El pueblo invisible

Óscar se detiene bajo la sombra de una encina en lo alto de la loma a la que solía ir a jugar cuando era niño, desde la que se puede divisar todo el pueblo. Coloca una mano a modo de visera sobre sus ojos para frenar el intenso sol de agosto y observa, con cierta melancolía, el recinto irregular y añejo que forma el pueblo que lo vio nacer. Un profundo suspiro se escapa de entre sus labios mientras contempla la pequeña población y sobre su rostro vuelve a sobrevolar la sombra de una preocupación ya recurrente.

Es 15 de agosto, día festivo. Para aquellas fechas, el pueblo debería estar bullendo de actividad, repleto de veraneantes dispuestos a desconectar del frenético ritmo de vida urbano durante unos días. Trata de imaginar cómo habría podido contemplar el pueblo desde ese mismo lugar tan solo diez años antes. Centenares de niños estarían recorriendo las calles, corriendo o en bicicleta, bañándose en el río o, simplemente, paseando en grupos. Hombres y mujeres se arremolinarían ante las furgonetas que cada poco tiempo recorrían el pueblo para vender sus productos, cargadas con las mejores frutas y verduras de la zona. Los dos bares del pueblo estarían repletos de feligreses que compartían un vino, una cerveza o un refresco frente a una baraja de cartas o contando historias, riéndose a carcajadas.

El panorama que puede divisar hoy no puede ser más diferente que el que plasman sus recuerdos. Por las calles apenas puede contemplar a algún perro que, tratando de guarecerse del justiciero sol, busca la sombra bajo un tejado, tumbado con desidia como si se resignase a vivir un ambiente tan soporífero. Apenas sí se escucha algún sonido. Un silencio denso llena el valle, únicamente interrumpido por el sonido del motor de algún coche que circula por la carretera que bordea el pueblo, sin que llegue jamás a detenerse en él. En la plaza puede contemplar a dos ancianos que charlan casi en silencio con el conductor de la furgoneta de reparto del pan, que lleva ya unos minutos esperando a que alguien que parece no llegar nunca se acerque a ella.

En breve darán comienzo las fiestas del pueblo, pero las calles no están engalanadas para una celebración a la que solo asistirán las cuatro personas de siempre y los ancianos que se retirarán a sus casas bastante antes del anochecer. Lejos quedaron los bailes hasta la madrugada en la plaza, los besos furtivos que los más jóvenes se robaban en algún oscuro callejón y los campeonatos de fútbol que eran famosos en toda la comarca. Atrás quedó la vida del pueblo.

Un nuevo suspiro, aún más sonoro que el anterior, se escapa de la boca de Óscar e incluso una lágrima amenaza con precipitarse desde su ojo derecho. Retoma con calma el camino hacia su pueblo, su querido hogar que, desde hace unos años, y sin que sepa aún muy bien por qué, parece haberse vuelto invisible.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1906121148067-el-pueblo-invisible

*Imagen: Pixabay.com (editada)

2 comentarios en “El relato del viernes: “El pueblo invisible”

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