Éxodo

Era fácil reconocer su casa. De entre todas las del pueblo, construidas con grandes piedras o losas de pizarra que conferían a la aldea un aspecto montañés, la suya era la única encalada, en homenaje a algún pueblo andaluz que fue la cuna de alguno de sus antepasados. Cuando lucía el sol, este incidía sobre la pared blanca, emitiendo unos reflejos que destellaban a distancia. Era una casa preciosa.

Yo llegué al pueblo por casualidad. Hastiado de la gran ciudad, anhelaba esa tranquilidad que derrochaban los pequeños pueblos del campo o de la montaña y esa dosis extra de aire puro que tanto me estaba haciendo falta. Un despido laboral y una ruptura sentimental fueron el punto de inflexión que me llevó a iniciar mi particular éxodo. El día en que me vi encerrado en casa desde hacía una semana, supurando melancolía por el fin de una relación que había muerto hacía ya demasiado tiempo, fue cuando decidí huir de la vida que hasta entonces había conocido. Aquel mismo día busqué en internet un listado de pueblos con menos de cien habitantes. Escogí uno al azar.

Ella llevaba en aquel pueblo toda la vida. Nació en él. Creció en él. Maduró en él. Y se hartó de él. Cuando yo la conocí, asomada al balcón de la única casa blanca, llevaba ya un tiempo rumiando el pensamiento de dejar el pueblo. Se encontraba ahíta de vivir en un lugar en el que la única compañía estaba prácticamente compuesta por ancianos, de tener que desplazarse a lo largo de decenas de kilómetros a diario para llegar hasta su lugar de trabajo, de no tener nada más en lo que entretener su tiempo libre más que en dar largas caminatas por el campo, si el día era propicio.

Dos años. Eso fue lo que duró nuestra relación. Dos años durante los cuales yo fui el hombre más feliz del mundo y ella… se fue consumiendo cada día un poco más dentro del pueblo que la llevaba tantos años asfixiando. Puede que fuese yo, con mis aires recién surgidos de la ciudad, el que propició su marcha, aun sin pretenderlo. Nada más lejos de lo que yo hubiese deseado.

Han pasado ya un par de décadas y aquella casa blanca que tanta luz aportó en su día al pueblo ve cómo pierde parte de su albicie con el paso de cada jornada. Nunca más se volvieron a abrir aquellas contraventanas de madera que fueron testigos de nuestros primeros besos e intuyo que jamás volveré a traspasar el umbral de la puerta que tanta felicidad me aportó.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y no seré yo el primero en abandonarla, así que, cada día, sigo manteniendo con vida, al menos, a las plantas que la arroparon desde su niñez, con la ilusión de que, cualquier día de estos, ella regrese al pueblo como un escape de esa opresiva ciudad que ahora disfruta de ella todo lo que yo no puedo hacer.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

Éxodo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

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