No hubo palabras

Se puso el sombrero, agarró la maleta con su mano izquierda, entornó la mirada en un gesto que parecía sacado de un guion cinematográfico y, sin más, abrió la puerta. Permaneció durante unos instantes parado en el umbral, sin volver la vista atrás, como si esperase la caricia de una mano que lo retuviese y que nunca llegó. Sus dedos se deslizaron por el borde de la madera en un intento de guardar para sí un poco de su esencia, de retener el tacto de la entrada al que durante tanto tiempo había sido su hogar y en el que tantas ilusiones había depositado y salió a la par que emitía un sonoro suspiro, cerrando la puerta con sutileza tras de sí. Ninguna palabra salió de sus labios durante el proceso, ni siquiera un escueto adiós, un hasta pronto o un fingido deseo de buenaventura, al igual que ninguna llegó hasta sus oídos. La despedida había llegado a su fin.

El descansillo lo recibió con un silencio denso que no reconoció. Mientras esperaba al ascensor, agarró con fuerza el sombrero que tanto le gustaba a ella y lo estrujó entre las manos. Ya no tendría que ponérselo nunca más. A él nunca le había gustado utilizarlo. Se enjuagó con él una lágrima que se había quedado trabada en las puntas de su incipiente barba y lo arrojó a la papelera que estaba situada a las puertas del ascensor, esa misma que tantas noches le había visto regresar a casa. Las puertas del ascensor se abrieron justo en el instante en que otra lágrima amenazaba con caer de sus ojos grises. No se lo permitió, se adentró en el aparato, pulsó el botón de la planta baja y, sin darse tiempo a seguir pensando, se alejó de allí para siempre.

En el interior de la vivienda, ella lo vio partir con la misma indiferencia que si hubiese estado observando marcharse al repartidor del supermercado. Sentada en uno de los cómodos sillones del salón, fingía ojear una revista mientras le miraba colocarse el sombrero y cerrar la puerta sin hacer ruido. No pronunció ninguna palabra de despedida ni hizo ademán alguno por acompañarle con un abrazo o un simple apretón de manos. Se limitó a observarle y al verle allí, detenido por unos segundos en el umbral, el pensamiento que le cruzó la mente fue el de por qué se empeñaría en ponerse aquel estúpido sombrero que tan poco le gustaba a ella. Nunca le dijo que no le gustaba, por supuesto. Al contrario, siempre había alabado el buen gusto que tenía al usarlo. Quizá aquel fuera el momento de sincerarse al respecto, pensó, pero continuó callada.

El suspiro que salió de los labios de él al cerrar la puerta fue el detonante de las lágrimas de ella. Lloró en silencio lo que nunca había sabido expresar con palabras y, cuando creyó haberse lamentado lo suficiente, dedicó un instante a preguntarse en qué habían fallado. Al no encontrar una respuesta, se levantó y se enfrentó con una sonrisa a aquella nueva vida en soledad después de tantos años de silencios compartidos.

Él se fue en silencio. Ella se quedó sola con su silencio. Ninguno de los dos llegó a darse cuenta de que en su relación jamás hubo palabras suficientes.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910102152226-no-hubo-palabras

*Imagen tomada de la red (editada)

2 comentarios en “El relato del viernes: “No hubo palabras”

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