El relato del viernes: “La chica del pelo azul”

El relato del viernes: “La chica del pelo azul”

La chica del pelo azul

He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado por mi pelo.  A la gente suele llamarle la atención. Hay incluso personas que, aunque me ven habitualmente, me repiten una y otra vez las mismas preguntas y los mismos comentarios. «¿Por qué azul? ¿Y no prefieres un tono más normal, no sé, negro, castaño, rubio, incluso caoba o cobrizo? ¿No crees que estás llamando mucho la atención? Ay, chica, yo no me atrevería a utilizar ese color.» Para colmo, últimamente, hay algunas personas que me han hecho también comentarios del tipo: «¿No piensas que ya no tienes edad para llevar el pelo azul? ¿Cuándo vas a sentar la cabeza y te lo vas a cambiar?»

Estos últimos comentarios, de hecho, son mis preferidos y no porque me agraden, precisamente. Porque, vamos a ver, desde cuándo ahora hay una edad para teñirse el pelo de color. Lo que me faltaba por oír. En cualquier caso, en mi interior guardo todavía una niña que tiene muchas ganas de jugar y si mi niña interior quiere llevar el pelo azul, no seré yo quien le lleve la contraria.

La cuestión es que siempre, desde pequeñita, me he sentido diferente a los demás. Cierto es que no tenía ningún motivo en particular para sentirme así, pero lo hacía. Es más, me encontraba bien sintiéndome así. No fue hasta que fui creciendo cuando me di cuenta de que realmente no lo era, al menos no tanto como yo imaginaba. Para los demás no era más que una chica corriente, dedicada a sus estudios, con buenas notas, eso sí, y que se dedicaba a las actividades que cualquier otra chica de su edad haría. Fue entonces cuando decidí salirme del sistema. Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando tomé una mochila, la cargué con cuatro cosas y, ante la desesperación de mis padres, me lancé a recorrer España sin tan siquiera un medio de transporte.

Desde aquel momento mi vida se convirtió en una constante lucha por conseguir diferenciarme de los demás. Ignoraba yo entonces un pequeño matiz que, años después, me cambiaría la vida: todos somos únicos, especiales y diferentes. Pero por aquel tiempo no lo sabía y he de decir que, gracias a ello, he vivido experiencias increíbles que, de haber sido de otra manera, casi con total seguridad me habría perdido. La vida es una escuela y todo en ella es cuestión de aprendizaje, supongo.

La cuestión es que, antes de emprender mi aventura, me decidí a encontrar una manera de hacer saber a los demás de una manera inmediata que yo no era una chica como las demás. ¿Y cuál era mi carta de presentación ante un desconocido? ¡Mi imagen! Fue de esta manera que decidí colorearme el pelo con mi color preferido, para que cualquier persona, nada más verme, supiese que yo era diferente. Con el tiempo, mi pelo azul ha pasado a formar parte de mí, es mi identidad. Si no tuviese ese color no sería yo. Ya me he acostumbrado a que me llamen la chica del pelo azul. Ese comentario sí que me saca una sonrisa.

Esta es, con grandes pinceladas, la historia que explica el porqué del color de mi pelo. Además es divertido, así que, señoras, señores, ¡píntense el pelo de colores!

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910212287108-la-chica-del-pelo-azul

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “Batalla perdida”

Miércoles de poesía: “Batalla perdida”

Batalla perdida

Se desvanece el carmín de una copa
ahogada en recuerdos de remotos brindis
y recorre el contorno de un velado limbo
paseando su amnesia de ebriedad absurda
por algún recodo, apagado y vacuo,
desierto de sueños, de la habitación.
Cuatro mustias rosas habitan la cama
que un día cubrió de rocío la noche,
alguna vez rojas, ahora sin nombre,
desvelan los sueños rotos en la almohada,
abrazos perdidos, calidez velada,
suicidio de espinas por entre el colchón.
Ya no queda rastro del beso escondido,
perdió la batalla de nuevo el amor.

Ana Centellas. Septiembre 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/jUswHkKk00ILp1ml

*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “Más luz que las estrellas”

A letras con los lunes: “Más luz que las estrellas”

Más luz que las estrellas

—¿Ves aquella estrella de allí, la que más brilla?

—Sí, es preciosa…

—¿Sabes? Tú eres mucho más bonita.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque tu luz podría eclipsar a toda la galaxia.

—Calla, que me vas a poner roja.

