La nueva

Ha sido esta misma mañana cuando la he visto, nada más levantarme. Aún no había salido el sol cuando mi despertador decidió interrumpir el plácido sueño en el que estaba sumida, sin importarle en ningún momento que anoche se me hiciesen las tantas y que solo llevase apenas cuatro horas de merecido descanso. Y no lo culpo, que conste, si al final él solo hace lo que yo le pido, pero sí es cierto que sería de agradecer que tuviese un poquito más de guante blanco a la hora de interrumpir mi agradable estado narcótico, que tampoco creo que sea pedir tanto, sobre todo si se trata, como hoy, de un lunes por la mañana.

A pesar de todo, me he levantado con agilidad y una cierta dosis de alegría, cosa extraña en mí si tenemos en cuenta el innombrable día que daba comienzo. Incluso podía adivinarse en mi rostro una incipiente sonrisa cuando llegué al cuarto de baño, ignorante dentro de mi inocencia de cuán fugaz sería. Fue en ese preciso instante, nada más encender la luz, cuando la vi, incluso con los ojos medio cerrados, como los llevaba en aquel momento. Los entrecerré de nuevo, forzando un ligero parpadeo que me terminase de sacar del sueño o, mejor dicho, de la pesadilla en la que imaginé seguir inmersa. Porque eso debía de ser lo que estaba pasando, aún no estaba despierta por completo y por ello veía algo que, en realidad, no estaba allí.

Me acerqué con sigilo a mi propio reflejo en el espejo que, atemorizante, me devolvía una incrédula expresión en el rostro. Allí estaba ella. Cerré nuevamente los ojos como si con aquel gesto, el de volverme invisible para ella, la muy pérfida pudiera volverse invisible también para mí. Sin embargo, no fue esa mi suerte esta mañana y, al volverlos a abrir, allí seguía, mirándome desde la desportillada luna del espejo de mi cuarto de baño. Si no fuese por el hecho de que vivo sola, hubiese incluso pensado que se trataba solo de una broma de mal gusto, con una cámara oculta dispuesta a inmortalizar mi desmesurada reacción.

Conforme la volví a ver, reconocí de inmediato los síntomas que hacía tanto tiempo creía olvidados. El corazón palpitaba con fuerza dentro de mi pecho, con tanta que era el único sonido que alcanzaba a llegar hasta mis oídos. El oxígeno comenzó a escasear en el pequeño cuarto y mi respiración se volvió convulsa, desesperada, intentando obtener con intensas aspiraciones a través de la boca aquel aire que parecía no llegar a mis pulmones. Estaba empezando a sufrir un ataque de pánico. Suerte que logré contenerlo a tiempo, pero el consiguiente agotamiento me pilló desprevenida.

Con manos temblorosas, logré telefonear a la oficina para informar de que me encontraba indispuesta y que hoy trabajaría desde mi casa. Aquí llevo todo el día, cobijada en el seguro refugio de mi soledad, intentando aprender a convivir con ella, con esa nueva arruguita que, desde esta mañana, me observa, orgullosa, desde el otro lado del espejo.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/ox7aWaBmMBCiU9Y9

*Imagen: Pixabay.com (editada)

4 comentarios en “El relato del viernes: “La nueva”

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