La llamada

Todavía quedan luces en el campamento. De hecho, la mayoría de las tiendas aún mantienen la luz encendida a pesar de que hace ya más de media hora que nos despedimos hasta mañana, con la intención de irnos a dormir. Hasta mí llegan amortiguadas, como si fuesen tenues susurros, las conversaciones que otros compañeros mantienen dentro de sus tiendas. Por lo demás, aparte de los que imagino serán los sonidos habituales de la vida nocturna del bosque, el silencio es absoluto. Tan solo el ulular de un búho, o tal vez una lechuza, se impone al ligero correteo de algún que otro ratón que se desliza con presteza por entre las tiendas.

Yo, acurrucado dentro de mi saco, casi en posición fetal y con mi linterna encendida rozándome la cara, trato de tranquilizarme recordando la sensación que tendría ahora mismo si me encontrase tendido en el cómodo colchón de mi cama, abrazado a mi mullida almohada y envuelto en el grueso edredón que me acompaña por las noches, algo que el fino aislante que hay bajo mi cuerpo no alcanza ni siquiera a emular. Jamás lo reconocería ante los demás, pero estoy muerto de miedo. Más que miedo es verdadero pánico, diría yo, lo que agarrota ahora mismo mis músculos y hace que mis dedos se tornen blancos por la presión que ejercen en torno a la linterna. De buena gana hubiese desaparecido de nuestra pequeña reunión en torno a la hoguera cuando uno de los compañeros ha propuesto contar historias de terror, pero, claro, eso habría supuesto admitir una debilidad que siempre he preferido mantener oculta.

Ahora intento convencerme a mí mismo de que los sonidos que escucho son los normales del mundo real, puesto que en el fondo sé que no hay ningún espíritu haciendo una ronda nocturna por el bosque, pero mi subconsciente está empeñado en hacerme creer lo contrario. Las luces que provienen de las demás tiendas se me antojan fantasmagóricas a través de las finas paredes de lona de la mía, titilantes en la profunda oscuridad de esta noche, para colmo, sin luna. Incluso las susurradas conversaciones de mis compañeros me parecen ahora marcadas con un tono estremecedor que ha conseguido que todo el vello de mi cuerpo se erice sin remedio.

Entre este sinfín de tenues sonidos disfrazados hasta ahora de silencio, puedo distinguir con claridad un cuchicheo que se sobrepone a todos los demás. Siento cómo un frío sobrecogedor me invade a pesar de que cerca de mi tienda aún se mantiene vivo el rescoldo de la hoguera que nos ha acompañado en nuestra velada nocturna cuando advierto cuál es la palabra que lanza al viento esa extraña voz que penetra con fuerza en mis oídos: mi nombre. Es mi nombre pronunciado en susurros por una infinidad de voces y que, sin embargo, resuena en mi cabeza con una nitidez absoluta. Intento permanecer tumbado dentro de mi saco, no abandonar ese último reducto de seguridad que había forjado en torno a mi cuerpo, pero mis piernas parecen no obedecer a mi cerebro mientras me pongo en pie. La voz se muere en mi garganta antes de llegar siquiera a hacer el intento de salir al exterior para avisar a mis compañeros. Quiero detenerme, cerrar con fuerza los ojos y abrirlos cuando la mañana ya haya ocultado las tinieblas del bosque, pero soy incapaz. Es fan fuerte el impulso de seguir la llamada de aquellas voces que, en silencio y con pasos torpes, me voy adentrando en el bosque hasta que la oscuridad me engulle por completo. Quiero irme de allí, pero me llaman, no puedo desatender esa llamada.

Ya voy, ya voy…

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/JtDAfdFU6v61CHBl  

*Imagen tomada de la red (editada)

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