—¿Ves? Eres un sol.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

Más luz que las estrellas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “¿Quién soy?”

El relato del viernes: “¿Quién soy?”

¿Quién soy?

Con solo observar la mañana a través de la ventana no se podía adivinar el intenso frío que escondían aquellos engañosos rayos de sol. Era una radiante mañana de diciembre en la que una gélida brisa parecía penetrar hasta el mismo interior de los huesos y dolía como si estuvieses siendo atravesado por cientos de agujas. Pocas eran las personas que se atrevían a caminar por la calle, a pesar de que cualquier día, a esa misma hora, el trasiego de oficinistas que saldrían a tomar un café habría sido muy intenso.  Los pocos atrevidos que se habían aventurado a hacerlo iban bien parapetados tras recios abrigos y gruesas bufandas de lana. Uno de ellos era yo que, a falta de otra cosa que hacer, me inclinaba por salir a la calle a dejarme lapidar por las paredes de mi casa en un momento de mi vida en el que, ante todo, hubiese preferido desaparecer.

Hacía pocos minutos que había dejado atrás el portal de mi casa cuando observé en la distancia cómo un anciano, guarecido solo por una chaqueta de lana, arrastraba con lentitud sus pies por los anodinos adoquines de la acera. Conforme me fui acercando a él, pude comprobar cómo un intenso temblor le recorría de la cabeza a los pies, sin duda alguna aterido por la extremadamente baja temperatura,  mientras que su mirada vagaba por algún lugar que solo él parecía contemplar. Al faltar solo  unos pasos para llegar a su altura me di cuenta de que estaba llorando. Tenía el rostro congestionado por el frío y el sordo llanto que le acompañaban en su deambular. Sin pensarlo dos veces, me acerqué a él.

—¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

El anciano levantó la cabeza ante mi voz con un más que evidente gesto de cansancio. Su mirada me recordó a un pajarillo que aguarda en el nido el regreso de su madre con el alimento y su rostro me resultó vagamente familiar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, no precisamente por el frío, y no pude evitar enternecerme. Aún tuve que aguardar cerca de un largo minuto para escuchar su trémula voz.

—Gracias, joven —No pude eludir una ligera sonrisa en mi interior al oírlo referirse a mí con  aquel término—. ¿No sabrá usted quién soy?

Algo se quebró en mi interior cuando escuché aquella pregunta. Aquel anciano, sin pretenderlo, había activado dentro de mí un resorte que yo mismo había mantenido bien oculto durante mucho tiempo, quizá demasiado. Cientos de recuerdos llegaron en tropel a mi mente. Durante unos instantes, mi mirada compartió con él aquella fragilidad absoluta y a punto estuve de emitir esa lágrima que llevaba tiempo luchando por salir. Nos volvimos los dos igual de vulnerables.

Sacudí la cabeza para devolver mi consciencia al presente. Él seguía ante mí con la misma apariencia de indefensión. Yo, en cambio, me había repuesto por completo. Lo que a mí me quitaba el sueño en aquel momento eran otras inquietudes que, frente a la situación ante la que me encontraba, deberían quedar aparcadas. Lo tomé por el brazo mientras mis ojos le decían, sin palabras, que podía depositar en mí su confianza. Eso fue lo que hizo.

—Venga, acompáñeme, le invito a un café. Seguro que cuando hayamos entrado en calor podemos responder mejor a esa pregunta.

La calidez que había en el interior de la cafetería nos arropó como si de un cálido y acogedor abrazo se tratara en cuanto traspasamos el umbral. La camarera nos recibió con una sonrisa que competía en afectuosidad con el ambiente. Guié a mi compañero hasta una de las mesas que se encontraban junto a la ventana, donde los rayos de sol, al traspasar el cristal, aportaban unos grados extra a la agradable temperatura del local. Pedí un par de cafés y algo de bollería para mi nuevo amigo. En silencio, observé cómo devoraba su desayuno, al tiempo que su tez iba recuperando una vitalidad que los años que cargaba sobre su espalda no le habían logrado arrebatar. Sin necesidad de que me dijese nada, le pedí otro café y fue entonces cuando comenzó a hablar. Su rostro en ese momento solo reflejaba gratitud.

No recuerdo bien cuánto tiempo pasamos sentados frente a frente en aquella mesa, observando de vez en cuando el tráfico desordenado que transcurría por la avenida. El tiempo a su lado parecía haberse detenido y yo mismo hubiese dado lo que fuese por que aquella conversación no acabase nunca. Su compañía actuó como un bálsamo para mi corazón.

