Sin tréboles de cuatro hojas

Distraída, Amelia, sentada sobre el césped de su jardín, lee uno de los últimos libros que cogió de la biblioteca, el que, por su título, prometía bonitas e intensas historias de amor. A la hora de elegir su lectura, siempre se había dejado guiar por el título, pero, en esta ocasión, su instinto le había fallado. Sus ojos se pasean sobre las líneas impresas en aquel papel ya amarillento por el uso sin que sea capaz de descifrar el mensaje que oculta aquella rocambolesca historia. Deposita el libro sobre el césped, con sumo cuidado para no perder aquella página ya tantas veces releída, y se tumba a su lado.

Siente una suave brisa agitar sus cabellos despeinados y no sabe si es la última de la primavera o la primera del verano. Un escalofrío la recorre mientras su mente se entretiene jugando con este pensamiento. Decide prestar atención.

Ve cómo el sol asoma con timidez desde detrás de los últimos restos de unas nubes que parecen querer volar junto con la brisa a algún lugar tan lejano como al que ella ha soñado también con volar. Puede sentir la calidez de sus rayos sobre la piel desnuda de sus brazos, otorgándole un poco de calma después de haberse erizado tras el escalofrío anterior. Un pequeño pájaro canta ajeno a su presencia desde una de las ramas más bajas del álamo que está a sus pies, mientras ella ve cómo las más altas intentan rasgar los últimos retazos de nubes que aún enmarañan el cielo en un día como aquel.

Sus pies descalzos juguetean con el césped, cuyas hojas, unas más altas que otras, le cosquillean entre los dedos con una frescura propia del comienzo de la primavera a pesar de que esta está ya tocando su fin. Tréboles, pequeñas flores de colores, orgullosas margaritas y una pequeña mariquita se cruzan en la línea de su mirada, prácticamente a ras de suelo. Sus manos se dejan caer también sobre la hierba y sus trémulos dedos arrancan sin pensarlo un pequeño trébol que, sin duda, había esperado y merecido tener una vida un poquito más larga, condenado a una muerte segura entre aquellos finos dedos de tacto frío.

Todo a su alrededor muestra una calma que debiera haberla contagiado, pero ese día no encuentra sosiego posible. Vuelve a echar un vistazo a su alrededor y, de pronto, encuentra la causa de su desazón. Amelia está sola. No sobre el césped, sino sola en la vida, rodeada de malas hierbas sobre las que no crece ningún trébol de cuatro hojas ni tan siquiera una solitaria margarita impar.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/phaygylMwLYI7yts

*Imagen: Pixabay.com (editada)

3 comentarios en “El relato del viernes: “Sin tréboles de cuatro hojas”

    1. Gracias, Marta! Sí, un mail de Carlos, de la editorial. Las cosas no son como dice, pero en fin… Es una auténtica pena que un proyecto tan bonito y en el que se puso tanto trabajo quede así después de tres años. Besazos enormes 😘

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