Los secretos

El grupo permanecía sentado en torno a la amplia mesa de reuniones que había en el centro de la sala, preguntándose qué circunstancia habría sido la que los había empujado a aquella situación. Todos guardaban algún secreto y eran conscientes de ello. A fin de cuentas, ¿quién no había guardado dentro de su interior algún secreto inconfesable al menos una vez en su vida? El nerviosismo resultaba patente en cada uno de sus rostros, sin excepción, y el silencio, una vez pasados los instantes de caos iniciales, era casi sepulcral. Las miradas cruzaban de uno a otro acusadoras, tensas, con una mezcla de desconfianza y desconcierto. Nadie se atrevía a bajar la vista, no fuese a ser el acusado.

Habían sido todos convocados a una reunión con carácter urgente, sin que ninguno de ellos tuviera el más mínimo conocimiento del motivo de la misma. La tensión era palpable incluso antes del comienzo. Cada uno, a su manera, se temía lo peor y las especulaciones circulaban entre ellos con la misma rapidez que la corriente de un río en la parte alta de la montaña. Sin embargo, ninguno se esperaba ni estaba preparado para lo que ocurrió.

El director general en persona apareció por la puerta de la sala de juntas durante unos instantes, los necesarios para sembrar en su interior la semilla del pánico, la suspicacia y el recelo. Sus palabras, escuetas y pronunciadas en un tono tan autoritario que podía cortar hasta el silencio que reinaba en el despacho, fueron muy claras. «Tengo pruebas de que uno de vosotros ha traicionado a la empresa. Solo me falta descubrir quién ha sido. De aquí no va a salir nadie hasta que el culpable confiese». Después, sin más, cerró la puerta a sus espaldas y giró dos veces la llave, dejando a los desconcertados empleados encerrados bajo la ávida mirada de la cámara de seguridad que, instalada en uno de los rincones, dejaría constancia de todo cuanto ocurriera en el interior de aquella habitación.

Desde el momento en que aquella puerta se cerró, varios pares de piernas comenzaron a temblar, aunque sus propietarios se esforzaban por hacer que la agitación no resultara evidente a los demás. Todos los corazones, sin excepción, empezaron a latir con mucha más fuerza, haciendo presión sobre otros órganos que se contrajeron de inmediato. Varias mejillas adquirieron un ligero rubor y no fueron pocas las miradas que se dirigieron hacia algún punto no definido entre la mesa y el suelo. Un aroma ácido se pudo comenzar a sentir en el ambiente; el perfume del pánico, engalanado para la ocasión con recias perlas de sudor.

Las horas avanzaban sin proporcionar tregua a los integrantes de aquella imprevista reunión, haciendo que la tarde diese paso a una noche que proporcionó la tonalidad púrpura del pavor al comité. Los teléfonos vibraban en el interior de los bolsillos sin que ninguno se atreviese a contestar. El avance de la noche transformó el miedo en indignación y rabia, pero cuando las primeras luces del amanecer comenzaron a arrojar una fosforescencia nueva a los integrantes de la reunión, el agotamiento físico y psicológico era tal que ni rastro quedaba del miedo o la exasperación anterior. Poco a poco, sin presiones y con el semblante abatido, cada uno fue haciendo su propia confesión.

Fueron muchos los secretos que salieron a la luz del nuevo amanecer de aquella mañana de invierno. Desde dinero sustraído en efectivo de la caja de la empresa, hasta balances falseados para ocultar una situación financiera demasiado boyante a la dirección, pasando por filtraciones de información a la competencia. Hubo quien también confesó haber descubierto un mecanismo para que la máquina de café le expendiese el caliente líquido sin introducir moneda alguna y su codicia le había hecho ocultarlo a los demás compañeros. Incluso un affair furtivo en uno de los cuartos de baño fue confesado sin pudor en aquellos momentos de flaqueza. Los secretos desfilaron sobre la mesa de juntas, pronunciados con la dicción serena y cansada de quien ya ha perdido toda esperanza.

Aquella mañana, el director general, desde su despacho, visionaba lo que ocurría dentro de la sala de juntas con una mezcla de cólera y satisfacción en su rostro. Su pequeño juego había dado más frutos de los que esperaba.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1911252554007-los-secretos

*Imagen tomada de la red (editada)

4 comentarios en “El relato del viernes: "Los secretos"

  1. Me gustó mucho tu relato, al final todos tenemos nuestros pequeños secretos escondidos que en cierto modo se desea tener la oportunidad de sacar al exterior. Su inicio misterioso te va llevando de la mano y la curiosidad va aumentando con el desarrollo. Enhorabuena, me pareció muy estimulante 😊.

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