Cuando el río está tranquilo

—El río está tranquilo.

Sus palabras rompieron el silencio que permanecía anclado entre nosotros desde que habíamos dejado la aldea. Me había limitado a seguirle hasta el mismo borde del desfiladero, desde el que podíamos divisar todo el valle, y ya llevábamos allí un buen rato, oteando en silencio la distancia. Todo parecía estar en orden, pero aquella frase, pronunciada con aquella contundencia, me pareció lapidaria.

Escruté su rostro en busca de algún indicio que pudiera esclarecerme a qué se refería con sus palabras. La simpleza de las mismas, de una claridad meridiana, me indicaba que detrás de ellas se escondía una verdad tan inconmensurable como proféticamente catastrófica. Eran obvias, eso era cierto. Desde la altura se podía contemplar cómo el río transcurría con un tranquilo fluir por el fondo del valle, casi con parsimonia. La vegetación estaba comenzando a brotar de nuevo después del crudo invierno y de las lluvias de las últimas semanas. Empezaba a explotar la belleza natural de la vaguada y hasta mí solo llegaba una apaciguadora sensación de extraordinaria calma.
Debía de haber algún trasfondo en aquellos sencillos términos. Las palabras del Gran Jefe nunca eran insustanciales.

Mis sospechas se confirmaron cuando pude contemplar la severidad que marcaba su rostro. El ceño fruncido y un rictus amargo en las comisuras de sus labios, producto de una excesiva presión con los molares, lo corroboraban. Su mirada continuaba perdida en algún punto indefinido de la vega y, a pesar de ello, parecía tener todos sus sentidos en alerta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me tensé, tratando al mismo tiempo de descubrir qué era lo que estaba fuera de lugar y de que no se notase mi ignorancia. La sombra de la duda acerca de si sería un digno sucesor planeó sobre mí al tiempo que una rapaz lo hacía sobre nuestras cabezas. Aquello se me antojó un mal augurio.

Desvié la mirada hacia la aldea, ajena a nuestras preocupaciones, e intenté descubrir algo en ella que se saliera de lo común. A pesar de que estaba dando comienzo la primavera, aún permanecían las fogatas encendidas para proporcionar calor a la tribu. Amplias bocanadas de humo ascendían en vertical hacia el cielo, despejado de nubes por primera vez en semanas. Una ráfaga de viento sopló con fuerza y desvió su trayectoria. Las plumas del Gran Jefe se inclinaron en la misma dirección. Como si fuese un designio, miré hacia el lugar que señalaban, la cima de las grandes montañas rocosas que estaban situadas a la espalda del poblado. Entonces lo comprendí.

—El río está tranquilo —repetí, mientras emitía un gesto de asentimiento con mi cabeza y el asombro reflejado en el rostro.

Las cumbres aparecían, en la distancia, casi despejadas. Poco rastro quedaba de las nieves del invierno. A esas alturas del año, el torrente debería circular con un caudal abundante y frenético, como consecuencia de las lluvias y el deshielo. Muchos habían sido los años en los que el cauce había sido rebasado y las aguas habían corrido eufóricas fuera de sus límites. Sin embargo, ahora discurría sereno, manso, sin apenas corriente. En los próximos meses las temperaturas subirían y las lluvias comenzarían a escasear de nuevo.

Miré al Gran Jefe con un gesto grave de preocupación. Cuando el río está tranquilo, se avecinan dificultades. La sequía había llegado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

3 comentarios en “El relato del viernes: "Cuando el río está tranquilo"

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