El veredicto

—¿Tiene el acusado alguna pregunta?

El silencio se extendió por la sala después del revuelo que se había organizado tras conocer el veredicto. Las opiniones al respecto eran diversas, pero casi la gran mayoría creían en su culpabilidad y parte del público que había asistido aquella mañana al juicio estalló de júbilo  en cuanto fue pronunciado por el magistrado. Ahora todos callaban. No querían perderse ni una palabra de lo que tuviese que decir el acusado, que había permanecido en un hermético mutismo desde que fue detenido, varios meses atrás.

Él mismo no había podido explicar, por más que le preguntaran, le visitaran profesionales o le recomendaran hacer una declaración, por qué era incapaz de pronunciar palabra alguna. Según los psicólogos que le habían atendido, que habían sido varios, podría tratarse de alguna especie de shock post-traumático producido tras su detención. La cuestión es que su voz llevaba meses sin dejarse oír, ni siquiera cuando se encontraba a solas.

Aquella mañana, el semblante afligido del acusado hablaba por sí solo. Sin embargo, la pregunta había sido dirigida expresamente a él, a sabiendas de su silencio, y la expectación que había creado en la sala, junto con la necesidad de hacer ver su punto de vista de una vez por todas, le llevaron a tomar una determinación. Se levantó de su asiento con lentitud, pero con firmeza, dejando claro que se trataba de una persona que, pese a su aspecto consternado, poseía una apabullante seguridad en sí misma. Carraspeó ligeramente y se aflojó con suavidad el nudo de la corbata. Era consciente del interés que suscitaba y, por ello, se tomó su tiempo. En la sala solo se escuchaba el agitado respirar de uno de los miembros del jurado, algo que cambió en cuanto el inculpado se dirigió hacia el juez:

—Soy inocente, Señoría.

Los murmullos se propagaron por la sala como yesca prendida. Fueron aumentando de volumen con tal rapidez que en cuestión de segundos aquello era un auténtico y estridente galimatías. El acusado se limitaba a sonreír.

Unos golpes secos pusieron fin de manera abrupta a aquella maraña de improperios y especulaciones que se había desmadejado en la sala. La voz del juez se elevó sobre todas las demás pidiendo un silencio que no agradeció. Se dirigió al acusado con un gesto grave y solemne:

—No le he pedido su opinión. ¿Tiene alguna pregunta acerca del veredicto?

El hombre negó sutilmente con la cabeza. No podía creerse que, después de tantos meses guardando silencio, sus palabras ahora no fuesen a ser tenidas en cuenta. Bajo su punto de vista, las pruebas no eran concluyentes para inculparle y condenarle de aquella manera. ¿O sí? Quizá no tendría que haber sido tan descuidado cuando contempló al último de los testigos moribundo bajo sus pies. La próxima vez no cometería ningún fallo, pensó, con una ligera sonrisa en el rostro. Visto lo visto, su palabra no iba a ser tenida en cuenta.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

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