El tesoro

Era la primera vez que Ainara visitaba el campo y en su mirada podía descubrirse la emoción y el entusiasmo de la primera vez. Acostumbrada como estaba a sentirse rodeada por aquellos gigantes de ladrillo y hormigón que formaban su ciudad, aquella pradera de hierba suave y fresca le parecía un auténtico paraíso. Por supuesto que había visitado el parque. De hecho, lo hacía muchas veces, en compañía de sus padres, abuelos o tíos, pero nada tenía que ver aquel espacio reducido de césped y arena en el que solía jugar con la maravillosa extensión de pasto verde que tenía ante sus ojos.

Bajo la impresionada mirada de sus padres, la pequeña correteaba de acá para allá con una alegría inusitada. Siempre había sido una niña feliz, con una perpetua sonrisa dispuesta para regalar, pero el júbilo que se podía contemplar en su semblante aquella mañana era digno de admiración. Sus gritos de algarabía resonaban por la campiña con ecos de tal dicha que hasta las briznas de hierba parecían danzar a su compás.

Ainara corría, brincaba, bailaba sobre el verde pastizal, que casi cubría sus pequeñas piernas por completo. Se tumbaba sobre la hierba hasta quedar casi cubierta, empapando su carita y sus manos con el fresco rocío que recubría las plantas por la mañana. Se dejaba acariciar por las flores, aspiraba su aroma y comprobaba la suavidad de sus pétalos de seda. Todo en ella era algazara, risas y exclamaciones de sorpresa.

De pronto, algo diferente rozó el rostro de Ainara. Suave, húmedo, frío, pero con una frialdad acogedora, que acariciaba. La niña dirigió la mirada en torno suyo para intentar averiguar de dónde provenía aquella tierna carantoña. Sus ojos asombrados se abrieron como nunca antes lo habían hecho cuando contempló una lluvia de pompas de jabón que se acercaba a ella y la envolvía con su sedosa redondez. Se sentó sobre la hierba, dejando que la rodease, y se dedicó a disfrutar de aquel chaparrón de caricias que parecían venir del mismo cielo. Desde detrás de un árbol cercano, sus padres lanzaban las pompas, escondidos, enviando con ellas todo su cariño envuelto en espuma de jabón.

La sonrisa de la pequeña expresaba lo que sus palabras no alcanzaban a decir. Allí, en el campo, había encontrado su tesoro.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

El tesoro by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

2 comentarios en “El relato del viernes: “El tesoro”

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