¿Quién soy?

Con solo observar la mañana a través de la ventana no se podía adivinar el intenso frío que escondían aquellos engañosos rayos de sol. Era una radiante mañana de diciembre en la que una gélida brisa parecía penetrar hasta el mismo interior de los huesos y dolía como si estuvieses siendo atravesado por cientos de agujas. Pocas eran las personas que se atrevían a caminar por la calle, a pesar de que cualquier día, a esa misma hora, el trasiego de oficinistas que saldrían a tomar un café habría sido muy intenso.  Los pocos atrevidos que se habían aventurado a hacerlo iban bien parapetados tras recios abrigos y gruesas bufandas de lana. Uno de ellos era yo que, a falta de otra cosa que hacer, me inclinaba por salir a la calle a dejarme lapidar por las paredes de mi casa en un momento de mi vida en el que, ante todo, hubiese preferido desaparecer.

Hacía pocos minutos que había dejado atrás el portal de mi casa cuando observé en la distancia cómo un anciano, guarecido solo por una chaqueta de lana, arrastraba con lentitud sus pies por los anodinos adoquines de la acera. Conforme me fui acercando a él, pude comprobar cómo un intenso temblor le recorría de la cabeza a los pies, sin duda alguna aterido por la extremadamente baja temperatura,  mientras que su mirada vagaba por algún lugar que solo él parecía contemplar. Al faltar solo  unos pasos para llegar a su altura me di cuenta de que estaba llorando. Tenía el rostro congestionado por el frío y el sordo llanto que le acompañaban en su deambular. Sin pensarlo dos veces, me acerqué a él.

—¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

El anciano levantó la cabeza ante mi voz con un más que evidente gesto de cansancio. Su mirada me recordó a un pajarillo que aguarda en el nido el regreso de su madre con el alimento y su rostro me resultó vagamente familiar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, no precisamente por el frío, y no pude evitar enternecerme. Aún tuve que aguardar cerca de un largo minuto para escuchar su trémula voz.

—Gracias, joven —No pude eludir una ligera sonrisa en mi interior al oírlo referirse a mí con  aquel término—. ¿No sabrá usted quién soy?

Algo se quebró en mi interior cuando escuché aquella pregunta. Aquel anciano, sin pretenderlo, había activado dentro de mí un resorte que yo mismo había mantenido bien oculto durante mucho tiempo, quizá demasiado. Cientos de recuerdos llegaron en tropel a mi mente. Durante unos instantes, mi mirada compartió con él aquella fragilidad absoluta y a punto estuve de emitir esa lágrima que llevaba tiempo luchando por salir. Nos volvimos los dos igual de vulnerables.

Sacudí la cabeza para devolver mi consciencia al presente. Él seguía ante mí con la misma apariencia de indefensión. Yo, en cambio, me había repuesto por completo. Lo que a mí me quitaba el sueño en aquel momento eran otras inquietudes que, frente a la situación ante la que me encontraba, deberían quedar aparcadas. Lo tomé por el brazo mientras mis ojos le decían, sin palabras, que podía depositar en mí su confianza. Eso fue lo que hizo.

—Venga, acompáñeme, le invito a un café. Seguro que cuando hayamos entrado en calor podemos responder mejor a esa pregunta.

La calidez que había en el interior de la cafetería nos arropó como si de un cálido y acogedor abrazo se tratara en cuanto traspasamos el umbral. La camarera nos recibió con una sonrisa que competía en afectuosidad con el ambiente. Guié a mi compañero hasta una de las mesas que se encontraban junto a la ventana, donde los rayos de sol, al traspasar el cristal, aportaban unos grados extra a la agradable temperatura del local. Pedí un par de cafés y algo de bollería para mi nuevo amigo. En silencio, observé cómo devoraba su desayuno, al tiempo que su tez iba recuperando una vitalidad que los años que cargaba sobre su espalda no le habían logrado arrebatar. Sin necesidad de que me dijese nada, le pedí otro café y fue entonces cuando comenzó a hablar. Su rostro en ese momento solo reflejaba gratitud.

No recuerdo bien cuánto tiempo pasamos sentados frente a frente en aquella mesa, observando de vez en cuando el tráfico desordenado que transcurría por la avenida. El tiempo a su lado parecía haberse detenido y yo mismo hubiese dado lo que fuese por que aquella conversación no acabase nunca. Su compañía actuó como un bálsamo para mi corazón.

Entretanto intentaba descifrar de qué me sonaba su cara, esta fue pasando de una emoción a otra mientras me explicaba lo dura que fue su niñez en unos tiempos en los que la posguerra repartió demasiadas carencias y muy pocas dichas, lo fatigosa que había sido su vida, trabajando sin apenas descanso para tratar de sostener de la mejor manera posible a su familia, la felicidad que había sentido cuando nacieron sus tres hijos o la tristeza que le embargó cuando su esposa falleció hacía tanto tiempo que ya no era capaz de precisar. Sin embargo, era incapaz de recordar su nombre o el de sus hijos, ni el lugar en el que residía o si tenía siquiera un hogar al que regresar. Para cuando terminó de relatarme sus recuerdos, estaba atrapado de nuevo en una angustia lacerante.

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Emocionado, lo invité a salir de nuevo a la calle y juntos caminamos hasta que localicé uno de los carteles que recordaba haber visto un par de días atrás en varios lugares del barrio. Me di una bofetada mental por no haber reconocido antes el rostro de aquella persona que había desaparecido de su domicilio hacía unos días, al mismo tiempo que me embargaba una sensación de alivio muy intensa. Acababa de encontrar el presente de aquel anciano.

Cuando me despedí de él con un fuerte abrazo y lo dejé en compañía de su hasta entonces desesperada familia, le hice la firme promesa de volver a visitarle. En aquel instante no supe reconocer que la vida me había regalado a uno de mis mejores amigos.

Regresé a mi casa embargado por una sensación ambigua. Por un lado, la satisfacción y  el júbilo de haber podido ayudar a una persona. Por otro, la inquietante certeza de que yo, encontrándome en pleno uso de mis facultades, con todos mis recuerdos intactos y una consciencia plena de mi presente, cada mañana me repetía la misma pregunta que aquel anciano me formuló cuando le conocí. ¿Quién soy?

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910182266615-quien-soy-

*Imagen: Morguefile.com (editada)

10 comentarios en “El relato del viernes: “¿Quién soy?”

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