Bajo el arcoíris

Aún no había salido el sol de su escondite nocturno tras las montañas y Samuel ya paseaba por la playa. Le gustaba esa penumbra tranquila del amanecer inmaduro, en la que incluso el mar parecía no haber despertado aún de su plácido sueño y el agua acariciaba la orilla con la misma ternura de una madre. Solo a esas horas, cuando sentía la frescura de la arena bajo sus pies descalzos, alcanzaba a rozar apenas algo de sosiego para su compungida alma.

Cada noche, desde hacía poco más de un mes, las pesadillas campaban a sus anchas por sus sueños sin siquiera haberle pedido permiso. Justo después de perderla. Más de treinta días de noches inquietas, sudorosas y jadeantes que le tenían sumido en la más absoluta extenuación. Sus paseos por la playa antes del amanecer suponían una huida de esas noches frenéticas en las que la locura parecía haberse apoderado de él, pero también de esos melancólicos días por los que pasaba de puntillas.

Aquel sitio poseía una balsámica magia que solo Samuel era capaz de percibir. Quizá fuese por todos los momentos compartidos con ella en aquel lugar, desde divertidos días de playa hasta románticos atardeceres. Allí habían compartido alegrías y penas, miedos e ilusiones. Como cada mañana, tanto su mente como su corazón emprendieron el habitual viaje al reino de los recuerdos, donde la soledad era un poquito más ligera, donde casi podía sentirse a su lado, donde su falta era un poco menos pesada.

Aquella mañana, sin embargo, sintió el ambiente impregnado con algo desigual. Incluso el aroma que provenía del mar parecía cambiado durante aquel amanecer en el que ligeras nubes impregnaban el cielo. Una ligera desazón se apoderó de él cuando estas se ciñeron entre sí, encapotando en unos instantes lo que parecía que iba a ser un apacible día. Las primeras gotas de lluvia no tardaron en llegar y se encontró recordando aquel sueño que tantas veces compartieron y que el destino había truncado: cabalgar a lo largo de la orilla del mar bajo la lluvia. Un sueño que ella nunca podría cumplir.

Se dejó caer sobre la arena junto a la orilla, dejando que el agua besase con suavidad sus pies descalzos, y enterró la cabeza entre las rodillas para que el amanecer no pudiese ver su llanto. La lluvia arreciaba, pero no parecía importarle. Una calma sin precedentes dominaba el lugar, sumido en un silencio solo interrumpido por el sonido de la lluvia al caer. Se dejó acunar por él.

No supo el tiempo que transcurrió en aquella posición, llorando su pérdida, hasta que sintió cómo un tenue rayo de sol le rozaba el rostro. Allí por donde el día despertaba, un pequeño claro se había abierto entre las nubes y por él se colaba un tímido haz de luz, suficiente para transformar la prematura oscuridad del día con un delicado arcoíris. Bajo él, una figura llamó su atención. Tuvo que restregarse los ojos para enfocar de nuevo la vista, como si con aquella fricción lograse hacer desaparecer cualquier vestigio de sueño que pudiera albergar y así comprobar que lo que estaba viendo era real.

Bajo el arcoíris, iluminada por el sol, sobre un hermoso corcel blanco, estaba ella. Le sonreía desde la distancia y agitaba su mano, saludándolo. Espoleó al caballo y este, haciendo una cabriola, partió al galope sobre la arena, difuminando su silueta hasta que esta se fundió con la tenue luz del inicio del arco de color. Ella había cumplido su sueño y él, por primera vez en el último mes, le sonrió a la mañana.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

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