Sin paz

El cielo se había oscurecido por cuarta vez en lo que iba de mañana. Respiraba a duras penas, entre grandes bocanadas de polvo y humo mezclados a partes iguales, pero aquello no le impedía continuar con la misión que le habían encomendado. Fusil al hombro, avanzaba con dificultad entre los escombros de lo que hasta hacía unos minutos habían sido viviendas en busca de algún resquicio de vida que intentase florecer por entre las grietas. Las órdenes habían sido claras, no debía quedar nadie con vida.

Una vez que habían finalizado las detonaciones, el silencio pesaba como una losa insoportable sobre su ya castigada espalda. Por enésima vez se replanteó su presencia en aquel lugar y miró hacia el cielo, agradeciendo el hecho de no tener que realizar su trabajo una vez más. Sus pies arrastraban un cansancio que iba mucho más allá de ser solo físico. Uno de ellos se paró sobre algo mullido, el sutil recuerdo de una agradable sensación en medio de aquella maraña de piedras y cascotes.

Miró con resignación hacia la punta de sus botas militares, cubiertas por completo de suciedad. Un pequeño oso de peluche, destrozado y polvoriento, le observaba con una mezcla de acusación y melancolía en sus inertes ojos negros. No pudo hacer otra cosa que comenzar a llorar.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/4p7lYDbN4AbKCJ2D

*Imagen: Pixabay.com (editada)

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