Entretanto intentaba descifrar de qué me sonaba su cara, esta fue pasando de una emoción a otra mientras me explicaba lo dura que fue su niñez en unos tiempos en los que la posguerra repartió demasiadas carencias y muy pocas dichas, lo fatigosa que había sido su vida, trabajando sin apenas descanso para tratar de sostener de la mejor manera posible a su familia, la felicidad que había sentido cuando nacieron sus tres hijos o la tristeza que le embargó cuando su esposa falleció hacía tanto tiempo que ya no era capaz de precisar. Sin embargo, era incapaz de recordar su nombre o el de sus hijos, ni el lugar en el que residía o si tenía siquiera un hogar al que regresar. Para cuando terminó de relatarme sus recuerdos, estaba atrapado de nuevo en una angustia lacerante.

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Emocionado, lo invité a salir de nuevo a la calle y juntos caminamos hasta que localicé uno de los carteles que recordaba haber visto un par de días atrás en varios lugares del barrio. Me di una bofetada mental por no haber reconocido antes el rostro de aquella persona que había desaparecido de su domicilio hacía unos días, al mismo tiempo que me embargaba una sensación de alivio muy intensa. Acababa de encontrar el presente de aquel anciano.

Cuando me despedí de él con un fuerte abrazo y lo dejé en compañía de su hasta entonces desesperada familia, le hice la firme promesa de volver a visitarle. En aquel instante no supe reconocer que la vida me había regalado a uno de mis mejores amigos.

Regresé a mi casa embargado por una sensación ambigua. Por un lado, la satisfacción y  el júbilo de haber podido ayudar a una persona. Por otro, la inquietante certeza de que yo, encontrándome en pleno uso de mis facultades, con todos mis recuerdos intactos y una consciencia plena de mi presente, cada mañana me repetía la misma pregunta que aquel anciano me formuló cuando le conocí. ¿Quién soy?

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Morguefile.com (editada)

Miércoles de poesía: “Al sentirte”

Miércoles de poesía: “Al sentirte”

Al sentirte

Subes,
bajas,
me recorres,
me pierdo en la expectativa
de adivinar por dónde vendrá
tu próxima caricia.
Soplas,
lames,
me besas,
ya no contengo el deseo
de experimentar tu cuerpo
bebiendo de mi interior.
Gimes,
gruñes,
me abrazas,
arde mi piel en tu pecho
y se extingue la decencia
imperante en algún momento.
Sudas,
gritas,
te entierras
en mí como si fuera un templo
donde depositar tu ofrenda
tan pagana como divina.
Me llenas tanto,
tanto,
que al sentirte exploto…
Exploto…
Exploto…

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

Al sentirte by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “Sin paz”

A letras con los lunes: “Sin paz”

Sin paz

El cielo se había oscurecido por cuarta vez en lo que iba de mañana. Respiraba a duras penas, entre grandes bocanadas de polvo y humo mezclados a partes iguales, pero aquello no le impedía continuar con la misión que le habían encomendado. Fusil al hombro, avanzaba con dificultad entre los escombros de lo que hasta hacía unos minutos habían sido viviendas en busca de algún resquicio de vida que intentase florecer por entre las grietas. Las órdenes habían sido claras, no debía quedar nadie con vida.

Una vez que habían finalizado las detonaciones, el silencio pesaba como una losa insoportable sobre su ya castigada espalda. Por enésima vez se replanteó su presencia en aquel lugar y miró hacia el cielo, agradeciendo el hecho de no tener que realizar su trabajo una vez más. Sus pies arrastraban un cansancio que iba mucho más allá de ser solo físico. Uno de ellos se paró sobre algo mullido, el sutil recuerdo de una agradable sensación en medio de aquella maraña de piedras y cascotes.

Miró con resignación hacia la punta de sus botas militares, cubiertas por completo de suciedad. Un pequeño oso de peluche, destrozado y polvoriento, le observaba con una mezcla de acusación y melancolía en sus inertes ojos negros. No pudo hacer otra cosa que comenzar a llorar.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Una pequeña obsesión”

El relato del viernes: “Una pequeña obsesión”

Una pequeña obsesión

Llevaba días obsesionada con ella. Le parecía tan brillante que no podía concebir algo más lindo, como si todo el mundo que la rodeaba careciese de belleza. Sin embargo, había algo en ella que le inspiraba temor. No sabía bien a qué se debía, pero siempre se había guardado de acercarse demasiado y había mantenido una distancia que consideraba prudencial. Así, pasaba horas obnubilada ante su fulgor, prácticamente cegada por el majestuoso brillo que desprendía.

