrastrando sus pies siempre descalzos, sea invierno o verano, con una taza de té moruno entre las manos que me ofrece sin tan siquiera abrir la reja que nos separa.

Fumamos juntos y en silencio un cigarrillo. Jamás intercambiamos palabras. Jamás levantamos sospechas. Solo soy un joven extraño que quiere hacer unos minutos de compañía a una anciana solitaria. Nadie imaginaría que tras mis visitas diarias se esconde un objetivo oculto, el negocio que María y yo nos traemos entre manos y que ella sigue dirigiendo desde los rincones de sus arrugas con la misma maestría que en su juventud.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1902189984432-maria-la-mora

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4 comentarios en “El relato del viernes: “María, la Mora”

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