El relato del viernes: «Elígeme a mí»

Elígeme a mí

La carita de Martina expresaba una emoción contagiosa para todo aquel que la veía. La pequeña no paraba de dar pequeños saltos mientras aplaudía con sus manos enfundadas en unos bonitos mitones de color rojo. Una sonrisa envidiable se mostraba en su rostro y a través de sus grandes ojos, abiertos de par en par, se leía claramente la ilusión que la embargaba.

Le había costado muchos meses, demasiados para su corta vida. Habían sido largos meses de súplicas, de controlar sus impulsos para mostrar un comportamiento ejemplar, de colaboración con las tareas de la casa, lo que fuera para conseguir su objetivo. Durante esos meses había practicado tanto el gesto compungido para infundir algo de lástima en sus padres, que ya le salía con absoluta naturalidad. Ahora, cada vez que quería conseguir algo, esa expresión tantas veces trabajada aparecía de forma instintiva en su rostro y se transformaba en una niña angelical que, con un simple pestañeo, era capaz de camelar hasta al más duro de los adultos. Pero todo ese esfuerzo había dado su fruto.

Frente a ella, decenas de pequeños cachorros esperaban anhelantes a que la niña se interesase por ellos. Los había de varias especies, razas, tamaños y estilos, pero todos ellos tenían el mismo denominador común: la misma carita de buenos que Martina había logrado perfeccionar. Algunos habían nacido allí, otros arrastraban una dolorosa historia tras de sí, pero todos ellos parecían querer decir lo mismo: «a mí, a mí, elígeme a mí».

Los ojos de Martina, ilusionados, iban de uno a otro, dando la impresión de que no le iba a resultar nada fácil la elección. Ella quería un perrito, pero cuando su mirada se encontró con la de aquel gatito gris de profundos ojos verdes, no pudo disimular la conexión que sintió con él. La niña había hecho su elección, aunque parecía que el pequeño animal la había tomado por ella.

Antes de llevarse a Tecno, que fue el nombre que le puso de inmediato, a casa, les contaron su historia. Tenía tres meses y hacía dos que lo habían recogido en una solitaria calle, famélico y empapado por la lluvia. Sin duda, la vida de aquel pequeño animal había dado un giro radical cuando lo encontraron y a partir de aquel día iba a dar uno más grande aún.

Martina se giró sobre sus talones con Tecno en brazos y miró a su padre con una sonrisa orgullosa y satisfecha mientras le decía:

—¿Ves, papá? Te dije que era mejor adoptar.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/xVSlmIjpojzX5h9A

*Imagen tomada de la red (editada)

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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