La había descubierto por primera vez hacía unos días, cuando al fin se vio capacitada para salir al mundo exterior por primera vez. En un principio quedó maravillada por esa vasta creación que se extendía ante sus ojos. Le fascinaron el profundo azul del cielo, el verde intenso de la frondosa vegetación, las piedras de las construcciones, en las que podía encontrar cientos de escondites donde vivir aventuras y, sobre todo, la luminosidad y el calor que emanaba del sol. Sin embargo, cuando el sol se ocultó tras las montañas y dio paso a la oscuridad de la noche, apareció ella y todo lo demás dejó de tener sentido. Surgió de una manera tan suave, tan sutil, tan paulatina, que ya desde el primer momento se quedó sin respiración.

Había comenzado como un tenue destello que había dado paso a una luz de color rosado que despertó su curiosidad. Su vista dejó de lado los delicados tonos del ocaso para centrarse en ella. Desconocía su origen, pero la obnubiló por completo, sobre todo cuando aquel delicado tinte rosáceo dio paso a la luz más brillante que había tenido ocasión de contemplar jamás. En primer lugar, el coral se había transformado en un blanco intenso para, finalmente, convertirse en una hermosa luz dorada. Quedó tan fascinada con su contemplación que todo lo demás dejó de tener importancia.

Cuando llegó la mañana y el sol hizo acto de aparición por las suaves colinas del este, aquella magnífica luz se desvaneció como por arte de magia. Ella se quedó apática, soñolienta, expectante ante su nueva aparición. No fue hasta muchas horas más tarde, aunque a ella aquel tiempo se le antojó como si hubiesen transcurrido lustros, cuando volvió a iluminarse. Era muy escaso el trecho que al sol le quedaba para desaparecer de nuevo. A ella se le iluminaron los ojos, sintió la fuerte necesidad de bailar, de revolotear a su alrededor, de acercarse incluso. Su dicha era plena.

Transcurrieron así varias jornadas sin llegar a tener el arrojo necesario para cumplir con su sueño de acercarse a aquella magnética luz. Algún sentido interior la alertaba para que no lo hiciera, para que continuara admirándola desde la distancia sumida en aquel estado de éxtasis que muchos hubiesen calificado de felicidad absoluta. Pero ella desconocía el significado de muchos términos y el de cobardía se encontraba entre ellos. Tenía que ser valiente. Algo que tanto bienestar le producía no podía ser peligroso, debía dejar de lado ese temor absurdo que le impedía acercarse y llegar hasta ella para vestirse de su luz, para danzar arropada por la magia calidez de su resplandor.

Una noche, tan pronto la luz del viejo farol comenzó a emitir sus primeros destellos, tomó una determinación. Había llegado el momento de demostrarse a sí misma que poseía todo el coraje que creía tener y lanzarse a disfrutar con total plenitud de aquella maravilla que la había acompañado durante las últimas noches. Aún pasó un momento deleitándose con el simple acto de contemplarla y, cuando se sintió preparada, sin emitir sonido alguno, extendió sus alas y emprendió el camino hacia ella.

Conforme se iba acercando supo que aquel acercamiento no iba a ser como lo había imaginado y tuvo la corazonada de que tendría que pagar un alto precio por su intrepidez. Sin ver, cegada como estaba por la deslumbrante luz, sintió cómo la temperatura iba subiendo sin tregua a medida que se aproximaba al objeto de sus anhelos. Las alas se le volvieron pesadas y dúctiles. El aire se tornó tan denso que prácticamente se le hizo imposible respirar. Quiso darse la vuelta y regresar a su refugio, volver a la cómoda vida contemplativa que había llevado hasta ese momento, pero no hubo nada que pudiese hacer por salvarse. Apenas llegó a rozar con el extremo de uno de sus alones el objeto que emitía aquella maravillosa luminosidad, dejó de percibir cuanto ocurría a su alrededor. Sus sentidos se apagaron.

Nadie llegó a avisar a la pobre polilla de que allí, en su pequeña obsesión, donde creyó encontrar la felicidad, hallaría el final de sus días.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

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